domingo, diciembre 30, 2007

Atención flotante y la pesca del verso

Pachinko

(continuación)

Algo de ese efecto podría confundirse con patrones que se dan en "En busca del tiempo perdido" de Proust, pero hay diferencias básicas, ahí las valencias de objetos de atención principal se sumergen en el lienzo que los contiene, y en eso quizás resida el gran mérito de Proust. O mejor dicho el mérito está en la invisibilidad de ese procedimiento. Leer como una novela clásica el monólogo de una máquina humana. Demás está decirlo, lo opuesto a Joyce. Otro defasaje de atención se da en Thomas de Quincey en el que suele producirse una sensación de desacuerdo entre el tráfico de información y el espacio de lectura recorrido; así, mientras ofrece cierta información, va agregando material de un modo no evidente, como si estuviéramos frente a una cajera de McDonalds y a medida que ella ofrece un combo más grande y pastel de manzana, algo en nosotros automáticamente dijera sí, sin que estuviéramos muy seguros de lo que estamos llevando.
***
Creo que terminé de leer "Chinese Whisper" de John Ashbery porque en un momento mi mente descubrió, sin comunicármelo hasta después, que si me acostaba y abría el libro como si fuera un conjunto de relatos de cierto humor particular podía llegar a pasar un buen momento. También es posible leer estos poemas como un único texto, como una facetada historieta surrealista, en el que el asombro frente a cada nueva ocurrencia, en el mejor y en el peor sentido del término, puede depararnos risa, maravilla ante la destreza de la pluma y alguna que otra felicidad.
Basta un pequeño desarreglo para que los elementos que alguna vez lograron crear un nuevo sentido se desarmen y presenten una máscara descalabrada. Probablemente eso sea lo que pasa en ese libro de Ashbery, allí las lucubraciones mentales que elevaban el pensamiento y llegaban a poner en jaque el sentimiento, sus voces íntimas, sus rumores coloquiales, unidas a disparatadas situaciones, en este libro logran solo una involuntaria parodia de lo que alguna vez se pudo conquistar. Ashbery se presenta como un anfitrión de los Oscar, actúa de desenvuelto, y presenta su stand up de poesía con sus chistes más exitosos, pero con un fondo vacío y cansado de si mismo.
La utilidad poética de este libro quizás se encuentre en el verso aislado; a diferencia de otros de sus libros en los que el poema se va enriqueciendo verso a verso, en un transcurrir sugerente e inteligente de lo dicho a medias y con lo entrañable de ese ausente que puede comprender el secreto. En definitiva es una anulación de la unidad poema (y ni hablar de la del libro); la pesca del verso, o mejor dicho, de uniones de dos o más versos, serían la única posibilidad de placer.
***

Akido Gauna

viernes, diciembre 28, 2007

El Administrador traslada algunas cuestiones y lecturas aquí, lo que no significa el cierre o inmovilización de este espacio.
... Se llega hasta exultar un producto maltrecho que más que síntoma social es un accidente. De ahí por ejemplo que leamos que un adjetivo inadecuado y mal puesto, a diferencia del de Huidobro, es acá una hipálage. O bien que un relato desproporcionado e inverosímil -aristotélicamente hablando- sobre la reciente historia argentina, se transforme, gracias a la magia de la teoría, en una interpretación etnográfica del desencanto generacional contra el realismo...

Revista La Pecera N° 12, Mar del Plata, 2007

miércoles, diciembre 26, 2007

Ahora, digo yo, si poníamos Argentino hasta la muerte, de CFM, por qué no haber puesto el que le dio origen, el de Guido Spano? Y así...
Como la entrada "Antología..." es larga para blog, los comentarios quedan muy abajo, y como algunos de los que se hicieron hablan de nombres y plantean algunas cosas interesantes, los copio a continuación. Aclaración al firmante "Jorge": el link que pedís lo hice de entrada. Figura aquí a la derecha de la pantalla.
Gracias de nuevo a todos.



5 comentarios

Jorge dijo...
La verdad, don Jorge, felicitaciones por el trabajo que te tomaste, copiando los poemas que todos fuimos nombrando. Entiendo que faltan unos cuantos nombres y unos cuantos poemas fundamentales. Sin ir más lejos, luego de haber votado dos veces, a mí me queda un regusto amargo de no encontrar "Argentino hasta la muerte", de César Fernández Moreno, o "Fruttero se va al campo", de Arturo Fruttero, para no mencionar a Bayley, a Juana Bignozzi o incluso a vos mismo.Dado que en el pasado hiciste un apartado especial para la polémica sobre traducción, no estaría mal que, ahora, hicieras otro apartado para esta antología y que, de tanto en tanto, si tus otros lectores están de acuerdo, se fuera perfeccionando en ese sitio la antología argentina ideal que te vayamos proponiendo. Si los excesos de anoche te lo permiten, pensalo. Eso sí, no te rompas.Un abrazo y felicidades para todos.
25 diciembre, 2007 18:54

mauli dijo...
Atractiva la Antología. Voy leyendo lo que no conozco pero me tomo mi tiempo. No puedo leer poesía "de corrido", poema tras poema sin tomar un respiro en el medio, sobre todo cuando se trata de autores y estilos tan diferentes.Gracias.
25 diciembre, 2007 22:06

I.G. dijo...
Ah, si ésta ha sido la elección, quiere decir que el mundo sigue andando. Felicidades para todos y gracias por esta idea. Una sola errata: falta la Storni en la enumeración previa a los poemas; somos tan pocas...
25 diciembre, 2007 23:18

derian dijo...
"A Buenos Aires la fundaron dos veces...". Qué gran coincidencia, Jorge, justamente mientras leía yo pensaba en "Argentino hasta la muerte" del gran César Fernández Moreno. Y en lo que me costó hallar un libro de él, porque hasta en Internet hay poco de este gigante de la poesía nacional.Injustamente creo que ni nombrado fue uno de mis poetas favoritos, Oliverio Girondo; ni el poeta de mis pagos, el rosarigasino Aldo Oliva que se merecen sin ninguna duda ser parte de la antología.Celebro la iniciativa, es una gran idea que además nos ayuda a conocer otras voces, por ejemplo, yo no conocía a Miguel Angel Bustos (tampoco al autor del sapito). Y que pienso buscarlo. Saludos.
26 diciembre, 2007 00:01

Jorge Aulicino dijo...
Jorge y derian: Lamento también que a nadie se la haya ocurrido mencionar Argentino hasta la muerte de César Fernández. También lamento que no se haya mencionado un poema de Padeletti, y Bayley. Afortunadamente, alguien mencionó en cambio a Banchs que no goza precisamente de popularidad, y alguien empezó por el Fausto al proponer la gauchesca (generalmente, se empieza por el Martín Fierro, no por la paradodia de Fausto). Dudo en reabrir la antología porque se haría larga la lista de nombres postulados y perdería sentido el "experimento" de auscultar la memoria, la compulsa sería entonces la confección de una antología más pretensiosa de carácter consensuado. Los que quisieron particiár tuvieron incluso algún tiempo para pensar. Es decir, no fue una votación completamente "espontánea", pero sí lo suficiente como para que diera este caprichoso y sin embargo valioso resultado. Yo debería haber puesto a Almafuerte porque sus sonetos medicinales me vuelven constantemente a la memoría, pero ya había puesto el poema de Girri y el de Gelman, en una elección espontánea, y también algo caprichosa, porque nadie eligiría, como representativo de Gelman, el poemita a Hamlet. Esos llenaban mi memoria ese día. Creo que quienes votaron La Gran Salina o El Gualeguay lo hicieron de memoria pero también pensando en una estructura básica de la poesía argentina, de la que seguramente no forman parte el poema pseudo infantil de Tallon ni el Himno como pieza literaria. Así salieron las cosas: como una antología afectiva, con costados estructurales, algunos de sus nombres -quizá no los poemas que se eligieron- partipan sin duda de cualquier antología básica; otros -el Himno vg.-- de una antología histórica, antropológica, pero curiosamente aquí llegan por vía de la memoria afectiva.
26 diciembre, 2007 10:55

martes, diciembre 25, 2007

Antología votada de poesía argentina

Proemio y credo

Un poema de Madariaga, dos de Giannuzzi, dos de Tuñon, Bustos, el Himno Nacional (en origen, titulado Marcha Patriótica), el Fausto de Estanislao del Campo, Lugones, Borges, El Gualeguay de Ortiz, la Gran Salina de Zelarayán, Cortázar, Gelman, Urondo, Girri, Pizarnik: a mí me encanta el resultado de esta encuesta sobre la poesía argentina. Estos son los poemas que por la razón que sea prevalecieron durante la consulta en la memoria de los lectores. Espero que su lectura sea válida para muchos, ajenos a los cantos de sirenas de la poesía de gimnasio. El dinamismo, el amor a las palabras y los paisajes argentinos, la reflexión, la decepción y el heroísmo: todas estas cosas pueden parecer anacrónicas, y, sin embargo, en este breve universo parecen, reunidas, lo mejor de nosotros, lo más austero, lo esencial, y no hay en ello pizca de solemnidad. López y Planes o Zelarayán pueden ser nombrados naturalmente al brindar con champagne o sidra, este fin de año, del mismo modo que se nombran la calle Piedras o la avenida Rivadavia. Son cosas nuestras, y de una dimensión universal. Creo en la revolución y la tradición y creo en la literaura de nuestros literatos.

Estos son los textos, gracias a todos, feliz Navidad y próspero año nuevo:





Marcha patriótica


Oíd, mortales, el grito sagrado:
Libertad, Libertad, Libertad.
Oíd el ruido de rotas cadenas,
ved en trono a la noble igualdad.
Se levanta a la faz de la Tierra
una nueva y gloriosa Nación,
coronada su sien de laureles,
y a sus plantas rendido un león.

(Estribillo)

Sean eternos los laureles,
que supimos conseguir.
Coronados de gloria vivamos...
¡o juremos con gloria morir!

De los nuevos campeones los rostros
Marte mismo parece animar
la grandeza se anida en sus pechos:
a su marcha todo hacen temblar.
Se conmueven del Inca las tumbas,
y en sus huesos revive el ardor,
lo que va renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor.

Pero sierras y muros se sienten
retumbar con horrible fragor:
todo el país se conturba por gritos
de venganza, de guerra y furor.
En los fieros tiranos la envidia
escupió su pestífera hiel;
su estandarte sangriento levantan
provocando a la lid más cruel.

¿No los véis sobre México y Quito
arrojarse con saña tenaz
y cuál lloran, bañados en sangre,
Potosí, Cochabamba y La Paz?
¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los véis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

A vosotros se atreve, argentinos,
el orgullo del vil invasor;
vuestros campos ya pisa contando
tantas glorias hollar vencedor.
Mas los bravos, que unidos juraron
su feliz libertad sostener,
a estos tigres sedientos de sangre
fuertes pechos sabrán oponer.

El valiente argentino a las armas
corre ardiendo con brío y valor,
el clarín de la guerra, cual trueno,
en los campos del Sud resonó.
Buenos Ayres se pone a la frente
de los pueblos de la ínclita unión,
y con brazos robustos desgarran
al ibérico altivo León

San José, San Lorenzo, Suipacha,
ambas Piedras, Salta y Tucumán,
La Colonia y las mismas murallas
del tirano en la Banda Oriental.
Son letreros eternos que dicen:
aquí el brazo argentino triunfó,
aquí el fiero opresor de la Patria
su cerviz orgullosa dobló.

La victoria al guerrero argentino
con sus alas brillante cubrió,
y azorado a su vista el tirano
con infamia a la fuga se dio.
Sus banderas, sus armas se rinden
por trofeos a la libertad,
y sobre alas de gloria alza el pueblo
trono digno a su gran majestad.

Desde un polo hasta el otro resuena
de la fama el sonoro clarín,
y de América el nombre enseñado
les repite: "¡Mortales, oíd!:
ya su trono dignísimo abrieron
las Provincias Unidas del Sud".
Y los libres del mundo responden:
"Al gran pueblo argentino, ¡salud!

Vicente López y Planes (Buenos Aires, 1785-1856)




Fausto
(Impresiones del gaucho Anastasio El Pollo)

(Fragmento)

Como a eso de la oración
Aura cuatro o cinco noches,
Vide una fila de coches
Contra el tiatro de Colón.

La gente en el corredor,
Como hacienda amontonada,
Pujaba desesperada
Por llegar al mostrador.

Allí a juerza de sudar,
Y a punta de hombro y de codo,
Hice, amigaso, de modo
Que al fin me pude arrimar.
Cuando compré mi dentrada
Y di güelta... ¡Cristo mío!
Estaba pior el gentío
Que una mar alborotada.

Era a causa de una vieja
Que le había dao el mal...
-Y si es chico ese corral,
¿ A qué encierran tanta oveja?
-Ahí verá: -por fin, cuñao,
A juerza de arrempujón,
Salí como mancarrón
Que lo sueltan trasijao.

Mis botas nuevas quedaron
Lo propio que picadillo,
Y el fleco del calzoncillo
Hilo a hilo me sacaron.

Y para colmo, cuñao
De toda esta desventura,
El puñal, de la cintura,
Me lo habían refalao.

-Algún gringo como luz
Para la uña, ha de haber sido.
-¡Y no haberlo yo sentido!
En fin, ya le hice la cruz.

Medio cansao y tristón
Por la pérdida, dentré
Y una escalera trepé
Con ciento y un escalón.

Llegué a un alto finalmente,
Ande va la paisanada,
Que era la última camada
En la estiba de la gente.

Ni bien me había sentao,
Rompió de golpe la banda,
Que detrás de una baranda
La habían acomodao.

Y ya tamién se corrió
Un lienzo grande, de modo
Que a dentrar con flete y todo
Me aventa, creameló.

Atrás de aquel cortinao
Un Dotor apareció,
Que asigún oí decir yo,
Era un tal Fausto mentao.

-¿Dotor dice? Coronel
De la otra banda, amigaso;
Lo conozco a ese criollaso
Porque he servido con él.

-Yo tamién lo conocí
Pero el pobre ya murió.
¡Bastantes veces montó
Un zaino que yo le di!

Dejeló al que está en el cielo
Que es otro Fausto el que digo,
Pues bien puede haber, amigo,
Dos burros del mesmo pelo.

-No he visto gaucho más quiebra,
Para retrucar ¡ahijuna!...
Dejemé hacer, Don Laguna,
Dos gárgaras de giñebra.

Pues como le iba diciendo,
El Dotor apareció,
Y en público se quejó
De que andaba padeciendo.

Dijo que nada podía
Con la cencia que estudió,
Que él a una rubia quería,
Pero que a él la rubia no.

Que al ñudo la pastoriaba
Dende el nacer de la aurora,
Pues de noche y a toda hora
Siempre tras de ella lloraba.
Que de mañana a ordeñar
Salía muy currutaca,
Que él le maniaba la vaca,
Pero pare de contar.

Que cansado de sufrir,
Y cansado de llorar,
Al fin se iba a envenenar
Porque eso no era vivir.

El hombre allí renegó,
Tiró contra el suelo el gorro,
Y, por fin, en su socorro
Al mesmo Diablo llamó.

¡Nunca lo hubiera llamao!
¡Viera sustaso, por Cristo!
¡Ahí mesmo jediendo a misto,
Se apareció el condenao!

Hace bien: persinesé
Que lo mesmito hice yo.
-¿Y cómo no disparó?
-Yo mesmo no sé porqué.

¡Viera al Diablo! Uñas de gato,
Flacón, un sable largote,
Gorro con pluma, capote
Y una barba de chivato.

Medias hasta la berija,
Con cada ojo como un charco,
Y cada ceja era un arco
Para correr la sortija.

"Aquí estoy a su mandao,
Cuente con un servidor",
Le dijo el Diablo al Dotor,
Que estaba medio asonsao.

"Mi Dotor, no se me asuste
Que yo lo vengo a servir.
Pida lo que ha de pedir
Y ordenemé lo que guste".

El Dotor, medio asustao,
Le contestó que se juese...
-Hizo bien: ¿ no le parece?
-Dejuramente, cuñao.

Pero el Diablo comenzó
A alegar gastos de viaje
Y a medio darle coraje
Hasta que lo engatusó.

-¿No era un Dotor muy projundo?
¿Cómo se dejó engañar?
-Mandinga es capaz de dar
Diez güeltas a medio mundo.

El Diablo volvió a decir:
"Mi dotor, no se me asuste,
Ordenemé en lo que guste,
Pida lo que ha de pedir.

Si quiere plata, tendrá:
Mi bolsa siempre está llena,
Y más rico que Anchorena,
Con decir quiero, será.

No es por la plata que lloro,
Don Fausto le contestó:
Otra cosa quiero yo
Mil veces mejor que el oro.

"Yo todo lo puedo dar,
Retrucó el Ray del Infierno,
Diga: -¿quiere ser Gobierno?
Pues no tiene más que hablar".

-No quiero plata ni mando,
Dijo Don Fausto, yo quiero
El corazón todo entero
De quien me tiene penando.

No bien esto el Diablo oyó,
Soltó una risa tan fiera,
Que toda la noche entera
En mis orejas sonó.

Dio en el suelo una patada,
Una paré se partió,
Y el Dotor, fulo, miró
A su prenda idolatrada.

-¡Canejo!... ¿será verdá?
¿Sabe que se me hace cuento?
-No crea que yo le miento:
Lo ha visto media ciudá.

Estanislao del Campo (Buenos Aires, 1834-1880)




Al Pampero

Hijo audáz de la llanura
Y guardián de nuestro cielo,
Que arrebatas en tu vuelo
Cuanto empaña su hermosura:
¡Ven, y vierte tu frescura
De mi patria en el ambiente!
Ven, y enérgico y valiente,
Bate el polvo en el camino,
Que hasta soy más argentino
Cuando azotas en mi frente!

Rafael Obligado (Buenos Aires, 1851-Mendoza, 1919), Poesías completas, Segunda Edición 1957.




Alma venturosa

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía. . .
con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa,
mas ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,

que nuestros labios suspiraron quedos . . .
y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.

Leopoldo Lugones (Villa de María del Río Seco, 1874- Tigre, 1938)




Tornasolando el flanco…

Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso
de los ijares, lánguido y perverso
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...

El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en reprimido acecho... así es mi odio.

Enrique Banchs (Buenos Aires, 1888-1968)




Aspecto

Vivo dentro de cuatro paredes matemáticas
alineadas a metro. Me rodean apáticas
almillas que no saben ni un ápice siquiera
de esta fiebre azulada que nutre mi quimera.

Uso una piel postiza que me la rayo en gris.
Cuervo que bajo el ala guarda una flor de lis.
Me causa cierta risa mi pico fiero y torvo
que yo misma me creo pura farsa y estorbo.

Cuadros y ángulos

Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas,
cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.

Alfonsina Storni (Sala Capriasca, 1892 - Mar del Plata, 1938)





El Gualeguay
(Fragmento)

Mas cómo escapara, cómo, a la melancolía de la humedad,
de ser un cielo
entre curupíes y alisos,
sino, después de todo, por las sublimaciones de aquí?
Arriba, a pesar de esa ligereza
y de ese idilio
era el ave que se deshacía,
luego de latir, en una fantasmagoría ya de fiera
con una angustia de azufre…
Pero no era asimismo, aquí, bajo las maneras de la alegría,
no era la molicie?
Ay, sólo a veces, con las pasiones de la luz,
se tendía hacia el cenit
en unos amores de plata por lo que, con todo, parecíale
el juego del “lila”…

Mas a qué entonces “el allá” si justamente “el aquí”
constituía sólo su luna,
o el metal para su corriente, o las orillas o los límites
que se fijaba “el lila”
en medio de un silencio que se espinaba?

Dónde, pues, “la categorías”
para la vibración en busca, únicamente, del hilo?
Y no era también, él, una unidad que las desconocía
desde lo íntimo de sus latidos
y por las olitas que, sin parecerse entre sí,
no dejaban de resumirla
en las crestas de los minutos?

No era, además, ciertamente, la continuidad en sí
que sólo debía vivir
a través de unos puntillos que constantemente variaban,
pero en la inocencia, sin duda,
de esos “moldecitos”,
ya que él iba y venía aún antes del ir y del venir,
o de las “jerarquías” de las líneas,
o de los reflejos, en fin,
del pez o del ave?...

Pero hasta cuándo, hasta cuándo iba a seguir
con esos “metafisiqueos”
que contrajera, acaso, otra vez! por las vibraciones
/que le llegaban
en la ronda del aire
desde los pies, entonces, se diría,
del juego?
O sólo serían ellos, por qué no? las vegetaciones que
/le descomponían
hasta el enrarecimiento
el hálito de los remansos…
o los humillos, que menos se veían, naturalmente,
de sus sacrificios
a los “capiquíes” de su media noche,
o de debajo del tiempo
en una raicillas que se invertían…
en tanto, él, se unía, aún, a una manera de memorias, si cabe,
de la indivisibilidad que fue
y seguía siendo
en la melodía que lo llevaba?

Juan L. Ortiz (Puerto Ruiz, 1896 – Paraná, 1978)




Fundación mítica de Buenos Aires

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.

Jorge Luís Borges (Buenos Aires, 1899 -Ginebra, 1986)




El sapito Glo-glo-glo

Nadie sabe donde vive.
Nadie en la casa lo vio.
Pero todos escuchamos
al sapito glo.. glo... glo...


¿Vivirá en la chimenea?
¿Dónde el pillo se escondió?
¿Dónde canta cuando llueve
el sapito Glo-glo-glo?

¿Vive, acaso, en la azotea?
¿Se ha metido en un rincón?
¿Está abajo de la cama?
¿Vive oculto en una flor?

Nadie sabe donde vive.
Nadie en la casa lo vio.
Pero todos escuchamos
cuando llueve: glo... glo... glo...

José Sebastián Tallon (Buenos Aires, 1904-1954)




Escrito sobre una mesa de Montparnasse


Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
-cada ventana paga su pedazo de sol con una canción-,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como
una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista
y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me
/comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada
/en los techos
-la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes-
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán
es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que
hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros
/de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
/la noche
en los ojos de sus mujeres y las guitarras
de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí
adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose
/hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome
/briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los
viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas,
pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.

Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente
/constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.

Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola
/palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por
/ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo
recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
/cristal, de la luz,
de la caricia
-destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo-
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.

Lluvia

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios
abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los
maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas
/de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la
lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura
/de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos
visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado,
/los
ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y
apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra
posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién
estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y
/las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica,
pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa,
/pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida
/vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea
/del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa,
que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto,
/cuando tú y yo
seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo
siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al
caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar
sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los
automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de
nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y
acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza
sea una manera sutil de la alegría.
Oh, íntima,recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)




Alta marea

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras
sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor
de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto
con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
/la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta
/el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo.

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma
/de los días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
/insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta
/en otro cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
/enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol
de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
aguas y de los campos con las violencias de este planeta
que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
/como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
/a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia
del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón
/de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed
/intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

Enrique Molina (Buenos Aires, 1910-1997)




Hablen, tienen tres minutos

De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos
/un momento, y bebí una
botella de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad más poblada del mundo.

Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata
/y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.

Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.

Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pastito, una pelusa.

Julio Cortázar (Bruselas, 1914 –París, 1984)




Desde la terraza

Diafanidad que hace
válido cualquiera de los asertos
de nuestra mente,

el que propone
majestuosos unicornios
corriendo entre los médanos,
el que afirma,
mezclados con unicornios,
de tigres blancos, remisos
a comer presas vivas;

o de signo contrario, realistas
llamados al orden:
"...nunca se conoció
época alguna donde la mitología
fuera posible...",

y de cuya certeza,
acostados, fijos a la playa,
recogemos pruebas:
cómo en los fulgúreos
cuerpos que arroja la marea
no reconocemos ni un solo cabello
de Venus engendradas por las olas,
y en las rocas,
apostaderos de sirenas,
ni cuerpos de pájaros
con cuello de mujer, cola de delfín,
ni alas ni uñas
para el amor, saqueos,
naufragios;

¡apenas un golpe
de fábula, vivo e instantáneo,
cuando el viento amplifica
el rumor de los bañistas,
y nos llega en corales,
ensordece como graznidos,
son graznidos!

Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991)




Perplejidades al amanecer

I

Un mínimo de fe para buscar a tientas
la camisa más despierta. Una especie
de convicción para sentirme apto.
En la oscuridad menguante, el dormitorio
huele a existencia en bruto,
a ropa fría, a zapatos caídos
con toda la neura encima. Esto insiste
en tener algo que ver conmigo.

Desde la calle
los ruidos ciegos y la jadeante
respiración de la materia manufacturada
suben con sus propias razones para vivir.
He allí lo espumoso, la tierra triunfante
que apenas me concierne. Pero la camisa
ya pierde su inocencia, reclama relaciones
y el perpetuo fracaso de la identidad
en el amanecer de este día laborable.

II

Desamparo ideológico del lunes:
en la madrugada invernal ha concluido
el aplazamiento. Perplejo
y desdichado a su manera, el pie
con que bajamos de la cama se detiene
a medio camino. En ese titubeo prenatal
también vacilan
el resto del cuerpo
y el ser en general con su condena.

La realidad privada paraliza su regreso
al viejo desastre, a la recurrente
y oscura oportunidad. ¿Qué clase de verdad
hay en esa negación? ¿Qué mano de la época
pone las opciones individuales en punto muerto?
En el cerebro cerrado circula
un gemido que nos detiene al borde
de la respiración universal del día.
Y entre la historia a punto de caer
en la taza de café y la vuelta del rostro
a la dorada aniquilación personal
comienza el lunes en todo el país.

Reducción de papá

Luego de veinte años, sosegada
la cerrada e hirviente oscuridad,
su osamenta chirrió en el horno.
La ceremonia técnica
transcurrió rápidamente. Se firmaron
papeles, se fijó un número
en la mente y todo el áspero
amor que nos enfrentó, a lo lejos,
los malentendidos sentimentales
entre sangres de un mismo incendio,
cruzados de ojo a ojo, de lenguaje a lenguaje,
su identidad, sus huesos y sus ropas finales
concluían en un puñado de materia indistinta.
Aquella noche en que dijo
"mi corazón no da más" y el médico
buscó una vena para la última aguja,
y la familia reunida compartiendo
una negación, se comprimía
como un bulto congelado en la memoria.
Lo demás fue una lenta
fermentación residual, entregada
a la química ciega, ajena
a la emoción y las flores dominicales,
hasta que el ciclo se cerró
sobre un mínimo vestigio de historia personal,
apresurada la disolución, resuelto
con un golpe de fuego
el constante homicidio de la creación.

Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924 - Salta, 2004)




La Gran Salina

La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.
Yo vacilo....
y callo....
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio es nada y la nada no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este "poema")
por lo que yo siento cuando pienso en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se desespera en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que le acechan posadas
/al vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me he sorprendido mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece...
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,
y la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro
/y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
/hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas
/de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto...
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.
Pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad, tropecé con un mueble...
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar...
en lo que creía bien olvidado.
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina.
Y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o dentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero.
Estoy mirando el mapa...
pero esto no explica nada.
La caja de fósforos queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca...
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha
el río Salado.
Paro aún así sigo escapando del gran misterio...
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando arrojábamos impunemente naranjas chupadas
al espejo ciego y enceguecedor de la Gran Salina.
A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda
junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire...
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet...
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One-Eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen...
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas.
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
a las sagradas leyes de la física, y demostrar su inequívoco
/apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero, por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada...
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminara como yo en ese momento
por la Gran Salina…?
Ravel, púdico sentimental, te imagino tocando el piano
/que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Sí, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los "Valses nobles y sentimentales" en medio de la Gran Salina.
Estoy seguro que se hubiera interrumpido
al escuchar el silbato lejano de la locomotora,
para ver el haz de luz a la distancia
y la penumbra sobre la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años yo andaba por allí,
despreocupado y con mi guardapolvo blanco.
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
¡Trank!
de la máquina de sacar radiografías.
¡Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar...
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo...
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase sin nombre
/que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento...
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor perdido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio...
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja
y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado en el cuello.
Yo pienso en comer, como se ve...
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.
Y también, no sé por qué,
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explorar sus entrañas.
Pero hasta los hombre-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo comer
/a esos hombres...
con patas de rana.
¡Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
¡Dale!... ¡Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que no se fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de la pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe
..............................................
..............................................
..............................................
Hace años creía
que "después del almuerzo es otra cosa"...
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémoslo así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre.
¡Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en casa de un amigo poeta,
conocí a un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista
metí una frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
"Toda el agua del mar no bastaría para lavar una mancha
/de sangre intelectual".

Ricardo Zelarayán (Paraná, “mediados de la década del veinte”).



Tembladerales de oro

El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro del oro que arde contra el oro el oro de los ocultos tembladerales que largan el aire de oro hacia los rojos destinos pulmonares con el acuerdo de los fantasmas de oro coronados por los juncos de oro bebiendo los caballos de oro los troperos de oro envueltos en los ponchos de oro –a veces negro a veces rojo celeste verde – y el caballero que repasa las lagunas de los oros naturalmente populares el que se embarca en las balsas de oro con todos los excesos de pasajeros de oro que manejan los caballos de oro con los rebenques de oro bebiendo en la limetilla de oro del barro de oro de los sueños de los frescos del oro entre la majestad de las palmeras de oro y de los ajusticiados y degollados en las isletas de oro bajo de yacarés de oro del oro del amor.

Francisco Madariaga (Estancia Caimán, 1927 –Buenos Aires, 2002)





La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

Francisco Urondo (Santa Fe, 1930 –Mendoza, 1976)




The heartache and the thousand natural shocks

cuando hamlet tomó una flauta y le dijo a guildenstern
/que la tañera
y guildenstern dijo no puedo y hamlet
le dijo entonces miserable
no puedes arrancarle una nota a este simple instrumento
y pretendes arrancármela a mí un hombre interminable
/de bestias sucesivas
ciegas que miran por mis ojos
y millones de rostros como constelaciones en mi sangre
flotando en su deriva o desprendiéndose como una estrella súbita contra
/la oscuridad
apagándose dulce en mis abismos
y su conflagración me sube a la saliva
una pequeña gota acre siendo bastante a su esplendor
y este rumor viejo de siglos como una ansiedad de mis testículos
/invadiendo la noche
cuando entro a mí como un tumulto de astros sin nombre todavía
y los contemplo huir entrechocarse como deshechos de furor
y una lágrima lloro
con sus crepitaciones y desastres
¿no piensas guildenstern no crees
que hamlet elsinöre la dinamarca
europa el orbe el universo y las galaxias que tiemblan más allá
apenas son la lágrima de un príncipe soñándose en su noche?

Juan Gelman (Buenos Aires, 1930)




Los patios del tigre

El tigre, aquel espejo del
odio y el espanto.

von Jöcker, siglo XVIII


Fueron siempre los pájaros los que anduvieron en los patios de mi infancia.
A la claridad del canario se sumó el gritito entrecortado del calafate, el vuelo diminuto de los bengalíes. Algún mono hubo, pero fue efímero.
Agregaba mi abuelo a la magia reinante sus oros de Gran Maestro. Sus libros que, de a poco, fueron siendo mis pájaros.
Un tío viajó y en una gran jaula trajo un tigre. Lo aseguraron a una cadena y esperaron que lo viera.
Su garganta me llamó; aparecí.
El espanto y la maravilla me helaron.
Desde ese día los patios dejaron de ser tales. Fueron selvas de mármol y mosaicos gastados en donde el terror habitaba.
Era feliz. Tocaba el misterio a diario y no desaparecía. Me acostumbré ávidamente a lo extraño.
Cuando alguien ordenó su encierro en el Zoológico, lloré.
Entonces comenzaron mis fugaces visitas; temblaba cerca de su jaula. Su rugido era música tristísima para mí. Le imploraba a su memoria de fiera el recuerdo.
El día en que me fui a despedir de él para siempre me olió, detuvo su andar en círculos. Una sombra humana le cruzó la mirada. Intenté tocarlo. El griterío prudente me clavó en el piso.
Pensé un adiós, suavemente me marché. Más tarde supe de su muerte. Su carne fantástica se juntó en el polvo a otras carnes.
He crecido. Guardo de mi infancia sus huesos en mi alma, los libros en mi sangre.
Pero cuando llegue el fin y me miren los ojos que aún no he visto, pienso que será el tigre incierto de la locura el que me lleve tanteando a la nada, aquel tigre de titubeo y delirio del suicidio que en su boca me ahogará clamando.
O tal vez mi viejo tigre, rayado por la piedad, quiera devorarme como a un niño.

Miguel Ángel Bustos (Buenos Aires, 1933 -secuestrado y desaparecido en 1976).





Revelaciones

En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
El deseo de morir es rey.

Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.

Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972)




Cadáveres

a Flores

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñiero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres

Precisamente ahí, y en esa richa
de la que deshilacha, y
en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y
en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso
en la que no se dice que se sepa...
Hay Cadáveres

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al
espejuelo, en la
correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas
arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin
embargo, en esa c... que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con
Todo
Sobretodo
Hay Cadáveres

En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la
menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el
despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un
saquito, y en potiche de saquitos, y figurines anteriores, modas
pasadas como mejas muertas de las que
Hay Cadáveres

Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano:
en la colilla de los pantalones que se enchastran, símilmente;
en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no se casa
porque su novio ha
….........................!
Hay Cadáveres

En ese golpe bajo, en la bajez
de esa mofleta, en el disfraz
ambiguo de ese buitre, la zeta de
esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad
Hay Cadáveres

Está lleno: en los frasquitos de leche de chancho con que las
campesinas
agasajan sus fiolos, en los
fiordos de las portuarias y marítimas que se dejan amanecer, como a
escondidas, con la bombacha llena; en la
humedad de esas bolsitas, bolas, que se apisonan al movimiento de
los de
Hay Cadáveres

Parece remanido: en la manea
de esos gauchos, en el pelaje de
esa tropa alzada, en los cañaverales (paja brava), en el botijo
de ese guacho, el olor a matorra de ese juiz
Hay Cadáveres

Ay, en el quejido de esa corista que vendía "estrellas federales"
Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos,
Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con
una botella de whisky "Russo" llena de vidrio en los breteles, en ésos,
tan delgados,
Hay Cadáveres

En la finura de la modistilla que atara cintas do un buraco hubiere
En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza
las uñas salitrosas, en las mismas
cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan
...indeciso..., que
clava preciosamente los alfiles, en las caderas de la Reina y
en los cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza
que se derrumba, oui
Hay Cadáveres

Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa
¡bonita profesora!
Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo
de ese incienso;
Da, en la garganta de esa ajorca, o en lo mollejo de ese moretón
atravesado por un aro, enagua, en
Ya
Hay Cadáveres

En eso que empuja
lo que se atraganta,
En eso que traga
lo que emputarra,
En eso que amputa
lo que empala,
En eso que ¡puta!
Hay Cadáveres

Ya no se puede sostener: el mango
de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos,
el rosario
de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava,
la corriente
que sujeta a los juncos el pichido – tin, tin... – del son-
ajero, en el gargajo que se esputa...
Hay Cadáveres

En la mucosidad que se mamosa, además, en la gárgara; en la también
glacial amígdala; en el florete que no se succiona con fruición
porque guarda una orla de caca; en el escupitajo
que se estampa como sobre en un pijo,
en la saliva por donde penetra un elefante, en esos chistes de
la hormiga,
Hay Cadáveres

En la conchita de las pendejas
En el pitín de un gladiador sureño, sueño
En el florín de un perdulario que se emparrala, en unas
brechas, en el sudario del cliente
que paga un precio desmesuradamente alto por el polvo,
en el polvo
Hay Cadáveres

En el desierto de los consultorios
En la polvareda de los divanes "inconcientes"
En lo incesante de ese trámite, de ese "proceso" en hospitales
donde el muerto circula, en los pasillos
donde las enfermeras hacen SHHH! con una aguja en los ovarios,
en los huecos
de los escaparates de cristal de orquesta donde los cirujanos
se travisten de ''hombre drapeado",
laz zarigueyaz de dezhechoz, donde tatúase, o tajéase (o paladea)
un paladar, en tornos
Hay Cadáveres


En las canastas de mamá que alternativamente se llenan o vacían de
esmeraldas, canutos, en las alforzas de ese
bies que ciñe – algo demás – esos corpiños, en el azul Iunado del cabe-
llo, gloriamar, en el chupazo de esa teta que se exprime, en el
reclinatorio, contra una mandolina, salamí, pleta de tersos caños...
Hay Cadáveres

En esas circunstancias, cuando la madre se
lava los platos, el hijo los pies, el padre el cinto, la
hermanita la mancha de pus, que, bajo el sobaco, que
va “creciente”, o
Hay Cadáveres

Ya no se puede enumerar: en la pequeña “riela” de ceniza
que deja mi caballo al fumar por los campos (campos, hum…),o por
los haras, eh, harás de cuenta de que no
Hay Cadáveres

Cuando el caballo pisa
los embonchados pólderes,
empenachado se hunde
en los forrajes;
cuando la golondrina, tera tera,
vola en circuitos, como un gallo, o cuando la bondiola
como una sierpe “leche de cobra” se
disipa,
los miradores llegan todos a la siguiente
conclusión:
Hay Cadáveres

Cuando los extranjeros, como crápulas, ("se les ha volado la
papisa, y la manotean a dos cuerpos"), cómplices,
arrodíllanse (de) bajo la estatua de una muerta,
y ella es devaluada!
Hay Cadáveres

Cuando el cansancio de una pistola, la flaccidez de un ano,
ya no pueden, el peso de un carajo, el pis de un
''palo borracho", la estirpe real de una azalea que ha florecido
roja, como un seibo, o un servio, cuando un paje
la troncha, calmamente, a dentelladas, cuando la va embutiendo
contra una parecita, y a horcajadas, chorrea, y
Hay Cadáveres

Cuando la entierra levemente, y entusiasmado por el su-
ceso de su pica, más
atornilla esa clava, cuando "mecha"
en el pistilo de esa carroña el peristilo de una carroza
chueca, cuando la va dándola vuelta
para que rase todos.. . los lunares, o
Sitios,
Hay Cadáveres

Verrufas, alforranas (de teflón), macarios muermos: cuando sin...
acribilla, acrisola, ángeles miriados' de peces espadas, mirtas
acneicas, o sólo adolescentes, doloridas del
dedo de un puntapié en las várices, torreja
de ubre, percal crispado, romo clít ...
Hay Cadáveres

En el país donde se yuga el molinero
En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,
y donde todas las Ocupaciones tienen nombre….
En las regiones donde una piruja voltèa su zorrito de banlon,
la huelen desde lejos, desde antaño
Hay Cadáveres

En la provincia donde no se dice la verdad
En los locales donde no se cuenta una mentira
–Esto no sale de acá–
En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en
la bragueta del que orina-esto no va a parar aquí -, contra los
azulejos, en el vano, de la 14 o de la 15, Corrientes y
Esmeraldas,
Hay Cadáveres

Y se convierte inmediatamente en La Cautiva,
los caciques le hacen un enema,
le abren el c... para sacarle el chico,
el marido se queda con la nena,
pero ella consigue conservar un escapulario con una foto borroneada
de un camarín donde...
Hay Cadáveres

Donde él la traicionó, donde la quiso convencer que ella
era una oveja hecha rabona, donde la perra
lo cagó, donde la puerca
dejó caer por la puntilla de boquilla almibarada unos pelillos
almizclados, lo sedujo,
Hay Cadáveres

Donde ella eyaculó, la bombachita toda blanda, como sobre
un bombachón de muñequera como en
un cáliz borboteante - los retazos
de argolla flotaban en la "Solución Humectante" (método agua por
agua),
ella se lo tenía que contar
Hay Cadáveres

El feto, criándose en un arroyuelo ratonil,
La abuela, afeitándose en un bols de lavandina,
La suegra, jalándose unas pepitas de sarmiento,
La tía, volviéndose loca por unos peines encurvados
Hay Cadáveres

La familia, hurgándolo en los repliegues de las sábanas
La amiga, cosiendo sin parar el desgarrón de una "calada"
El gil, chupándose una yuta por unos papelitos desleídos
Un chongo, cuando intentaba introducirla por el caño de escape de
una Kombi,
Hay Cadáveres

La despeinada, cuyo rodete se ha raído
por culpa de tanto "rayito de sol", tanto "clarito";
La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo;
La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi;
La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse
para no ver lo que veía:
Hay Cadáveres

La matrona casada, que le hizo el favor a la muchacho pasándole un
buen punto;
la tejedora que no cánsase, que se cansó buscando el punto bien
discreto que no mostrara nada
– y al mismo tiempo diera a entender lo que pasase –;
la dueña de la fábrica, que vio las venas de sus obreras urdirse
táctilmente en los telares-y daba esa textura acompasada...
lila...
La lianera, que procuró enroscarse en los hilambres, las púas
Hay Cadáveres

La que hace años que no ve una pija
La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña)
Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta
donde los
vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le
tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una
profesora…)
Hay Cadáveres

Era ver contra toda evidencia
Era callar contra todo silencio
Era manifestarse contra todo acto
Contra toda lambida era chupar
Hay Cadáveres

Era: "No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan
cuenta"
O: "No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a
pecho"
Acaso: "No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta"
Aún: "Hoy asaltaron a una vaca"
"Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada
...y listo"
Hay Cadáveres

Como una muletilla se le enchufaba en el pezcuello
Como una frase hecha le atornillaba los corsets, las fajas
Como un titilar olvidadizo, eran como resplandores de mangrullo, como
una corbata se avizora, pinche de plata, así
Hay Cadáveres

En el campo
En el campo
En la casa
En la caza
Ahí
Hay Cadáveres

En el decaer de esta escritura
En el borroneo de esas inscripciones
En el difuminar de estas leyendas
En las conversaciones de lesbianas que se muestran la marca de la liga,
En ese puño elástico,
Hay Cadáveres

Decir "en" no es una maravilla?
Una pretensión de centramiento?
Un centramiento de lo céntrico, cuyo forward
muere al amanecer, y descompuesto de
El Túnel
Hay Cadáveres

Un área donde principales fosas?
Un loro donde aristas enjauladas?
Un pabellón de lolas pajareras?
Una pepa, trincada, en el cubismo
de superficie frívola...?

Hay Cadáveres

Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste
a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo
curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los
carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,
te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a
dedetener, Fernando? Imaginá…
Hay Cadáveres

Estamos hartas de esta reiteración, y llenas
de esta reiteración estamos.
Las damiselas italianas
pierden la tapita del Luis XV en La Boca!
Las ''modelos" –del partido polaco–
no encuentran los botones (el escote cerraba por atrás) en La Matanza!
Cholas baratas y envidiosas – cuya catinga no compite – en Quilmes!
Monas muy guapas en los corsos de Avellaneda!
Barracas!
Hay Cadáveres

Ay, no le digas nada a doña Marta, ella le cuenta al nieto que es
colimba!
Y si se entera Misia Amalia, que tiene un novio federal!
Y la que paya, si callase!
La que bordona, arpona!
Ni a la vitrolera, que es botona!
Ni al lustrabotas, cachafaz!
Ni a la que hace el género "volante"!
NI
Hay Cadáveres

Féretros alegóricos!
Sótanos metafóricos!
Pocillos metonímicos!
Ex-plícito !
Hay Cadáveres

Ejercicios
Campañas
Consorcios
Condominios
Contractus
Hay Cadáveres

Yermos o Luengos
Pozzis o Westerleys
Rouges o Sombras
Tablas o Pliegues
Hay Cadáveres

– Todo esto no viene así nomás
– Por qué no?
– No me digas que los vas a contar
– No te parece?
– Cuándo te recibiste?
– Militaba?
– Hay Cadáveres?

Saliste Sola
Con el Fresquito de la Noche
Cuando te Sorprendieron los Relámpagos
No Llevaste un Saquito
Y
Hay Cadáveres

Se entiende?
Estaba claro?
No era un poco demás para la época?
Las uñas azuladas?
Hay Cadáveres

Yo soy aquél que ayer nomás...
Ella es la que…
Veíase el arpa...
En alfombrada sala...
Villegas o
Hay Cadáveres

..............................................
..............................................
..............................................
..............................................

No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay.
Respuesta: No hay cadáveres.




Néstor Perlongher (Avellaneda 1949- San Pablo, 1992)

domingo, diciembre 23, 2007

Antes de que cierre el "concurso" o "torneo" del mejor poema, este Administrador desea aclarar que la intención es compulsar entre los que participan cuáles poemas vienen primero a la memoria cuando se trata de mencionar alguno que un lector retiene y califica, sea el mejor o no para cualquier teoría. Como no hay criterios objetivos firmes que permitan establecer la superioridad de un poema sobre otro, ya que la poesía se basa en operaciones subjetivas y su recepción lo es en alto grado, el "experimento" consiste en pulsar la "memoria colectiva" representada por el mínimo universo de lectores de este blog y ofrecer a otros lectores textos que circulan en ella. El principal objetivo de este espacio virtual es precisamente publicar poemas de la literatura argentina y lo que ha venido haciendo es ofrecer poemas de libros recientes, una lectura de la poesía que se fabrica hoy en el país, junto con poemas clásicos de libros agotados, miscelánea, poemas de otras regiones, apuntes e invenciones. La antología "relámpago" se propone sólo dejar testimonio de lectores, y esto significa gustos, afectos, no estudiadas arquitecturas de un texto esencial. La memoria afectiva permitirá vislumbrar, de todos modos, una tradición. "Nadie se queda sin parientes una noche de luna", escribió Gómez de la Serna. Estos serán pues, los nuestros.
Gracias a los que participaron y a quienes lo harán.
Feliz Navidad.
El Administrador.

P.D.: La encuesta se cierra a las 12 de la noche del 24 de diciembre próximo.

sábado, diciembre 22, 2007

Como Mauli agradece la prepublicación de los poemas, va aquí la copia correcta del poema de Giannuzzi, ya que el anónimo votante de "Perplejidades al amanecer" omitió la segunda parte, equivocó "mínimo" por "minuto" en el primer verso, y reemplazó la primera persona del octavo por la segunda.


Perplejidades al amanecer

I

Un mínimo de fe para buscar a tientas

la camisa más despierta. Una especie

de convicción para sentirme apto.

En la oscuridad menguante, el dormitorio

huele a existencia en bruto,

a ropa fría, a zapatos caídos

con toda la neura encima. Esto insiste

en tener algo que ver conmigo.

Desde la calle

los ruidos ciegos y la jadeante

respiración de la materia manufacturada

suben con sus propias razones para vivir.

He allí lo espumoso, la tierra triunfante

que apenas me concierne. Pero la camisa

ya pierde su inocencia, reclama relaciones

y el perpetuo fracaso de la identidad

en el amanecer de este día laborable.

II

Desamparo ideológico del lunes:

en la madrugada invernal ha concluido

el aplazamiento. Perplejo

y desdichado a su manera, el pie

con que bajamos de la cama se detiene

a medio camino. En ese titubeo prenatal

también vacilan

el resto del cuerpo

y el ser en general con su condena.

La realidad privada paraliza su regreso

al viejo desastre, a la recurrente

y oscura oportunidad. ¿Qué clase de verdad

hay en esa negación? ¿Qué mano de la época

pone las opciones individuales en punto muerto?

En el cerebro cerrado circula

un gemido que nos detiene al borde

de la respiración universal del día.

Y entre la historia a punto de caer

en la taza de café y la vuelta del rostro

a la dorada aniquilación personal

comienza el lunes en todo el país.


Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924 - Salta, 2004)
La antología se compone por ahora así (en orden de llegada):



"Tornasolando el flanco...", de Enrique Banchs

"Revelaciones", de Alejandra Pizarnik

"Lluvia" y "Escrito sobre una mesa de Montparnasse", de Raúl González Tuñón

"Hay cadáveres", de Néstor Perlongher

"Alta marea", de Enrique Molina

"La pura verdad", de Francisco Urondo

Un poema no definido de Rafael Obligado que yace en pedazos en la memoria de Natalia Zacarías

"The heartache and the thousand natural shocks", de Juan Gelman

"Desde la terraza", de Alberto Girri

"Hablen, tienen tres minutos", de Julio Cortázar

"El Gualeguay", de Juan L. Ortiz

"Perplejidades al amanecer", de Joaquín Giannuzzi

"La Gran Salina", de Ricardo Zelarayán
El Sr. Darío Rojo expresa de palabra, pues sus principios le impiden dejar comentarios en los blogs, que una antología por breve que fuera de la poesía argentina no debería prescindir del poema "La Gran Salina" de Ricardo Zelarayan.
El Sr. Rojo no aclaró, al hacer esta declaración, que hablaba "en off".

viernes, diciembre 21, 2007

La votación para la Antología Relámpago de la poesía argentina va por ahora así


"The heartache and the thousand natural shocks", de Juan Gelman

"Desde la terraza", de Alberto Girri

"Tornasolando el flanco...", de Enrique Banchs

"Revelaciones", de Alejandra Pizarnik

"Lluvia" y "Escrito sobre una mesa de Montparnasse", de Raúl González Tuñón

"Hay cadáveres", de Néstor Perlongher

"Alta marea", de Enrique Molina

"La pura verdad", de Francisco Urondo

"El Gualeguay", de Juan L. Ortiz

"Hablen, tienen tres minutos", de Julio Cortázar

Un poema no definido de Rafael Obligado que yace en pedazos en la memoria de Natalia Zacarías

jueves, diciembre 20, 2007

Alberto Girri / Desde la terraza

Desde la terraza

Diafanidad que hace
válido cualquiera de los asertos
de nuestra mente,

el que propone
majestuosos unicornios
corriendo entre los médanos,
el que afirma,
mezclados con unicornios,
de tigres blancos, remisos
a comer presas vivas;

o de signo contrario, realistas
llamados al orden:
"...nunca se conoció
época alguna donde la mitología
fuera posible...",

y de cuya certeza,
acostados, fijos a la playa,
recogemos pruebas:
cómo en los fulgúreos
cuerpos que arroja la marea
no reconocemos ni un solo cabello
de Venus engendradas por las olas,
y en las rocas,
apostaderos de sirenas,
ni cuerpos de pájaros
con cuello de mujer, cola de delfín,
ni alas ni uñas
para el amor, saqueos,
naufragios;

¡apenas un golpe
de fábula, vivo e instantáneo,
cuando el viento amplifica
el rumor de los bañistas,
y nos llega en corales,
ensordece como graznidos,
son graznidos!

Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991), Existenciales, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1986

miércoles, diciembre 19, 2007

Para la antología repentina propuesta más abajo, el Administrador vota dos poemas, por razones quizá más afectivas que meditadamente poéticas:


The Heartache and the thousand natural shocks, de Juan Gelman, publicado en Cólera Buey, en 1971

y Desde la terraza, de Alberto Girri, publicado en Existenciales en 1986

viernes, diciembre 14, 2007

Nueva explicación del sentimiento de escritura, con Ashbery (1) a mano. A ver: continudad sinuosa contra acumulación discontinua. ¿Y si no existe el versus en el verso, y los mecanismos sencillamente se amalgaman, funden, se conectan? Estos versus, dialogan en el laboratorio de la escritura, y fuerzan una idea de posmodernidad que habría que neutralizarla. La poesía de Ashbery sería esa continuidad sinuosa, de la que habla Jameson, y de la que en su invisibilidad, toda la obra del nacido en Rochester asiste con fragmentos definidos. Lo homogéneo en Ashbery es esa sinuosidad que podría traducirse como "huidiza", asintáctica, malversada por distintos métodos de composición, a los que nuestro querido John echa mano como ninguno. Pienso, ¿qué es lo que más les molesta a algunos lectores de la poesía de Ashbery? ¿Que sus poemas parezcan una prolongación de una salchicha? ¿Que digan lo poco que hay que decir con palabras igualmente pobres? ¿Que no defina su género? ¿Que consiga deplorar la poesía tal y como la conocemos? Delante de mí hay una instantáneas de un grupete de generales promoscovitas, o algo semejante (gorro a lo Daniel Boom, aprox). Imagino a un grupo de antiashberianos a punto de definir una estrategia de lectura. Mientras analizan si la continuidad sinuosa es irrelevante en detrimento de una acumulación discontinua, el pobre Ashbery sigue escribiendo libros starting out; desconociendo todo acerca de estas maniobras, a las que no califica porque no conoce, no está enterado, diciendo que no puede atender a cada uno que se le ocurre descalificar un libro suyo, sólo porque no se trata de un lector ad hoc. Lo que sí sabe es que un escritor, fuese poeta, narrador, dramaturgo, confía en su perplejidad y en el modo en que ésta se traduce en nuevos libros, raros, rarísimos, fuera de concesiones. ¿Tanto molesta ser resbaloso?

Mario Arteca (La Plata 1960), en La infancia del procedimiento

(1) Ashbery, John. Rochester, Nueva York, 1927. Primer libro: Turandot and Other Poems (1953); último: A Wordly Country (2007)

jueves, diciembre 13, 2007

Aclaración importante respecto del torneo "¿Cuál es el mejor poema...?"

Si se vota un poema demasiado largo, se publicará con la condición de que el votante envíe copia en documento de word

Antología relámpago

Otra Iglesia es Imposible convoca al torneo "¿Cuál es el mejor poema de la literatura argentina?"
Los que quieran votar, pueden hacerlo al pie de esta entrada. Si consideran que el poema que voten es poco conocido, pueden pegarlo también en el comment.
Todos los poemas serán publicados en el blog al término del torneo.
La publicación del poema incluirá mención de los votos que eventualmente haya recibido.
Se trata de armar, como sugiere el título, una antología repentina de la poesía argentina. Y, para los sociólogos de la literatura, auscultar el "recorte" que de esta compulsa surja.
Como nadie puede impedir que un mismo lector vote varios poemas o el mismo con seudónimos distintos, se permite votar eventualmente más de un poema, pero se ruega encarecidamente que cada lector se limite a mencionar uno solo. En cuanto a votarlo más de una vez apelando a diversos seudónimos, se confía en la buena fe de los lectores (son lectores de poesía al fin y al cabo, no políticos en campaña).
Se tendrán en cuenta los comentarios con que cada lector juzgue conveniente fundamentar su voto, pero se solicita sean breves.
El plazo para votar vence la Nochebuena de este año. Es decir, las 12 PM del 24 de diciembre próximo, y se incluirán absolutamente todos los poemas votados.

Saludos y Feliz Navidad
El Administrador

miércoles, diciembre 12, 2007

¿De dónde les venía a los griegos ese saber de los dioses, puesto que no conocían a ningún Moisés, a ningún Zoroastro?
Es que ellos también han recibido un anuncio que puede llamarse Revelación en el sentido más verdadero de la palabra; un anuncio divino como ningún otro pueblo recibió. No les fue anunciada la grandeza majestuosa de un Creador del mundo, de un Legislador, de un Salvador, sino de lo que es y que, tal como es, signifique alegría o dolor para el hombre, atestigua la presencia de lo divino y su bienaventurada majestad.
Esa iluminación les vino de una divinidad particular, la Musa -o las Musas, porque son una y varias. La Musa es una figura sin igual entre las que se han revelado a otros pueblos. Su nombre, el único nombre divino griego que ha entrado en todos los idiomas europeos, se ha consagrado de tal manera entre nosotros, con todas sus derivaciones ("música", etcétera), que corremos peligro de interpretarlo conforme a nuestros conceptos de lo estético y lo artístico. Nada podría ser más erróneo. La Musa es la diosa de la verdad en el sentido más elevado. Los rapsodas y poetas, los que hablan la verdad, se llaman a sí mismos sus "servidores", sus "secuaces" o "profetas" y le dedican su veneración piadosa y ritual. Píndaro incluso llama a la Musa su "madre". Aquellos inspirados son plenamente conscientes de que no pueden reivindicar para sí lo que nosotros llamamos tan soberbiamente fuerza creadora, sino que son simples oyentes, mientras que la diosa misma es la que canta. Nos lo dice el primer verso de la Ilíada: "¡Canta, oh diosa, la cólera del Pélida / Aquiles!".
(...)
Asi recibieron los griegos la buena nueva de lo divino, así la supieron: no como exigencia categórica ni como salvación terrenal o celestial, sino como lo eterno y beatífico que consuela y hace feliz, no por promesas, sino por el hecho de ser. Ese espíritu del canto les anuncia de qué índole son los dioses, porque el canto es, en el fondo, su voz.

Walter F. Otto (Hechingen, 1874-Tübingen, 1958), Teofanía. El espíritu de la antigua religión griega (trad. Juan Jorge Thomas). Sexto Piso, Madrid-México, 2007

lunes, diciembre 10, 2007

-¿Por qué es usted tan reticente a la retórica?- me interrogó Garbeld luego de que salimos de la botica y caminamos unos pasos. -No lo soy -dije. -Pues he notado que al hacer su compra solo dijo "ranitidina" -repuso Garbeld. Reí de buena gana, pero dejé de hacerlo no bien noté el temblor de su bigote, consecuencia de que bufaba ligeramente por la indignación. - Lawrence -le dije-, no se me hubiese ocurrido ningún recurso retórico para solicitar la ranitidina -me excusé. -Podría haber dicho: Señora, de vuestra gracia solicito el filtro que el Vesubio de mi estómago reduzca a plácida ceniza. Casi no podía evitar la risa y le dije, simulando tos: -Garbeld, admita que la empleada hubiese reído en el mejor de los casos. -Quizá porque usé una retórica caricaturesca, pero es un ejemplo -dijo. -Bien, pero aunque hubiese armado la mejor retórica, la habría desconcertado al menos. -O le habría trasmitido algo de usted que ella no olvidaría -dijo Garbeld.- Y esto es porque el sentimiento es poca cosa, o mejor, es sólo retórica. -¿Qué dice? -Lo que oye, Who. Durante la Segunda Guerra, hubiese bastado con decir: "El frente oriental ha caído", para causar convulsiones en toda la ciudad; cuando un amante dice su amor, solo lo dice retóricamente. -¡Oh no! ¡No! Soy un convencido de que el amor sincero solo se expresa con un "te amo" o un "te quiero". -¿Y cómo dejaría usted saber que es sincero? -preguntó Garbeld. -Pues diciéndole sinceramente... -dije. -Ese adverbio de modo se expresaría entonces con gestos, con un modo armar el aparato facial, ¿verdad? -Supongo -dije. -Con un tono -agregó Garbeld. -Sí, sin duda. -Y por sincero que sea el amor y sincera su expresión, requieren refuerzos, énfasis, musicalidad, alguna suerte de hipérbole, ¿no es cierto? -Sí -admití. -Tiene ahí usted la paradoja de que la sinceridad debe recurrir a métodos, a recursos que la propia definición rechazaría... ¿No le parece paradojal que usted deba, por así decirlo, armar su sinceridad, darle una sintaxis física o verbal? -Así parece. -Entonces, tenemos una de estas dos posibilidades: el sentimiento es pobrísimo, pobre hasta la desnudez, o el sentimiento es retórica, hipérbole, énfasis, o bien metonimia, metáfora, aproximación. Ambas posibilidades son la misma, tal vez. -No, no, jamás estaré de acuerdo con usted, Garbeld, el amor sincero es lo más próximo a la divinidad. -Precisamente -respondió Garbeld.

Gustav Who, Mitologías tardías, Taipei, 2000.

domingo, diciembre 09, 2007

-El siglo diecinueve no puede ser apelado aún -dijo Garbeld. Y agregó, luego de plegar el diario en cuatro: -Hace tres mil años imperaban la Gorgona, el Minotauro. En el siglo diecinueve se disiparon los monstruos, los prodigios, y comenzaron a utilizarse esas palabras en sentido figurado, o mejor dicho: se aplican a desfiguraciones de la naturaleza. Desde el siglo diecinueve usamos la negación, la paradoja, pero no prosperó pensamiento alguno sobre el cosmos real. -Tengo entendido -dije- que desde el siglo diecinueve prosperó precisamente la cosmología y tenemos un esquema aproximado del nacimiento del universo y su estado actual. -¿A qué se refiere? -se enojó Garbeld. -Precisamente a las teorías sobre el cosmos, que parecen muy correctas. -Desde el diecinueve solo negamos los prodigios -se emperró Garbeld. -Todos ellos fueron limitados, junto con los salvajes, a reducciones, a reservas temáticas. Revistas de horóscopos y otra literatura menor, programas o canales de televisión especiales para almas cándidas. Toda idea maravillosa es extracurricular. Desde el diecinueve, no hemos descubierto nada ni inventado nada. -Tal vez no hayamos descubierto, pero inventado... Tenemos miles de artefactos y medicamentos. -Curioso lo que me dice -declaró Garbeld-. No lo había notado. -Precisamente -dije-, la civilización es imperceptible (era una buena frase, sí). -Me preocupa -dijo Garbeld. Y estaba verdaderamente compungido, el diario doblado sobre sus rodillas, pálido, la mirada perdida en el vacío.

Gustav Who, Decepciones de Garbeld, Chillán, 1999.

jueves, diciembre 06, 2007

Girri y el modernismo


En 1946, Alberto Girri publicaba su primer libro, "Playa sola", el que tal vez sea preciso recordar hoy por singulares motivos: se inscribe en una época dominada en la poesía argentina por un taciturno romanticismo esteticista, que se manifestaba en versos de métrica y rimas regulares, como si la forma realizara en realidad la paradójica función de evocar, románticamente, un clasicismo crepuscular. Girri se hizo cargo de la época, esto se ve cuando se vuelve a leer "Playa sola"; pero que el suyo haya sido un libro distinto, aunque comprometido con el contexto, no resulta tan importante como el segundo rasgo que lo caracteriza: la reescritura de otra tradición, la modernista (el modernismo de Darío y Herrera y Riessig) con el punzón, el estilo, que sería luego de Girri a lo largo de su extensa obra. Aquello que él decía deberle a Borges: “El me mostró la posibilidad de una concisión epigramática, de una sintaxis estricta en el español, cosas que en un principio me parecían inalcanzables”. No bastó el reconocimiento para que Borges dijera a su vez, en una de sus más perfectas boutades: “De Girri puedo decir esto: a veces no lo he entendido; pero siempre que lo he entendido, lo he admirado”. La rigurosidad de Borges en la prosa, que en su máxima expresión es sorprendente y arrobadora, se había hecho ya extrema en la poesía de Girri, conocido y desdeñado por su aspereza y compleja parquedad.
Vamos a lo que quería señalar: la reescritura de la poesía parnasiana y modernista, con un lenguaje contemporáneo, razonado, en muchas piezas del libro, y en una esencial de la literatura argentina, el poema “La fuente”, que alude a las fuentes versallescas del modernismo, y comienza:

“Esta tarde con su estricto abandono,
la fuente
es un viejo soldado melancólico”.

Es menester leer este libro para entender cómo en él Girri comienza la desnaturalización de las ideas, la poesía y la cultura que trabajaron nuestras vidas (yacen aún en el rococó de los antiguos edificios). Fue su nuevo vigor severo y místico lo que hizo que el monje trapense Thomas Merton le escribiera: “La imagen casera del hombre es su enemigo. Debe ser destruida con palabras directas y paradojas. Tal es tu obra religiosa, mérito y sacrificio. ¡Golpea fuerte, Girri, con gracia metafísica!”.


Sábado 3 de julio de 2006 Ñ 140



La fuente

Esta tarde con su estricto abandono
la fuente
es un viejo soldado melancólico.
El aire impera, impera la voluntad del polen
y leones alimonados
acechan la carne dormida de la hiedra.
Desplomada en silencio,
entre un coro verde de cazadores de moscas
vuelven los pobres Narcisos
y montan guardia.

Es la fuente, y su tiempo,
las infinitas generaciones de escarabajos,
las cumplidas efemérides del amor,
nombres veloces, veloces gentilezas registradas.

(Malamente impresa en la base
la calle oriental cambia la vida
y sería irreverencia no pensar en hashish y sociedades secretas).

Alberto Girri, Obra poética I. Corregidor, Buenos Aires, 1977