jueves, marzo 31, 2011

Franco Fortini / Cumpliendo setenta y cinco años



[De Composita solvantur]

Cumpliendo setenta y cinco años

¿Cómo has llegado a este sol claro
y al asiento de lisos azulejos?
Ahora, sobre el fondo de tus pupilas
el mundo sin fin realmente aparece.

Eres lo que entonces un joven no veía:
la salpicadura del delfín, la recta
golondrina de mar blanca,
esta ira obstinada que te cansa,
la gaviota diminuta que ríe.

Franco Fortini (Florencia, 1917–Milán, 1994), Dopo la lirica, poeti italiani 1960-2000. A cura di Enrico Testa, Giulio Einaudi Editore, Turín, 2005
Versión de Jorge Aulicino

[Da Composita solvantur]

Compiendo settentacinque anni

Com'è che sei venuto a questo sole chiaro
e al sedile delle lisce mattonelle?
Ora sul fondo delle tue pupille
il mondo senza fin vero appare.

Sei quel che allora un giovane non vide:
lo spruzzo del delfino, la dritta sterna bianca,
questa ira ostinata che ti stanca,
la gabbianella minuta che ride.


Ilustración: Noria, Jávea, 1900, Joaquín Sorolla

miércoles, marzo 30, 2011

Richard Gwyn / El sendero no elegido



El sendero no elegido

Había una bifurcación en el camino. Escogí uno de los dos, suponiendo que el otro era el sendero no elegido. Al cabo de unos minutos volví a la bifurcación, elegí el otro. Se parecía mucho al primero, aunque supe que al tomarlo me estaba metiendo con el destino. En el lapso de casi una hora, el sendero originariamente elegido se había convertido en el sendero no elegido, y tuve que inventar algún tipo de destino alternativo para él. Decidí que todas las consecuencias son, en buena medida, el resultado de la voluntad. Fue entonces cuando me di cuenta de que había perdido mi sombra.


Traducción

Todas tus historias son sobre ti mismo, dijo ella, incluso cuando parecen ser sobre otra gente. No iba a negarlo, ni a darle el gusto de tener razón. Así que cité a Proust, quien dijo que los escritores no inventan libros; los encuentran en sí mismos y los traducen. Eso pareció resolver el problema y ella se quedó callada. Hundí mis dedos en un bol de agua perfumada y empecé con el arroz. Un dejo a arcilla y a hojas y a metal me tomó por sorpresa. ¿Qué hay en el arroz?, le pregunté. ¿Caldo de hongos? ¿Cartuchos de escopeta? ¿Lombriz? No, dijo, mirando a través de la luz de la vela, las historias que todavía no has escrito están en el arroz. Debes estar paladeándolas.


Richard Gwyn (Gales, 1956), Sad Giraffe Café, Arc Publications, UK, 2010
Versiones de Jorge Fondebrider


The road not taken

There was a fork in t he track. I chose one of them, assuming the other to be the road not taken. After a few minutes I returned to the fork, chose the other one. It looked much the same as the first, though I knew that by taking it I was messing with fate. Within an hour or so, the road originally taken had become the road not taken, and I had to invent some kind of alternative destination for it. I decided that all outcomes are, to a large extent, the result of will. It was then that I realized I had lost my shadow.


Translation

All your stories are about yourself, she said, even when they sem. To be about other people. I was not going to deny this, nor give her the pleasure of being right. So I quoted Proust, who said that writers don’t invent books; they find them within themselves and translate them. This seemed to do the trick, and she fell silent. I dipped my fingers into a bowl of scented water and started on the rice. An aftertaste of clay and leaves and metal took me by surprise. What is in this rice? I asked her. Mushroom stock? Shotgun cartridge? Earthworm? No, she said, peering at me through the candlelight, the stories that you haven’t written yet are in the rice. You must be tasting them.


Foto: Richard Gwyn Sitio Oficial

lunes, marzo 28, 2011

Manuel J. Castilla / La casa



La casa

A María Angélica de la Paz Lezcano
y a Juan Antonio Medel


Ese que va por esa casa muerta
y que en la noche por la galería
recuerda aquella tarde en que llovía
mientras empuja la pesada puerta,

ese que ve por la ventana abierta
llegar en gris como hace mucho el día
y que no ve que su melancolía
hace la casa mucho más desierta,

ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,

ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando.

[17/III/64]

Manuel J. Castilla (Salta, 1918-1980), "Posesión entre pájaros", 1966, El gozante, antología poética, selección y prólogo de Santiago Sylvester, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2000

Foto: Castilla, s/d Portal de Salta

Giuseppe Ungaretti / Los ríos



Los ríos
Cotici, 16 de agosto de 1916

Me apoyo en este árbol mutilado
Abandonado en esta torca
Que tiene la languidez
De un circo
Antes o después del espectáculo
Y miro
El pasaje tranquilo
De las nubes sobre la luna

Esta mañana me he tendido
En una urna de agua
Y como una reliquia
He reposado

El Isonzo corriendo
Me suavizaba
Como a una de sus piedras
He levantado mis cuatro huesos
Y me he marchado
Como un acróbata
Sobre el agua

Me he acurrucado
Junto a mis trapos
Sucios de guerra
Y como un beduino
Me he inclinado para recibir
El sol

Este es el Isonzo
Donde mejor
Me he reconocido
Una dócil fibra
Del universo.

Mi suplicio
Es cuando
No me creo en armonía

Pero esas ocultas
Manos
Que me deslíen
Me regalan
La rara
Felicidad

He repasado
Las épocas
De mi vida

Estos son
Mis ríos

Este es el Serchio
En el que han bebido
Dos mil años tal vez
De mi gente campesina
Y mi padre y mi madre.

Este es el Nilo
Que me ha visto
Nacer y crecer
Y arder de inconsciencia
En las extensas llanuras

Este es el Sena
Y en su turbulencia
Me he mezclado
Y me he conocido

Estos son mis ríos
Reunidos en el Isonzo

Esta es mi nostalgia
Que en cada uno
Me trasparenta
Ahora que es noche
Que mi vida me parece
Una corola
De tinieblas

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970), "L'allegria", Vita d'un uomo. Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino


I fiumi
Cotici il 16 agosto 1916

Mi tengo a quest’albero mutilato
Abbandonato in questa dolina
Che ha il languore
Di un circo
Prima o dopo lo spettacolo
E guardo
Il passaggio quieto
Delle nuvole sulla luna

Stamani mi sono disteso
In un’urna d’acqua
E come una reliquia
Ho riposato

L’Isonzo scorrendo
Mi levigava
Come un suo sasso
Ho tirato su
Le mie quattro ossa
E me ne sono andato
Come un acrobata
Sull’acqua

Mi sono accoccolato
Vicino ai miei panni
Sudici di guerra
E come un beduino
Mi sono chinato a ricevere
Il sole

Questo è l’Isonzo
E qui meglio
Mi sono riconosciuto
Una docile fibra
Dell’universo

Il mio supplizio
È quando
Non mi credo
In armonia

Ma quelle occulte
Mani
Che m’intridono
Mi regalano
La rara
Felicità

Ho ripassato
Le epoche
Della mia vita

Questi sono
I miei fiumi

Questo è il Serchio
Al quale hanno attinto
Duemil’anni forse
Di gente mia campagnola
E mio padre e mia madre.

Questo è il Nilo
Che mi ha visto
Nascere e crescere
E ardere d’inconsapevolezza
Nelle distese pianure

Questa è la Senna
E in quel suo torbido
Mi sono rimescolato
E mi sono conosciuto

Questi sono i miei fiumi
Contati nell’Isonzo

Questa è la mia nostalgia
Che in ognuno
Mi traspare
Ora ch’è notte
Che la mia vita mi pare
Una corolla
Di tenebre

Ilustración: Colosos de Tebas, siglo XIX, David Roberts

Giuseppe Belli / Dos sonetos



El confesor

Padre... -Decid el confíteor. -Lo he dicho.
¿El acto de contrición? -Lo he hecho.
Adelante entonces. -He dicho viejo choto
A mi marido, y le saqué un morlaco.

¿Luego? -Por un cacharro que me rompió el gato
Le dije fuera de mí: "Seas maldito";
¡Y es criatura de Dios! -¿Qué más? -Frecuento
Un mocetón, y me he ido al lecho.

¿Y qué sucedió? -De todo un poco.
¿Esto es? Siempre, me imagino, del derecho.
Incluso por atrás. -¡Oh, qué pecado feo!

Entonces, por causa de este mozo,
Regresa, hija, con el corazón dolido,
Mañana, a mi casa, a eso de las ocho.


El entierro de León Duodécimo

Anoche el Papa muerto ha pasado
Delante de la esquina de Pasquino.
Trémula cabeza sobre el almohadoncito,
Parecía un angelito desplumado.

Venían trompetas con sonar asordinado,
Y tamborileando los tambores destemplados:
Luego las mulas, con el lecho en baldaquino,
Y las llaves y las coronas del papado.

Curas, frailes, cañones herrumbrados,
Palafreneros con antorchas en alto,
Y luego esa guardia noble del choto.

Comenzaron a resonar los campanarios
Apenas salido el muerto del palacio.
Este país, ¡qué magnífico espectáculo!

Giuseppe Gioachino Belli (Roma, 1791-1863), Sonnets, edición en dialecto romanesco e inglés de Mike Stocks, Oneworld Classics, Londres, 2007
Versiones de Jorge Aulicino


Er confessore

"Padre..." "Dite il confiteor." "L'ho detto."
"L'atto di contrizione?" "Ggià l'ho ffatto."
"Avanti dunque." "Ho ddetto cazzo-matto
A mi' marito, e jj'ho arzato un grossetto."

"Poi?" Pe una pila che mme róppe er gatto
Je disse for de me:
Ssi' maledetto;
E è ccratura de Ddio!" "C'e altro?" "Tratto
Un giuvenotto, e ce sò ita a lletto."

"E llì cosa è ssuccesso" "Un po' de tutto."
"Cioè? Sempre, m'immagino, pel dritto."
Puro a rriverzo... "Oh che peccato brutto!

"Dunque, in causa di questo giovanotto,
Tornate, figlia, con cuore trafitto,
Domani, a casa mia, verso le otto."

11 de diciembre de 1832


Er mortorio de Leone Duodescimosiconno

Jerzera er Papa morto c’è ppassato
propi’avanti, ar cantone de Pasquino.
Tritticanno la testa sur cuscino
pareva un angeletto appennicato.

Vienivano le tromme cor zordino,
poi li tammurri a tammurro scordato:
poi le mule cor letto a bbardacchino
e le chiave e ’r trerregno der papato.

Preti, frati, cannoni de strapazzo,
palafreggneri co le torce accese,
eppoi ste guardie nobbile der cazzo.

Cominciorno a intoccà ttutte le cchiese
appena uscito er morto da palazzo.
Che gran belle funzione a sto paese!

26 de noviembre de 1831

Foto: Belli, c.1845

domingo, marzo 27, 2011

Mario Luzi / En qué página de la historia...



[de Al fuoco della controversia]

En qué página de la historia, en qué límite del sufrimiento -
me pregunto bruscamente, me pregunto
por aquel su "todavía un poco
y de nuevo me veréis" *, dicho dulce, dicho terriblemente

y él tal vez está allá, parado en el nudo de los tiempos,
allá, con su ejército de pobres
acuartelado en el protervo campo
en variables uniformes: uno e incalculable
como el número de las células. De las células y de las golondrinas.


Mario Luzi (Florencia, 1914-2005), Dopo la lirica, poeti italiani 1960-2000. A cura di Enrico Testa, Giulio Einaudi Editore, Turín, 2005
Versión de Jorge Aulicino

* N. del T.: Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre (Juan, 16:16)



[da Al fuoco della controversia]

A che pagina della storia, a che limite della sofferenza -
mi chiedo bruscamente, mi chiedo
di quel suo "ancora un poco
e di nuovo mi vedrete" detto mite, detto terribilmente

e lui forse è là, fermo nel nocciolo dei tempi,
là nel suo esercito di poveri
acquartierato nel protervo campo
in variabili uniformi: uno e incalcolabile
come il numero delle cellule. Delle cellule e delle rondini.



Ilustración: La resurrección de Cristo, 1465, Piero della Francesca

viernes, marzo 25, 2011

Alberto Laiseca / La Gran Muralla



La Gran Muralla

No es su costumbre,
pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició
anoche un vuelo nocturno.

No es frecuente en China;
pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla
para que el corazón quede expuesto
y pueda volver a amar.

Yuan Ho. Dinastía Han

Alberto Laiseca (Rosario, Argentina, 1941-Buenos Aires, 2016), de Poemas chinos (1987)



La Grande Muraille

Ce n'est pas son habitude,
mais le héron jaune a déployé seus ailes et a
entamé hier soir un vol nocturne.

Ce ne pas fréquent in Chine; mais il arrive
parfois que quelqu'un abatte la Grande Muraille
pour que le coeur soit exposé
et puisse aimer des noveau.

Yuan Ho. Dynastie Han


(Julián Axat)

Revista alba, número 13, París, enero 2011

Ilustración: "La Gran Muralla", The Chinese empire, illustrated: being a series of views from original sketches, displaying the scenery, architecture, social habits, &c, of that ancient and exclusive nation, 1858, Thomas Allom

jueves, marzo 24, 2011

Diego Muzzio / Java


Java

El vapor que se eleva de la taza sugiere el contorno
de archipiélagos donde la lluvia doblega
la verde penumbra de una selva.
Sobre la playa avanza una familia de tortugas,
y luego sólo ves los caparazones vacíos,
útiles aún para ocultar a los peces más pequeños
de las fauces de depredadores mayores;
y los mismos pensamientos vuelven
con el reflujo turbio de la marea:
el azar que te permite estar sentado, imaginar
viajes improbables como morir momentáneamente
para descender a dispersar el denso
cardúmen cebado en tu costado.
Y si al regresar lo harías al mismo lugar,
bajo las mismas condiciones, y cuánto de tu vida
estarías dispuesto a resignar por el dudoso privilegio
de nadar en esas aguas; si al retornar encontraras
que algunos objetos o incluso tu cuerpo cambiaron
y tu mano ya no sostiene una taza y tu mano
es sólo el dorso de tu mano acoplado a una mandíbula.
La luz no pacta con la oscuridad
y es necesario encontrar una estrategia que te permita
atravesar la longitud del día, segregar un caparazón,
otro cielo bajo el cielo, prevalecer un tiempo
sobre el agua que aguarda
la caída y dispersión de tu precaria arquitectura.


Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969)

Foto: Muzzio Balconcillos

miércoles, marzo 23, 2011

José Saramago / Hasta la carne



Hasta la carne

Otros dirán en verso otras razones,
Quién sabe si más útiles, más urgentes.
Éste no cambió su naturaleza,
Suspendida entre dos negaciones.
Ahora, inventar arte y manera
De juntar el azar y la certeza,
Se lleve en eso, o no, la vida entera.
Como quien se muerde las uñas cercenadas.

José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922-Lanzarote, España, 2010), Os poemas possíveis, 1982, Poesía completa, Editorial Alfaguara, Madrid 2005
Versión de Pilar del Río

Até ao sabugo
Dirão outros, em verso, outras razões,
Quem sabe se mais úteis, mais urgentes.
Deste, cá, não mudou a natureza,
Suspensa entre duas negações.
Agora, inventar arte e maneira
De juntar o acaso e a certeza,
Leve nisso, ou não leve, a vida inteira.
Assim como quem rói as unhas rentes.


Foto: Saramago, Lanzarote, Canarias Pedro Walter/El País, Madrid

martes, marzo 22, 2011

Enrique Lihn / De "Una nota estridente", 4



Caballeros chilenos

Digamos que el país es para quien lo trabaja
por mucho que trabajen
los grandes propietarios seremos nosotros.
Hablemos de la patria.
la Patria sí que puede repartirse entre todos,
ella no tiene partes iguales o desiguales
ni peso ni medida, envolvámonos
en la bandera chilena para el próximo baile.
Digamos que el país es la bandera chilena
saludemos en nosotros a los padres de la patria.


Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Una nota estridente (1968-1972), Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2005

Ilustración: Monumento a O'Higgins, Juan Francisco González Escobar

lunes, marzo 21, 2011

Jorge García Sabal / Caja china



Caja china

Grande
que guarda otra caja
adentro
de otra caja
pequeña
y otra
más chica en otra
y otra después

Están vacías
en todas la sorpresa
es el mismo desencanto
en todas
lo mismo se busca

Y no hay nada
salvo un olor que parece venir
del pasado
que parece
estar en el futruro.

Jorge García Sabal (Balcarce, 1948-Buenos Aires, 1996), Lugares propios, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1987

Ilustración: Thirty, 1937, Vassily Kandinsky

domingo, marzo 20, 2011

Elvio Romero / Muerte de Perurimá



Muerte de Perurimá, cuentero,
enredado en su lengua


... Y entonces se fue yendo,
y se fue yéndosele se le fue
el párpado cayendo,
y se le fue la boca,
y se le fue yendo el habla,
yéndose en sombras, yéndosele
los pasos fuésele yendo el tiempo
y yéndosele
se le fue el silencio.

¡Las viejas cuentan
cosas increíbles!

Que trampero y tramposo,
Perurimá acababa
enredado en su lengua,
con la ojera en la oreja,
la oreja por la ojera,
chueco en el recoveco
de su lengua cuentera;
que su voz se enredaba
dicharachero, ojoso,
menguante que no mengua,
el cuerpo de mandioca
contorsionado, seco,
el ojo como arveja
que mira el labio mudo,
demudado el saludo
que fritaba en la boca.

... Y se engullía el aire,
frotando con su voz el aire, trotando
el eco con su voz, trotándosele
y frotando la lengua herida y rota,
rota al trotarle por la boca
la lengua, trotándosele la lengua
rota sobre la boca,
engulléndose el eco
al frotársele el aire sobre la boca
trotando sobre la lengua.

... tragaba la fatiga,
rasguñádose las pestañas,
destiñéndose el habla hablando,
virando el ojo al ajo,
en lodo el lado
resabio de su labio,
tragándose la voz, atragantándosele
el habla en la garganta
(lampiña lengua luna)
tragándose la luna, fatigándosele
la voz se fatigaba,
y se le fue yendo el habla,
fuésele yendo el tiempo,
y se le fue yéndosele se le fue
el párpado cayendo
y se le fue cayendo hasta el silencio...

¡Las viejas cuentan
cosas increíbles!

Elvio Romero (Yegros, 1926-Buenos Aires, 2004), "Los innombrables" (1959-1973), Sus mejores poemas, Editorial El Lector, Asunción, 1996

Ilustración: De la serie Droguinhas, c. 1964-1966, Mira Schendel El País, Madrid

sábado, marzo 19, 2011

Theodore Roethke / Dos poemas



El vals de mi papá

El olor a whiskey en tu aliento
podía marear hasta a un niño;
pero yo estaba aferrado a ti como la muerte:
porque bailar ese vals no era fácil.

Nos movíamos hasta que las sartenes
cayeron desde el estante de la cocina;
mientras el rostro de mi madre
no podía dejar de fruncir el ceño.

La mano que tomaba mi muñeca
tenía los nudillos magullados;
y a cada paso del baile que perdías
mi oído derecho arañaba la hebilla de tu cinturón.

Marcabas el compás sobre mi cabeza
con la palma de la mano endurecida por la suciedad,
entonces me llevaste a la cama bailando vals
mientras yo aún colgaba de tu camisa.


Dolor

He conocido la inexorable tristeza de los lápices,
ordenados en sus cajas, el dolor de los blocks y los pisapapeles,
toda la miseria de las carpetas y las gomas de pegar,
la desolación en los inmaculados lugares públicos,
la solitaria sala de recepción, el baño, la caja de interruptores eléctricos,
el inalterable pathos de la palangana y la jarra,
el rito de la multicopiadora, el sujetapapeles y la coma,
una eterna duplicación de vidas y objetos.
Y he visto el polvo de las paredes de las instituciones
filtrarse, casi invisible, a través de las interminables tardes de tedio,
infinitamente más fino que la haria, vivo, más peligroso que el sílice
dejando caer una delgada capa sobre las uñas y las delicadas pestañas
barnizando el cabello claro, y los rostros duplicados, convencionales y grises.


Theodore Roethke (Saginaw, Michigan, 1908-Bainbridge Island, WA, 1963)
Traducción de Diana Dunkelberger y Marcelo Rioseco
This Be the Verse. 26 poetas de Lengua Inglesa del Siglo XX, Santiago de Chile, Bé-uve-Dráis, 2003

My Papa's Waltz

The whiskey on your breath
Could make a small boy dizzy;
But I hung on like death:
Such waltzing was not easy.

We romped until the pans
Slid from the kitchen shelf;
My mother's countenance
Could not unfrown itself.

The hand that held my wrist
Was battered on one knuckle;
At every step you missed
My rightear scraped a buckle.

You beat time on my head
With a palm caked hard by dirt.
Then waltzed me off to bed
Still clingin to your shirt.


Dolor

I have known the inexorable sadness of pencils,
Neat in their boxes, dolor of pad and paper weight,
All the misery of manilla folders and mucilage,
Desolation in immaculate public places,
Lonely reception room, lavatory, switchboard,
The unalterable pathos of basin and pitcher,
Ritual of multigraph, paper-clip, comma,
Endless duplicaton of lives and objects.
And I have seen dust from the walls of institutions,
Finer than flour, alive, more dangerous than silica,
Sift, almost invisible, through long afternoons of tedium,
Dropping a fine film on nails and delicate eyebrows,
Glazing the pale hair, the duplicate grey standard faces.


Ilustración: The Invisible Man, body painting art, 2008, Liu Bolin

viernes, marzo 18, 2011

Vladislav Jodasevich / Dos poemas



En la calle estaba medio oscuro...

En la calle estaba medio oscuro.
El brillo de la luz en la cortina ondeó.
La ventana golpeaba bajo el muro,
La sombra veloz de la pared huyó.

Feliz quien de cabeza hacia abajo cae:
Por un segundo para él el mundo es otro.

1922


¡Amigos, amigos! Quizás, pronto...

¡Amigos, amigos! Quizás, pronto,
No en sueños, sino en realidad,
De súbito cortaré el hilo
De las conversaciones vacías.

Obedeceré sólo el sonido
Del alma, que sin cesar canta,
Levantaré las manos al aire
Con la flor que en ellas crepita.

Yo miro y descubro
Un mundo, un camino de flores,
Si ustedes están de acuerdo
Juntos lo podemos cruzar.

1921


Vladislav Jodasevich (Moscú, 1886-París, 1939)
Traducción de Jorge Bustamante García
Golpe de Dados. Revista de Poesía. Número CLXVIII, Volumen XXVIII, "Poesía rusa del Siglo de Plata", Bogotá, noviembre/diciembre de 2000

En Pregúntale al Señor de la Noche..., Jodassievich traducido por Natalia Litvinova

Foto: Vladislav Jodasevich s/d

jueves, marzo 17, 2011

Basil Bunting / Leyendo las obras selectas de X



Leyendo las obras selectas de X

¡Yo...
cementerio de bastardos, dejo
que todo esto mengüe y desaparezca,
que estoy celoso de las fornicaciones de las musas,
demasiado tímido aún como para ser un cabrón!

Mientras tanto
te has procurado una suficiente familia de versículos;
por lo general, han salido como tú.


Basil Bunting (Scotswood-on-Tyne, Northumberland, 1900-Hexham, Northumberland, 1985)
Traducción de Armando Roa Vial, This Be the Verse. 26 poetas de lengua inglesa del Siglo XX, Santiago de Chile, Bé-uve-Dráis, 2003


Reading X's Collected Works

I...
cemetery of other men's bastards let
wane and peter out
because I am jealous of the Muse's fornications
and over timid to be a cuckhold!

Meanwhile you
have raised a sufficient family of versicles;
like you in the main.

Foto: Bunting Jonathan Williams/jacketmagazine.com

miércoles, marzo 16, 2011

Estela Figueroa / No es más que una casa




NO ES MAS QUE UNA CASA
clavada en el suburbio.
Una casa con su techo sus paredes
sus ventanas y sus puertas. Su historia.

Por ella me muevo segura
y la conozco tanto como a mi cuerpo.
¡A nadie se le ocurre
contar cuántos dedos tiene!
Así, no cuento cuántas cosas tengo en esta casa
pero tengo lo que necesito.
Preparo mi café, cocino mi comida
y mi lugar ante la mesa es siempre el mismo.

Si estoy contenta me siento en el patio
y me contagio de la frescura de las plantas.
Si estoy triste ordeno hasta que la tristeza es soportable.

La casa nunca está muy desordenada
y no paso demasiado tiempo en el patio
por lo que creo que la vida
me es al fin
benévola.
De noche duermo con la ventana abierta
en una cama grande y mullida
consciente de que el planeta gira de oeste a este
y a una velocidad increíble.

Estela Figueroa (Santa Fe, 1946), Máscaras sueltas. A capella, Universidad Nacional del Litorial, Santa Fe, 2009

Ilustración: Interior, 1909, Vassily Kandinsky

martes, marzo 15, 2011

Elvio Romero / Siempre que me visitan



Siempre que me visitan

Siempre que alguien me visita
(viniendo de allá), miro sus huellas
por si todavía chisporrotean, por si algún resto del verano
atravesó las fronteras, o verja deteriorada
por la inmovilidad; miro sus ojos
vidriados por la atmósfera seca, indago en ellos
si hay miedo o solamente las frescuras del alba;
cuando alguien me visita (de allá)
trato de penetrar en cada gesto, abarco
cada gesto, averiguo
-mirando de soslayo- si todavía se estrecha
fuertemente una mano, si todavía
se canta una serenata pobrísima en mi pueblo,
si el zanjón crece para el raudal
o para los muertos, y de repente olvido
que averiguan también si yo averiguo, si todavía
me abrasa el sopor hondo
de esa atmósfera seca, si estoy entre los vivos o los muertos.

Elvio Romero (Yegros, 1926-Buenos Aires, 2004), "Destierro y atardecer" (1962-1975), Sus mejores poemas, Editorial El Lector, Asunción, 1996

Foto: Elvio Romero s/d

lunes, marzo 14, 2011

Enrique Lihn / De "Estación de los desamparados", 2



Despierten de una vez personas imaginarias...

Despierten de una vez personas imaginarias.
La insuficiencia de lo real es notoria y la mía real.
Alguien tendría que venir que ocupara mi lugar y el de todos los otros
pautando con una voz absolutamente desconocida
y una sola palabra este diálogo de sordos.

A lo menos envíeme alguno de sus pequeños agentes.
Sepa que necesito de una ayuda impensable
mezclada a todo, como es natural.

Despiérteme en el lugar donde no existe la única Paulina
capaz de hacerme ver la verdadera idiotez
de las palabras y la irrealidad de quien en ellas se apoye
mientras le dicte yo, por fin, el murmullo de todo
lo que perdí, disipado por la reconciliación.

Llame a la puerta de una y otra casa quien desenrede este nudo
/sin tocarlo ni manos
pues todas ellas estrangulan
hasta las más amables cuando se desestrechan.

Trátese de un fantasma o de un objeto mágico. Nadie ni nada
sorprenderá a un sujeto que cree en el horóscopo.
Luz del atardecer que ojalá no duplicara
esta lámpara bajo la cual el papel es de arena
y mi llamado el viento que respiro y lo borra.

Despierte ese nombre imposible de escuchar y no se hable de dios ni de nadie
/entre nosotros.
Lo recibiré en estado de ebriedad
como en los tiempos de siempre, con toda vulgaridad.

Tenga a bien ser del sexo femenino, que me sepa
enfermo de cuidado,
animal de cuidado
y que conozca el camino, si lo hay, de acceso al punto X
donde coincidirían este mundo y el otro.
Se lo suplico.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1919-1988), Estación de los desamparados, Premia Editora, México DF, 1982

Ilustración: La recompensa del adivino, 1913, Giorgio de Chirico

domingo, marzo 13, 2011

Philip Larkin / Este es el verso



Este es el verso

Te joden, tu mamá y tu papá.
Podrían no hacerlo, pero lo hacen.
Te llenan con los defectos que tenían
Y agregan algo extra, justo para ti.

Pero también ellos, en su momento, fueron jodidos
Por gente estúpida que usaba sombreros y abrigos pasados de moda.
Gente que la mitad del tiempo era sentimentalmente austera
Y la otra mitad, se agarraban del cuello.

El hombre le cede la miseria al hombre,
Y se hunde en las profundidades como una plataforma marina.
Sal de ahí lo más pronto posible.
Y tú mismo no tengas hijos.

Philip Larkin (Coventry, Inglaterra, 1922-1985)
Traducción de Diana Dunkelberger y Marcelo Rioseco, This Be the Verse. 26 poetas de lengua inglesa del Siglo XX, selección, prólogos y traducciones de Diana Dunkelberger, Marcelo Rioseco y Armando Roa Vial, Santiago de Chile, Bé-uve-Dráis, 2003


This Be The Verse
They fuck you up, your mum and dad.
They may not mean to, but they do.
They fill you with the faults they had
And add some extra, just for you.

But they were fucked up in their turn
By fools in old-style hats and coats,
Who half the time were soppy-stern
And half at one another's throats.

Man hands on misery to man.
It deepens like a coastal shelf.
Get out as early as you can,
And don't have any kids yourself

Ilustración: People in the Sun, 1960, Edward Hopper

sábado, marzo 12, 2011

Michelangelo Buonarroti / Dos poemas



Vivo en pecado...

Vivo en pecado, de mí muriendo vivo;
la vida no ya es mía, sino del pecado:
mi bien del cielo, mi mal de mis actos,
por mi suelto querer, del que estoy privado.
Sierva mi libertad, mortal mi divo
en mí se ha hecho, ¡Oh infeliz estado!
¡A qué miseria, a qué vivir he nacido!


Porque Febo no tuerce...

Porque Febo no tuerce y no extiende
en torno a este globo frío y muelle
sus brillantes brazos, el vulgo quiere
noche llamar al sol que no comprende.

Es tan débil que si alguno enciende
una pequeña antorcha en esa parte quita
la vida de la noche, y es tan loca
que la yesca de un fusil la hiende.

Y si ella es sin embargo alguna cosa
hija es del sol y de la tierra
que la una tiene sombra, y el otro sol la crea

Pero sea lo que sea, quien la alaba yerra,
viuda, oscura, y tan celosa
que una luciérnaga puede hacerle guerra.


Michelangelo Buonarroti (Caprese, 1475- Roma, 1564), Rime, Universale Laterza, Bari, 1967
Versiones de J. Aulicino



Vivo al peccato, a me morendo vivo;
vita già mia non son, ma del peccato:
mie ben dal ciel, mie mal da me m'è dato,
dal mie sciolto voler, di ch'io son privo.
Serva mie libertà, mortal mie divo
a me s'è fatto. O infelice stato!
A che miseria, a che vivir son nato!



Perché Febo non torce e non distende
d'intorn' a questo globo freddo e molle
le braccia sua lucenti, el vulgo volle
notte chiamar quel sol che non comprende.
E tant'è debol, che s'alcun accende
un picciol torchio, in quella parte tolle
la vita dalla notte, e tant'è folle
che l'esca col fucil la squarcia e fende.
E s'egli è pur che qualche cosa sia
cert'è figlia del sol e della terra;
ché l'un tien l'ombra, e l'altro sol la cria.
Ma sia che vuol, che pur chi la loda erra,
vedova, scura, in tanta gelosia,
c'una lucciola sol gli può far guerra.


Rime

Ilustración: Retrato inconcluso de Buonarroti, c.1544, Daniele da Volterra
MET, NY

viernes, marzo 11, 2011

Nicolás Olivari / El musicante rengo



El musicante rengo

Tendrá treinta años el musicante rengo
y acaso un principio de ataraxia locomotriz.
A oír sus rapsodias a este café vengo
arrastrando mi pena como a una lombriz.

La mujer es aquélla, la blanca, la loca
mujer que a todos remira,
la pobre ya siente que toca
la inmortalidad de "Yira-Yira".

El hombre, para olvidar, bebe,
y yo bebo para olvidar:
la mujer esa debe
cocainizarse para terminar.

Entre los tres sumaremos doce lustros,
-¡y estamos tan cansados ya!-
tengamos un gesto de decadencia augusto:
hagamos un "menage a trois".

La ronda tan linda de los desgraciados:
un poeta enfermizo y desconocido,
un rengo con una cuerda que se ha terminado
y la mujer borrosa que de todos ha sido.

El rengo me mira con piadosa mofa,
la mujer me sonríe con un gesto opaco,
yo bostezo y me río de mi perruna estofa,
mientras azul se arrepiente el tabaco.


Nicolás Olivari (Buenos Aires, 1900-1966) La musa de la mala pata. El gato escaldado, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982

Ilustración: En el café, 1891, Henri de Tolouse Lautrec

jueves, marzo 10, 2011

Luis García Montero / El dogmatismo es...



El dogmatismo es la prisa de las ideas

Aquí junto a las dunas y los pinos,
mientras cae la tarde
en esa hora larga de belleza en el cielo
y hago mío sin prisa
el rojo libre de la luz,
pienso que soy el dueño del minuto que falta
para que el sol repose bajo el mar.

Esa es mi razón, mi patrimonio,
depués de tanta orilla
y de tanto horizonte.
ser el dueño del último minuto,
del minuto que falta para decir que sí,
para decir que no,
para llegar después al otro lado
de todo lo que afirmo y lo que niego.

Esa es mi razón
contra las frases hechas y el mañana,
mientras la tarde cae por amor a la vida,
y nada es por supuesto ni absoluto,
y el agua que deshace los periódicos
arrastra las palabras como peces de plata,
como espuma de ola
que sube y se matiza
dentro del corazón.

Aquí junto a las dunas y los pinos,
capitán de los barcos que cruzan mi mirada,
prometo no olvidar las cosas que importan.

Tiempo para ser dueño del minuto que falta.
Pido el tiempo que roban las consignas
porque la prisa va con pies de plomo
y no deja pensar,
oír el canto de los mirlos,
sentir la piel,
ese único dogma del abrazo,
mi única razón, mi patrimonio.

Luis García Montero (Granada, 1958), Un invierno propio, Editorial Visor, Madrid, 2011

Foto: Montero, marzo 2011 Alvaro García/El País

miércoles, marzo 09, 2011

Fedor Sologub / Avisos clasificados



Avisos clasificados

Se necesitan médicos y enfermeras.
Así anuncian los periódicos
Se necesitan sastres y modistas
¿Quién necesita poetas?

Dónde encontrar un aviso que diga:
"Invitamos poeta a domicilio
Porque se hizo intolerable el lenguaje común.

Necesitamos palabras hermosas,
Estamos dispuestos a entregar el alma".
Deseo comprar finca.
Se necesitan vacas lecheras.

Fedor Sologub (San Petersburgo, 1863-1927)
Traducción de Jorge Bustamante García
Golpe de Dados. Revista de poesía. Número CLXVIII, Volumen XXVIII, "Poesía rusa del Siglo de Plata", Bogotá, noviembre/diciembre de 2000

Foto: Sologub, 1915 RIA/Novosti (La foto, histórica, está marcada por la agencia rusa para evitar su usufructo comercial por terceros, pero es de las pocas de buena calidad que se obtienen la red)

martes, marzo 08, 2011

Carol Ann Duffy / Circe


Circe

A diferencia de algunos, ninfas y nereidas, me gusta el cerdo,
el colmilludo, el morrudo, el verraco y el puerco.
Todos los cerdos han sido míos, en algún aspecto
—bajo mis dedos, la hirsuta piel del lomo, sal granulada;
en mi nariz, aquí, su colonia ordinaria, una chanchada—.
Estoy familiarizada con chanchos y chanchitos, con su percusión
de oinks y gruñidos y chillidos. Más de una vez he ido, al caer el sol,
con un cubo lleno de puercadas, hasta la crujiente cerca del chiquero,
saboreando el aire sudoroso y especiado, la luna como un limón
que alguien hubiera metido en la boca del cielo.
Pero quiero empezar con una receta del extranjero

que usa los cachetes —y además la lengua descarada.
Poner dos cachetes de cerdo, con la lengua,
en un plato, y cubrir todo bien con sal,
clavos de olor. Recordar las habilidades de la lengua
—lamer, lengüetear, aflojarse, lubricar, descansar
en el suave bolsillo de la cara— y la manera en que cada cerdo
tenía su propia cara, ya fuera apuesta o fea,
de cobarde, cruel, bondadoso, noble, cómico,
taimado o sabio, pero del último al primero,
ninfas, con esos ojos puercos. Sazonar con nuez moscada.

Bien limpias, las orejas de cerdo deben ser escaldadas, chamuscadas,
metidas en la olla, hervidas, peladas aún calientes y servidas
con tomillo. Mira esa oreja que hierve a fuego lento, esa oreja,
¿acaso alguna vez fue oído atento para ti, tus plegarias y estribillos,
los tresillos de tu voz, cantante y clara? Haz puré
las papas, ninfa, abre la botella de cerveza. Ahora los sesos,
las manitas, las paletas, las chuletas, las raciones exquisitas
extraídas de la bolsa, prominente y vulnerable, que guarda los cojones.
Cuando un cerdo tiene el corazón endurecido, córtaselo en pedacitos.

En pedacitos. En otro tiempo, también yo me arrodillé en esta costa reluciente
viendo navegar los altos barcos desde el sol ardiente,
como mitos, me quité el vestido para entrar,
hasta la altura de mis pechos, en el mar, y saludar con gestos y llamadas;
después me zambullí, nadé sobre mi espalda, alzando la mirada
cuando tres navíos negros suspiraron al cruzar la rompiente.
Por supuesto, entonces yo era más joven. Y los hombres aún me hacían ilusión.
Ahora rociemos otra vez con el aliño a ese cerdo que crepita al asador.


Carol Ann Duffy (Glasgow, 1955), La esposa del mundo, 1999
Traducción de Mirta Rosenberg y Lorea Canales

* No la casualidad quiso que el editor recibiera este poema el Día de la Mujer

Circe

I’m fond, nereids and nymphs, unlike some, of the pig,
of the tusker, the snout, the boar and the swine.
One way or another, all pigs have been mine –
under my thumb, the bristling, salty skin of their backs,
in my nostrils here, their yobby, porky colognes.
I’m familiar with hogs and runts, their percussion of oinks
and grunts, their squeals. I’ve stood with pail of swill
at dusk, at the creaky gate of the sty,
tasting the sweaty, spicy air, the moon
like a lemon popped in the mouth of the sky.
But I want to begin with a recipe from abroad

which uses the cheek –and the tongue in cheek
at that. Lay two pig’s cheeks, with the tongue,
in a dish, and strew it well over with salt
and cloves. Remember the skills of the tongue –
to lick, to lap, to loosen, lubricate, to lie
in the soft pouch of the face –and how each pig’s face
was uniquely itself, as many handsome as plain,
the cowardly face, the brave, the comic, noble,
sly or wise, the cruel, the kind, but all of them,
nymphs, with those piggy eyes. Season with mace.

Well-cleaned pig’s ears should be blanched, singed, tossed
in a pot, boiled, kept hot, scraped, served, garnished
with thyme. Look at the simmering lug, at that ear,
did it listen, ever, to you, to your prayers and rhymes,
to the chimes of your voice, singing and clear? Mash
the potatoes, nymph, open the beer. Now to the brains,
to the trotters, shoulders chops, to the sweetmeats slipped
from the slit, bulging, vulnerable bag of the balls.
When the heart of a pig has hardened, dice it small.

Dice it small. I, too, once knelt on this shining shore
watching the tall ships sail from the burning sun
like myths; slipped off my dress to wade,
breast-deep, in the sea, waving and calling;
then plunged, then swam on my back, looking up
as three black ships sighed in the shallow waves.
Of course, I was younger then. And hoping for men. Now,
let us baste that sizzling pig on the spit once again.



Ilustración: Circe Pouring Poison into a Vase and Awaiting the Arrival of Ulysses, 1869, Sir Edward Burne-Jones

Carol Ann Duffy / Tres poemas raudos




Tres poemas raudos

1 Mi trago favorito

fue en The Red Dragon
en Penderyn
cerca de Hirwaun
en el centro de Glamorgan
donde ordené
dos medias pintas
de Dark Brains
y me las llevé afuera
para beberlas en la hierba
sola
mientras una tremenda luna adamascada
sobresalía en el cielo.
Recordándolo
con palabras casi iguales a éstas,
de hecho me considero afortunada;
tanto como me siento
porque aún me amas
y el final de nuestra relación
está todavía a varios años de distancia.
Salud.

2 Cómo

Por qué no me paro y le cuento
al resto de la clase
cómo he arruinado mi vida;
cómo mi matrimonio
aullaba como un perro
encadenado,
cómo lo dejé demasiado tarde
para perdonarles,
a mi madre,
a mi padre,
sólo humanos,
humanos como eran,
la hemorragia de los años;
cómo me atrofié
en un empleo,
viajando a casa
en el tren con parada en todas las estaciones,
una mujer que nunca encontró
su ciudad o pueblo,
su lugar particular;
cómo compré un apartamento
en una casa grande y vieja
y regaba mis plantas de interior,
cómo uso un anillo
con una fría piedra azul
como un ojo inglés,
y cómo,
para ganarme la aprobación de Helen Maguire,
la bella y malvada Helen Maguire,
que no era tan lista como yo,
me arrodillé a sus pies
en el recreo
y lamí como me dijo que hiciera
el polvo
de sus zapatos escolares marrones,
el polvo de sus zapatos.

3 El clima perdido

Como se siente un astronauta
que fue a la luna
si por casualidad alza los ojos
una noche, solo,
para ver la asombrosa luz de su pasado
donde dio
su primer pequeño paso
para un hombre.

Esta noche, sola,
en la punta de mi lengua
el sabor de un copo de nieve
se niega a devolverme
el clima perdido, los dibujos
que mi madre hacía
ante mis ojos
en la bella hiriente luz de la nieve.


Carol Ann Duffy (Glasgow, 1955), The Pamphlet (El volante), 1998
Traducción de Mirta Rosenberg y Lorea Canales


Three Swift Poems

1 My favourite Drink

was in the Red Dragon
in Penderyn
near Hirwaun
in mid-Glamorgan
where I ordered up
two halves
of Dark Brains
and took them out
to drink on the grass
alone
as a whopping apricot moon
bulged in the sky.
Remembering this
in words not dissimilar to these,
I count myself lucky indeed;
as I do
that you love me still
and the end of us both
is a good few years away yet.
Cheers.

2 How

Why don’t stand up and tell
the rest of the class
how I have ruined my life;
how my marriage
howled like a dog
on its chain,
how I left it too late
to forgive them,
my mother, my father,
only human,
human as they were,
the haemorrhage of years;
how I wasted away
in a job,
travelling home
on the stopping train,
a woman who never found
her city or town,
her particular place;
how I purchased a flat
in a big old house
and watered my indoor plants,
how I wear one ring
with a cold blue stone
like an English eye;
and how,
to earn the approval of Helen Maguire
pretty, spiteful, Helen Maguire
who was not as clever as me,
I knelt at her feet
in the playground
ad licked, as she told me to do
the dust
from her brown school shoes,
the dust from her shoes.

3 Lost Weather

How does an astronaut feel
who went to the moon
should he chance to look up
one night on his own
to see the startling light of his past
where he took
his one small step
for a man.

Tonight on my own
on the tip of my tongue
the taste of a snowflake
refuses to yield
lost weather, the patterns
my mother made
before my eyes
in the beautiful hurting light of the snow.

Ilustración: Carol Ann Duffy John Springs/The Telegraph

lunes, marzo 07, 2011

Elena Medel / Arbol genealógico



Arbol genealógico

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan para curiosear en su garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.
Al morir no se abren el estómago, examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

Un espectáculo.

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie savaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se extinguirá.


Elena Medel (Córdoba, España, 1985), Tara, DVD Ediciones, Barcelona, 2006


Foto: Elena Medel (Triplov)

domingo, marzo 06, 2011

Alexander Blok / Dos poemas



La noche, la droguería, la calle, el farol

La noche, la droguería, la calle, el farol,
Mundo absurdo e insípido.
Vive aunque sea un cuarto de siglo más
Y todo será lo mismo. No hay salida.

Morirás --empezarás otra vez desde el comienzo.
Todo se repetirá como antaño:
La noche, el helado escarceo en el canal,
La droguería, la calle y el farol.

1912


Hoy no recuerdo lo que ayer pasó

Hoy no recuerdo lo que ayer pasó.
En la madrugada olvido lo de la tarde anterior.
En los días blancos extravío el fuego
Y en las noches ya no evoco los días.

Pero, ante la muerte, en la hora decisiva,
Todos los días y noches nos pasan por la mente
Y entonces --en el bochorno, en la estrechez--
Es sumamente doloroso soñar
En todo lo hermoso que se fue.
Deseas levantarte y no puedes:
Es de noche.


3 de febrero de 1909


Alexander Blok (San Petersburgo, 1880-Petrogrado, 1921)
Traducción de Jorge Bustamante García
Golpe de Dados. Revista de Poesía. Número CLXVIII, Volumen XXVIII, "Poesía rusa del Siglo de Plata", Bogotá, noviembre/diciembre de 2000
Sobre el primer poema hay otra versión en este blog. Ver Alexander Blok

Ilustración: El hombre invisible, 1929, Salvador Dalí

sábado, marzo 05, 2011

Poesía y secreto

Giuseppe Ungaretti / De "Il dolore"



Día por día
(1940-1946)

2
Ahora podré besar sólo en sueños
Las confiadas manos...
Y charlo, trabajo,
Apenas he cambiado, temo, fumo...
¿Cómo es posible que aguante tanta noche?...

11
Pasa la golondrina y con ella el verano.
También yo, me digo, pasaré...
Pero quede del amor que me desgarra
Por toda huella un breve empañamiento
Si del infierno llego a algún reposo...

13
No más ardor trae a mí el verano,
Ni la primavera sus presentimientos;
Puedes declinar, otoño,
Con tus estúpidas glorias:
¡Para un despojado deseo, invierno,
Despliega la estación benigna!

Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888-Roma, 1970), "Il dolore", Vita d'un uomo. Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versiones de Jorge Aulicino


Giorno per giorno
(1940-1946)

2
Ora potrò baciare solo in sogno
Le fiduciose mani...
E discorro, lavoro,
Sonno appena mutato, temo, fumo...
Come si può ch'io regga a tanta notte?...

11
Passa la rondine e con essa estate,
E anch'io, mi dico, passerò...
Ma resti dell'amore che mi strazia
Non solo segno un breve appannamento
Se dall'inferno arrivo a qualche quiete...


13
Non più furori reca a me l'estate,
Né primavera i suoi presentimenti;
Puoi declinare, autunno,
Con le tue stolte glorie:
Per uno spoglio desiderio, inverno
Distende la stagione più clemente!...


Ilustración: Hell, Canto II, Dante and Virgil Penetrating the Forest, 1824-7, William Blake

Roberto Raschella / De "La casa encontrada", 2




Y el abuelo entre las zanjas
ocultaba la brama de mujer plena,
y decía que la mujer de ciudad
no mira fijo no mira torcido
si es de uno o de otro.

Y decía que en la marina había
pequeños corazones de azúcar
sobre un cielo claro de ebriedades
perdidas y españoles cercados en fortalezas,
y que las mujeres llevaban
a los hombres hasta la vida.

Pero su corazón se agrió.
Un grito le cerró la boca.
Tapé. Sólo sus ojos.




La mañana bajaba sola.
En la mesa, cerca de los frutos: cortezas ya,
semillas, un olor apenas levitado
de viejas estaciones. Los frutos,
las rosas, dejadas por tus manos
como un gran pétalo en el universo.

Pero muchos males oscuros -qué mal
no es oscuro-, muchos males oscuros
tiene el hombre en el pecho,
el pecho escondido, el pecho
en furia. Y

a las rosas y a mí
nos faltó el aire,
Después,
hubo un silencio sin cuerpo,

ed io me senti svegliar dentro a lo core.


Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930), "Tímida hierba de agosto" (2001), La casa encontrada. Poesía reunida, 1979-2010, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2011

Ilustración: Ciruelas en un plato blanco sobre una mesa, siglo XVII, Louise Moillon

viernes, marzo 04, 2011

Julio Herrera y Reissig / Tánato y Eros



El abrazo pitagórico

Bajo la madreselva que en la reja
filtró su encaje de verdor maduro,
me perturbaba en el claroscuro
de la ilusión, en la glorieta añeja...

Cristalizaba un pájaro su queja...
Y entre el húmedo incienso de sulfuro
la luna de ámbar destacó al bromuro
el caserío de rosada teja...

¡Oh, Sumo Genio de las cosas! Todo
tenía un canto, una sonrisa, un modo...
Un rapto azul de amor, o Dios, quién sabe,

nos sumó a modo de una doble ola,
y en forma de «uno», en una sombra sola,
los dos crecimos en la noche grave...

Los parques abandonados


Neurastenia

Le spectre de la realité traverse ma pensée
Víctor Hugo

Huraño el bosque muge su rezongo,
y los ecos, llevando algún reproche,
hacen rodar su carrasqueño coche
y hablan la lengua de un extraño Congo.

Con la expresión estúpida de un hongo,
clavado en la ignorancia de la noche,
muere la Luna. El humo hace un fantoche
de pies de sátiro y sombrero oblongo.

¡Híncate! Voy a celebrar la misa.
Bajo la azul genuflexión de Urano
adoraré cual hostia tu camisa:

«¡Oh, tus botas, los guantes, el corpiño...!»
Tu seno expresará sobre mi mano
la metempsícosis de un astro niño.

Las Pascuas del tiempo


Amor sádico

Ya no te amaba, sin dejar por eso
de amar la sombra de tu amor distante.
Ya no te amaba, y sin embargo, el beso
de la repulsión nos unió un instante...

Agrio placer y bárbaro embeleso
crispó mi faz, me demudó el semblante,
ya no te amaba, y me turbé, no obstante,
como una virgen en un bosque espeso.

Y ya perdida para siempre, al verte
anochecer en el eterno luto,
mudo el amor, el corazón inerte,

huraño, atroz, inexorable, hirsuto,
jamás viví como en aquella muerte,
nunca te amé como en aquel minuto!

Los peregrinos de piedra

Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910), Poesía completa y prosas, edición crítica de Angeles Estevez, coordinadora, ALLCA XX/Universidad de Costa Rica, 1998

Ilustración: El beso, 1822, Théodore Géricault

César Vallejo / Dos poemas






Setiembre

Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí... hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás... y para eso,
yo no sé por qué fui triste... tan triste...!

Solo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios... y te fui dulce!

Y también fue una tarde de setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.


Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!".
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), "Heraldos negros", 1918, Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968

Ilustración: Tea cups, 1914, Juan Gris

jueves, marzo 03, 2011

Julio Herrera y Reissig / Bromuro




Bromuro

Burlando con frecuencia el vasallaje
de la tutela familiar en juego,
nos dimos citas, a favor del ciego
azar, en el jardín, tras el follaje...

Frufrutó de aventura tu aéreo traje,
sugestivo de aromas y de espliego...
y evaporada entre mis brazos, luego,
soñaste mundos de arrebol y encaje...

Libres de la zozobra momentánea
-sin recelarnos de emergencia alguna-
en los breves silencios, oportuna

te abandonabas a mi fe espontánea;
y sobre un muro, al trascender, la luna
nos denunciaba en frágil instantánea.


Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 1875-1910), Las lunas de oro, O.M. Bertani, Editor, Montevideo, 1915

Ilustración: Herrera y Reissig por Matías Bergara, en Antología, Estuario Editora, Montevideo, 2010

miércoles, marzo 02, 2011

Mario Bojórquez / El odio




Casida del odio

I
Todos tenemos una partícula de odio
un leve filamento dorando azul el día
en un oscuro lecho de magnolias.

II
Todos
tenemos una partícula de odio macerando sus jugos
enmarcando su alegre floración
su fruta lánguida.

¿Pero qué mares
ay, qué mas, qué abismos tempestuosos golpean
contra el pecho y en lugar de sonrisas abren garras colmillos?

Levanta el mar su enagua florecida, debajo de su piel va creciendo otra ola dispersada en su vacua intrepidez elástica. Levanta el mar su odio y el estruendo se agita contra los muros célibes del agua y atrás y más atrás viene otra ola, otro fermento, otra forma secreta que el mar le da a su odio, se expande sábada de espuma, se alza torre tachonada de urgencias; es monumento en agua de la furia sin freno.

III
Todos tenemos
una partícula de odio
y cuando el hierro arde en los flancos marcados
y se siente el olor de la carne quemada
hay un grito tan hondo, una máscara en fuego
que incendia las palabras.

IV
Todos tenemos una
partícula de odio.

Y nuestros corazones
que fueron hechos para albergar amor
retuercen hoy sus músculos, bombean
los jugos desesperados de la ira.

Y nuestros corazones
otro tiempo tan plenos
contraen cada fibra
y explotan.

V
Todos tenemos una partícula
de odio
un alto fuego quemándonos por dentro
una pica letal que horada nuestros órganos.
Sí, porque donde antes hubo
sangre caliente, floraciones de huesos explosivos,
médula sin carcoma,
empecinadamente, tercamente,
nos va creciendo el odio con su lengua escaldada
por el vinagre atroz del sinsentido.

VI
Todos tenemos una partìcula de odio
y cuando el índice se agita señalando con fuego
cuando imprime en el aire su marca de lo infame
cuando se erecta pleno falange por falange
¡Ah! qué lluvia de ácidos reproches
qué arduos continentes se contraen.

El gesto, el ademán, la mueca
el dedo acusativo
y la uña
¡ay! la uña
corva rodela hincándose en el pecho.

VII
Todos tenemos algo que reprocharle al mundo
su inexacta porción de placer y de melancolía
su pausada, enojosa, virtud de quedar más allá
en otra parte
donde nuestras manos se cierran con estruendo aferradas al aire de la desilusión; su también, po qué no, circunstancia de borde, de extrema lasitud, de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas.

VIII
Todos tenemos algo que decir de los demás
y nos callamos.

Pero siempre detrás de la sonrisa
de los dientes felices, perfectos y blanquísimos
en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,
los verdugos amables.

(CODA)
En alguna parte de nuestro cuerpo
hay una alarma súbita
un termostado alerta enviando sus pulsiones
algo que dice:
ahora
y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse por los ojos, las mandíbulas truenan y mascan bocanadas de aire envenenado y la espina dorsal, choque eléctrico, piano destrozado y molido por un hacha y los vellos, las barbas y el escrito, se erizan puercoespín y las manos se hinchan de amoratadas venas, el cuerpo se sacude convulsiones violentas y todo dura sólo, apenas, un segundo y una última ola de sangre oxigenada nos regresa la calma.

de Diván de Mouraria (1999)

Mario Bojórquez (Los Mochis, México, 1968)

Foto: Mario Bojórquez Omnibus, n° 28, septiembre de 2009

martes, marzo 01, 2011

Randall Jarrell / Guerra



Prisioneros

Detrás de la alambrada de púas, descargando los tachos de basura,
los tres vestidos de azul, sucio algodón (la P blanca sobre las espaldas
indicando a seis yardas su frío Norte a la móvil, negra mira
del abrazado fusil, a los ojos del centinela que bosteza).
Se los sigue castigando todo el día, todo el mes, todo el año,
cargando, descargando; suspiran sus suspiros de niños, de bestias, de desesperación,
de resistencia y existencia; miran sin esperar nada
al grueso centinela, oscuro en su uniforme caqui, hacia el polvo de la abrasada llanura.
Los prisioneros, el centinela, los soldados, todos a su modo, están adiestrándose.
De esos momentos, repetidos para siempre, surgirá nuestro mundo nuevo.


El aviador muerto

Visto sobre el mar, ninguna señal, ninguna señal, ninguna señal
en los negros abetos y en las terrazas de las colinas
rasgadas en la niebla. El cono se estrecha, la nieve
resplandece en las yermas paredes de un cráter. No.
Las casas ruedan todavía como hojas de papel, se tuercen,
y la marejada fluye: un puerto de juguetes
es tachonado de estrellas con sus incendios y sus rostros; pero ninguna señal.

En la luz horizontal, sobre las costas furiosas,
el avión vuela en obstinado círculo, los ojos se distienden
colmados de odio y dolor, escrutan
el negruzco océano en busca de un cadáver,
los incendios se apagan; los cuadrantes bajan,
un largo, seco estremecimiento le corre por las vértebras,
sus dedos tiemblan: pero su duro, inmutable rostro
se mueve negando la aceptación: Tengo un amigo.

Los incendios son grises; ninguna estrella, ninguna señal
guiña desde la oscura respiración del portaviones
donde el piloto da vueltas en busca de su compañero; donde,
planeando sobre el armazón de las ciudades, ojo obstinado
entre las cenizas de las naciones, dolorosamente
trazando círculos de ese consumido, inmutable No
-la larga guerra, la perdida guerra de las vidas-, el piloto duerme.


Randall Jarrell (Nashville, Tennessee, 1914-1965), versión de Alberto Girri, Poesía norteamericana del siglo XX, selección de Mario Morales y Eugenio Lynch, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970

Ilustración: Shotdown, A. Deineka Pintura soviética de la Segunda Guerra Mundial/All World Wars