miércoles, julio 31, 2013

Poemas elegidos, 93


Daniel Durand 
(Concordia, 1964)

Cada día, de William Carlos Williams
Sí, son 18 versos divididos en tres estrofas de seis. La primera sitúa al señor Williams rodeado de todos sus objetos cotidianos. Pareciera que la presencia del jardín despertara en la mente de W. un mecanismo racional de pensamiento: Aristóteles o los libros. A partir de este conocimiento racional se domestican los objetos. Se detiene el paisaje y luego de una manera lógica e imperturbable se comienza a mover las cosas que se hallan dentro. Claro, se distorsiona la versión convencional de las cosas y se construye un orden mas detallado, raro y real. Así funciona la poeticidad de W., una idea subjetiva pero a partir de la observación objetiva: (no Ideas salvo en las cosas). De este modo aparece la eficacia del artificio dada por la verosimilitud que adquieren los objetos.
Cualquiera sabe que una rosa no rota, está fija en su tallo, pero en este poema de W. rota: es la idea del objeto, la belleza es lo que depende siempre de una imagen willamsiana. No existen objetos bellos, no hay rosas lindas, la luna no es hermosa. Sólo hay belleza. Y cuando el objeto se traslada adquiere movilidad hacia un plano en donde se diluyen los contornos de las cosas y permanece solo una emoción provocada por la distorsión del objeto sin desarticular su realidad.
Pero es una rosa dice Williams, ¿es rosa o belleza o las dos cosas? Una rosa es rosa hasta que es belleza, como la belleza es momentánea, esa belleza torna a rosa nuevamente y así hasta que nos cansemos y el mecanismo de percepción del poema se sature. Al leer este poema no sentí que la cabeza me estallara, sino sencillamente un movimiento; sentí la mente rotar lentamente a pesar de sus esquemas espinosos.

(Escrito para la revista 18 Whiskys en 1993)




Cada día

Cada día al ir hacia mi auto
atravieso un jardín
y a menudo querría que Aristóteles
se hubiera detenido a
considerar el poema ditirámbico,
o que se conservaran sus apuntes.

Rústica hierba afea el bello prado
mientras miro a diestra y siniestra
tic toc...
Y a diestra y siniestra las hojas
crecen en el joven duraznero
por el esbelto tronco.

Ninguna rosa es segura, cada rosa es una
y esta, distinta de otra,
abierta del lodo, casi como un plato
sin taza. Pero es una rosa, color
de rosa. Se la siente rotar lentamente
sobre su tallo espinoso.

William Carlos Williams (Rutherford, New Jersey, 1883-1963)
Versión de Alberto Girri



Foto: Daniel Durand por Walter Moreno en Los Andes On Line

Poemas elegidos, 92


Mauro Viñuela 
(Resistencia, 1971)

Espejan, amarillan, de Jorge Aulicino
No tengo los fundamentos, ni la medida matemática del tiempo, para señalar el origen de un hecho estético. O de una experiencia vital. El poema comienza en verdad hace tiempo, a orillas del río Piave. Mis ancestros, mis amados ancestros, raspan sus vestimentas entre las piedras. Y, quizá, piensan, también, en la palabra "cierto". Y luego se transforman en criaturas indefensas. Expuestas a la gloriosa tecnología y a las doctrinas filosóficas. Mi subjetividad de lector me sitúa en un "Espejan, amarillan", llevado al mismo infinito. Esa es, en parte, la curiosa agonía sublime del poema.









Espejan, amarillan

Espejan, amarillan, los crisantemos inaútenticos,
porque sólo los hemos visto filosóficamente.
Pero, fijate, tantas cosas hemos sido, y todas igualmente
inauténticas; todas espejan, luego amarillan.
Y hemos sido, incluso, crisantemos,
en busca de una paz provisoria de cocina
en la tormenta invernal; flores presumo que pulposas
en la cellisca que soplaba en la casa misma.
Espejan, amarillan, nuestros crisantemos,
en la medida que damos mayor consistencia a nuestras vidas.
El problema, te lo diré sin vueltas,
es que yo podía, digamos hace cuarenta años,
entrar en un café, que era oscuro y verdadero:
verdadero en el sentido que era nuestra posesión y había
sido la posesión de los viejos, de los nuestros y de desconocidos
viejos, aunque familiares, pues estábamos seguros
respondían a consignas migratorias; podían nombrar sus pueblos,
tan antiguos como el café al que me refiero: antiguos por igual
en su conciencia, no en la medida matemática del tiempo.
Oscuros en el café éramos sin embargo radiosos de espera.
Tocábamos la tela de nuestro saco y decíamos: cierto.
Nadie nos sacaba de nuestro vacío ensimismamiento
pues era un puro ensimismamiento: estar en uno.
Y con nadie nos habíamos citado, éramos al paso,
pero el café lo poseíamos, y la ciudad, y el subterráneo.
Espeja el crisantemo y aquel clavo doblado en la pared.
Amarilla todo en abstracto. Te lo digo sin vueltas.
No poseo ahora los cafés, ni el subterráneo.
Son cafés nuevos, no tienen bordes en los cuales
la mirada podía raspar, dejar su marca.
Como te digo: no es el problema la inautenticidad
de nuestro crisantemo. Porque espeja, amarilla,
pero es sólo conciencia de aquella vieja ciudad.


Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)




Foto: Mario Viñuela en FB

martes, julio 30, 2013

Poemas elegidos, 91


Flora Vronsky
(Buenos Aires, 1978)

La voz a ti debida, de Pedro Salinas
Encontré a Salinas justo en el momento en que me había convencido de que la poesía debía ser amarga y oscura. Las incipientes escaramuzas con el desamor y la lectura obsesiva de algunos poetas franceses habían contribuido a patinar una adolescencia que acababa con dramatismo, sí, pero también con un deseo abyecto de tormentos que me acercaran a 'lo poético' real. Quería sufrir. Quería que me doliera todo. Como decía Gil de Biedma, creía que quería ser poeta pero en el fondo quería ser poema.
La voz a ti debida, esa obra monumental de Pedro Salinas, me impactó en lo más profundo del cuerpo -porque la palabra es física- devolviéndome una luz que me resistía a ver. Entablamos entonces una lucha sin fusiles pero plena de heridas que hoy dan cuenta de esa dialéctica constante entre el hacer y el padecer, entre la posibilidad de la existencia de la luz y la certeza de la oscuridad que es, siempre. Ese match fue un punto de inflexión en mi formación poética y en mi proceso creativo. Nada volvió a ser igual.
En esas lides heracliteanas comencé a comprender el funcionamiento de lo que María Zambrano llama razón poética, esa noción que años después se volvería tan capital para mí. Salinas abrió una puerta lírica, potente, que se convirtió con el tiempo en un viaducto de fuerzas y vectores por el cual mi pretensión poética se canaliza hoy. Y este fragmento particular fue la cachetada de posibilidad que reacomodó mis tormentos juveniles en un movimiento tanto de respeto como de ruptura.
Algún día escribiré una oda a Salinas, lo sé. Pero también sé que vuelvo a él cada vez que en ese viaducto se manifiesta algún piquete que resiste, algún corte que detiene el fluir de esas fuerzas y que reactualiza la lucha con la que todo comenzó.




La voz a ti debida
(Versos 702 a 739)

¡Sí, todo con exceso:
la luz, la vida, el mar!
Plural todo, plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetición sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas,
todo a multiplicar,
caricia por caricia,
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos será el último:
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de sinos,
entregamos a ciegas
—¡exceso, qué penúltimo!—
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente
está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
«Eso no es nada, aún.
Buscaos bien, hay más».

Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951)


Foto: Flora Vronsky en FB

Poemas elegidos, 90


Carlos Aldazabal
(Salta, 1974)

A un hombre de gran nariz, de Francisco de Quevedo
En cierta ocasión el poeta Santiago Sylvester sugirió que los escritores del presente queríamos ser como Quevedo. Esto es: leídos, recordados y admirados cuatro siglos después de nuestra muerte. Lo cierto es que aquella vez yo respondí con un poema que me sirvió para titular un libro: “Por qué queremos ser Quevedo”, que fue como preguntar por qué escribir, por qué insistir con la poesía en un idioma tensado magistralmente por el pulso de un Quevedo, pero también de un Góngora o de un Cervantes.
En otra ocasión me pidieron explicar la importancia de Quevedo para la historia de “la humanidad”, concepto del que descreo fervientemente porque obliga a abstraer al hombre de sus circunstancias, de las condiciones especiales de su época y de su cultura. Por eso prefiero hablar de la importancia de don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas para la lengua castellana, su exploración verbal que nos permite descubrir, por ejemplo, ciertos recursos que emplearía nuestro Oliverio Girondo, recursos vanguardistas que pocos admitirían remitir al momento más clásico de la poesía española (recordemos el tono de uno de los sonetos quevedianos más conocidos, “A un hombre de gran nariz”, y pensemos, simplemente, en el libro Espantapájaros. Lo que estoy queriendo decir es que Girondo fue un gran lector de Quevedo).
Si hoy podemos considerar la obra de un hombre que vivió en una cronotopía precisa (la España barroca, la España del siglo de oro, pero también la España de la santa inquisición) como patrimonio de esa tautología con que la cultura occidental se define a sí misma, es decir, de “la humanidad”, es porque Quevedo fue, cabalmente, un hombre de su tiempo, inmerso en realidades sociales y políticas que le permitían hablar de temas filosóficos, pero también de temas “mundanos”, arrancados de la sabiduría de los sectores populares españoles. Ahí está la Vida del Buscón Don Pablos como testimonio de ese registro, una suerte de Lazarillo de Tormes con firma que reconstruye la tipología del “pícaro”, una de las tantas subjetividades populares de la época que daban cuenta de la profunda crisis moral y económica que atravesaba el imperio español del siglo XVII.
Esta mirada atenta a la realidad social y cotidiana, junto a una búsqueda de innovación estética constante (después del siglo de oro español, recién las vanguardias del siglo XX volverían a poner de moda la palabra “originalidad” con tanta fuerza), y el manejo excepcional de las formas métricas del verso latino, permitieron sostener una poesía precisa y sorprendente, una metafísica de la cotidianidad que no temía recurrir a personajes de los mitos helénicos ni a seres encarnados en la realidad circundante. Cultura alta y cultura popular tejiendo el sentido de una obra que consiguió la originalidad sin caer en arbitrariedades.
Por eso la importancia de Quevedo para nuestra lengua, y por lo tanto para nuestra cultura. Porque sin saberlo anticipó las vanguardias. Porque hablando de su mundo consiguió volverse “universal” por efecto de lectura. Porque Borges era quevediano, y Heidegger, y tantos otros nombres que desfilan por los corredores de la historia entre la maravilla y el oprobio. Porque como la “humanidad” de la que terminó formando parte, la cultura occidental impuesta en el mundo por la seducción o por la fuerza, Quevedo matizó la genialidad de su obra con prejuicios racistas. El antisemitismo de Quevedo, que era un denominador común en los hombres de su tiempo, nos sirve también para pensar, desde nuestra realidad, en los “progresos” de la cultura occidental, los “progresos” de una “humanidad” que ha repetido limpiezas étnicas y genocidios en su esfuerzo por uniformar el mundo. Una “humanidad” que museifica a sus artistas para olvidar la diversidad cultural que sus obras invocan. Para decirlo con Quevedo: “Cualquier instante de la vida humana/ es nueva ejecución, con que me advierte/ cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana”.



A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.


Francisco de Quevedo (Madrid, 1580-Ciudad Real, 1645)



Foto: Carlos Aldazabal en FB

lunes, julio 29, 2013

Poemas elegidos, 89


Miguel Ángel Federik 
(Villaguay, 1951)      

Ed è súbito sera, de Salvatore Quasimodo
Elegir a esta edad un poema esencial, es tan difícil como elegir entre todas las novias una. Recuerdo sí, por los ’70 El Gualeguay  de Juan L. Ortiz  leído largamente por él mismo, con todo el jazz oral con que lo interpolaba en cada lectura, siempre parcial; allí sentí la presencia de un texto vivo, la necesidad de un tratamiento distinto del lenguaje y sus formas para nombrar tantas criaturas, aún no dichas por la poesía y sobretodo a ampliar y contraer y adecuar las respiraciones, el pneuma sonoro de la versificación métrica y acentual del castellano, al sentido buscado… Sin embargo, y luego, el poema que más he repetido ha sido el de Salvatore Quasimodo y en el idioma materno, como aquí lo copio.
Con éste comprendí la lección de Ezra Pound  de leer en lengua propia ciertos poemas primordiales; y con ambos, lo intraducible del disparo de la poesía. Desde entonces he desconfiado de las traducciones -hasta donde he podido- y leído en su lengua como hacían mis mayores, antes que Edouard Glissant percibiese que escribimos no con ni dentro, sino frente a las demás lenguas…y todo consistiese en interferir, con un verso adecuado, esa canción común, infinita y permanente.




Ed è súbito sera

 Ognuno sta solo sul cuor della terra  
 trafitto da un raggio di sole:  
 ed è súbito sera.


Salvatore Quasimodo (Modica, 1901-Nápoles, 1968)


(Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
herido por un rayo de sol;
y de pronto es de noche.

-versión del Administrador-)




Foto: Miguel Ángel Federik en El Diario, de Paraná

Poemas elegidos, 88


Diego Bentivegna 
(Buenos Aires, 1973)

Requiem, de Ana Ajmátova
Yo tendría unos dieciséis, tal vez unos diecisiete años. "Requiem", el poema de Ana Ajmátova, figuraba en una antología de poesía rusa del siglo XX que todavía conservo, compilada y traducida por Irina Bogdaschevski en la colección de literatura universal del Centro Editor de América Latina. Ese librito representaba entonces la apertura hacia una estepa que en mi mente estaba atravesada por tártaros y otros nómades peligrosos, como se veía en algunas películas históricas que miraba en la tele los sábados a la tarde (La rebelión de los cosacos, Taras Bulba, Miguel Strogoff).
Según puedo reconstruir hoy, en mis primeras lecturas lo que más me atraía del poema de Ajmátova -que se reproducía en seco, sin comentarios ni notas explicativas- era sobre todo el trabajo que absorbía y elaboraba poéticamente los grandes procesos históricos y los padecimientos de una existencia. Todo ello enraizado en una experiencia que, en el fondo, difícilmente podía reducirse a la palabra: la experiencia de la deportación y de la muerte.
Para intentar decir esa experiencia, el poema se corre del yo. Así, los versos de "Requiem" parecen no ser estrictamente dichos por una primera persona, sino que se muestran más bien como el producto de un entramado de subjetividades, como la voz de un sujeto plural, de un alguien: la voz de un cualquiera con el rostro borrado –como el de la mujer del inicio del poema-.



Requiem
(Fragmentos)

¡No, no estaba bajo el cielo extraño,
ni al amparo de alas extrañas!...
Estaba entonces junto con mi pueblo,
allí, donde mi pueblo, por desgracia, estaba.


En lugar de preámbulo…

En los años terribles de Iezhov estuve diecisiete meses parada en las filas frente a las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me reconoció. La mujer de labios azules, que estaba detrás de mí y que seguramente jamás había oído mi nombre, recobrándose del aturdimiento tan común para todos nosotros, me preguntó al oído (allí todos hablaban en voz baja):
-Y esto, ¿puede usted describirlo?
Y yo dije:
-Sí, puedo.
Entonces una especie de sonrisa rozó aquello, que antes había sido un rostro.

                                                          1 de abril de 1957, Leningrado



Ana Andréyevna Ajmátova (Odessa, 1889-Moscú, 1966)
Versión de I. Bogdaschevski



Foto: Diego Bentivegna en RAE

domingo, julio 28, 2013

Poemas elegidos, 87


Gabriel Reches
(Buenos Aires, 1968)

Lavadero, de Gerardo Deniz
Querido Jorge: Voy a tratar de ser honesto en la justificación de lo que elegí. Lo primero que vino a mi mente después de tu invitación, fueron tres frases, de tres poemas distintos, de tres poetas distintos.
Frases que desde el día en que las leí, me acompañaron en distintas escenas de la vida cotidiana. No podría asegurar que afectaron mi escritura, ni siquiera que fueron trascendentales en mi experiencia como lector.
Pero sí intervinieron en mi percepción del mundo, desde el momento en que las abduje de sus poemas de origen hasta la actualidad. Y supongo que seguirán haciéndolo en el futuro.
La primer frase es “el atril hubiera querido aniquilarse”, de "Persona pálida", de Louis Aragon.
La conocí de manos de Aldo Pellegrini en su ya célebre antología de la poesía surrealista, cuando todavía no era mayor de edad.
Me pareció siempre una frase incómoda. Quizá por la extrema carga subjetiva de la cosa frente al sujeto, pero en estado de total derrota o de derrota tal, que te lleva a suponer el lugar irónico de quien enuncia y a la vez, delata el uso de los artificios. El  tiempo verbal (hubiera querido) es lo que la distingue.
Una pena que la totalidad del poema no me guste. Y una pena mayor que en otras traducciones se hable de una persona que “con el atril hubiera querido aniquilarse”.
Quien sabe, quizá es Pellegrini quien me cautivara más que Aragon.
Sea como fuere, muchas veces en estos últimos veinte años, frente a una escena de patetismo inofensivo, me encontré pronunciando la frase para mí.
Frente a otras situaciones, de cierto regodeo autorreferencial, estuve a punto de escribir frente al espejo “la contractilidad es una virtud”, del hermoso poema que Marianne Moore le escribió a un caracol. Pensé que era demasiado conocido como para incluirlo aquí en su totalidad.
Por último, la tercera exclusión, es la de los tres últimos versos del poema "Vigilia", de Ungaretti, del libro La alegríaNo me he sentido nunca/ tan/ aferrado a la vida, pronunciada luego de una noche despierto sosteniendo los restos de su compañero de batalla masacrado.
A diferencia de "Persona pálida", todo este poema me resulta hermoso. La frase -que rápidamente se volvió “nunca me sentí tan aferrado a la vida”- aún hoy sigue funcionando como un filtro, un tamizador para percibir o reflexionar (una reflexión abreviada, chatarra) en determinadas situaciones; y hasta alguna vez escribí un poema sobre el modo en que mis acciones más banales debían convivir con los residuos de de esa afirmación poética.
El hecho de que Ungaretti haya sido citado al menos dos veces en tu blog, lo deja afuera.
Explicadas las tres exclusiones, elijo a Gerardo Deniz y su poema “Lavadero”, del libro Mundonuevos.
Gana como ganó Reutemann, luego de que otros competidores abandonaran.
Deniz llegó a mis manos hace unos veinte años, a través de un muy querido librero y también poeta, a quien no veo hace mucho, Daniel Schiavi.
Fue en el 92  -mientras Irene Gruss trataba de apaciguar con beatniks y otros yankees mi registro más infantil emparentado con los malditos- que Dani en Gandhi le dio un libro chiquito y gris a mi mujer  y le dijo: tiene que leer esto. Creo que fue uno de los regalos que recibí para mi cumpleaños número veinticinco.
Tenía razón. Deniz me divirtió y liberó, con su bufoneo de Rimbaud en el poema “Artocarpa” y con su manera de introducir el humor como desafío conceptual.
 Me inquietó su cosmogonía omnipensante de la que puedo asirme nunca del todo, el modo dislocado y a la vez tan orgánico en que ésta se hacía carne en estructuras semánticas y gramaticales; nunca en un desafío formal acrobático, sino más bien, en la yuxtaposición de un orden y un desorden estructural, vital.
La búsqueda de sentido, donde el lenguaje convencional no es tan rendidor como sus posibles fisuras, aquella necesidad comunicativa para la que no son tan útiles las leyes de funcionamiento, sino los bordes y transgresiones. Podría alegarse que esta última afirmación corresponde a la definición genérica de aquello que entenderíamos como poesía.
Podría alegar entonces que Deniz por momentos, es poesía en el sentido más tajante, en estado puro y ya irreductible.
El paralelismo entre el ruido de la espuma de un lavarropas y el murmullo de una masa de militantes derrotados por la propia reflexión es solo muestra de un autor capaz unir sus elucubraciones y la experiencia, como si después de la poesía, todo lo posible formara parte de un nuevo sistema de leyes naturales.
Deniz me transmitió la ilusión de una escritura que acerque un poco los mundos de la percepción con los del pensamiento elaborado y fundamentalmente, la idea de que cada tanto, hoy todavía, te encontrás con tipos que escriben como nadie antes.



Lavadero

El ruido de la espuma que se deshace,
ampliado cuatroscientasmil veces,
se parecería al de una concentración de masas que de pronto,
descubrieran,
simultáneas,
un error garrafal en su ideario político,
y cada quien decidiese regresar a casa sin ostentación,
aunque sin abstenerse tampoco de comentar sotovoche
con los compañeros de mitín.
(El acierto de la presente comparación cala hondo:
diminutas burbujas que revientan/modestos ciudadanos
           se dispersan,
consistencia de la espuma/mortalidad entre jíbaros zurdos,
y demás).


Garardo Deniz (Madrid, 1934, Ciudad de México, 2014)



Foto: Gabriel Reches por Bernardino Ávila en Página 12

Poemas elegidos, 86


Javier Galarza
(Buenos Aires, 1968)

Noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz
Este poema de San Juan de la Cruz me acompaña desde mis primeras lecturas de poesía. ¿Es la mera descripción de una experiencia mística o el poema en sí es el hecho religioso? No tengo respuesta y tal vez no quiero tenerla. He leído la interpretación de Lacan (entiendo que el psicoanalista francés subraya que el poeta asciende a Dios feminizado, como el presidente Schreber lo hace en su delirio paranoico pero, a diferencia de Schreber, no dudamos de la experiencia de San Juan de la Cruz). Una vez lo escuché en inglés cantado por la canadiense Lorena Mc Kennit y mi afecto por el poema no menguó. (Oh night thou was my guide / of night more loving than the rising sun / Oh night that joined the lover / to the beloved one / transforming each of them into the other). Recientemente leí una entrevista al escritor francés Pascal Quignard donde dice que inscribiría su escuela literaria y su experiencia dentro de las letras cerca de San Juan de la Cruz. Alguna vez pensé también que la noche de Novalis, mediada por la joven amada muerta, hacía de los Himnos a la noche un poema de naturaleza semejante. Toda búsqueda me hace retornar a estos versos: "Oh noche que guiaste"...




Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, 
que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual

1.
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

2.
A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

3.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

4.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

5.
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el Amado transformada!

6.
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

7.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.

8.
Quédeme y olvídeme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y déjeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Juan de Yepes, San Juan de la Cruz (Fontiveros, 1542-Úbeda, 1591)


Foto: Javier Galarza en FB

sábado, julio 27, 2013

Poemas elegidos, 85


Anahí Mallol 
(La Plata, 1968)

Le Pont Mirabeau, de Guillaume Apollinaire
Me acuerdo de este poema de Apollinaire, que la profesora de francés leía, cuidando al extremo la pronunciación. Yo era una nena que se resistía a dejar de ser nena: tendría once o doce años cuando este poema llegó a mí.
Y  llegó como un bloque: la poesía y la lengua extranjera, así, entrelazadas, en ese momento de iluminación infanto-juvenil, profana y sagrada. Creía entender entonces todo del poema y del francés, justamente porque no entendía nada. O sí, entendía lo fundamental: algo fluía, algo que no se podía detener, algo que en su huida dejaba restos, algo que alguien, una voz, trataba de retener mala o buenamente como un resto del fluir. Lo que fluía, francés, lenguaje, poema, amor, tiempo, río, lo hacía maravillosamente, acompasadamente, en profusión de eles, de eres, de eses.
Ese fluir me rodeó, me atravesó, me acarició, se quedó: un puente con la vida, que quedaría como resto hasta hoy; la poesía, el idioma, entre natal y extranjero, un fluir de sonidos que busca desesperadamente, fracasado, sonoro y sonante, hacer un sentido, siquiera efímero, para demorarse un rato más en los meandros de lo que huye.




Le Pont Mirabeau

Sous le pont Mirabeau coule la Seine
Et nos amours
Faut-il qu'il m'en souvienne
La joie venait toujours après la peine

 Vienne la nuit sonne l'heure
Les jours s'en vont je demeure

Les mains dans les mains restons face à face
Tandis que sous
Le pont de nos bras passe
Des éternels regards l'onde si lasse

 Vienne la nuit sonne l'heure
Les jours s'en vont je demeure

L'amour s'en va comme cette eau courante
L'amour s'en va
Comme la vie est lente
Et comme l'Espérance est violente

 Vienne la nuit sonne l'heure
Les jours s'en vont je demeure

Passent les jours et passent les semaines
Ni temps passé 
Ni les amours reviennent
Sous le pont Mirabeau coule la Seine

 Vienne la nuit sonne l'heure
Les jours s'en vont je demeure


Wilhelm Apollinaire de Kostrowitsky, Guillaume Apollinaire (Roma, 1880-París, 1918)


El puente de Mirabeau

Bajo el puente pasa el Sena
también pasan mis amores
¿hace falta que me acuerde?
tras el goce va la pena

   La noche llega y da la hora
   Se va la hora y me abandona

Pongo en tus manos mis manos
y con los brazos formamos
un puente bajo el que pasan
onda mansa las miradas

   La noche llega y da la hora
   Se va la hora y me abandona

Amor es agua corriente
y como el agua se va
agua de la vida lenta
y la esperanza violenta

   La noche llega y da la hora
   Se va la hora y me abandona

Pasan días y semanas
pasan y jamás regresan
días semanas amores
bajo el puente pasa el Sena

   La noche llega y da la hora
   Se va la hora y me abandona


Versión de Octavio Paz
Versiones y diversiones
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2000



Foto: Anahí Mallol en FB

Poemas elegidos, 84


Martín Armada
(Buenos Aires, 1979)

El guardián del hielo, de José Watanabe
No conozco en detalle la obra de José Watanabe. Es más, no podría decir que esta elección es la de un lector atento de José Watanabe. Esto me sirve para aceptar que el golpe de un poema puede ser absoluto. Es decir, que un poema se termina cuando se construye un misterio. "El guardián del hielo", enseña eso, tiene esa textura: te da todo lo que te quita. Y por eso es un poema enorme, atroz, como un arca. Es en esencia como lo que ocurre con "El maestro de kung-fu", otro hermoso poema de Watanabe, donde se narra otra historia. Un testigo ve al maestro luchar cada día con su enemigo que no es el aire, sino algo invisible y milenario.  Y afirma: "Ninguno vence nunca, ni él ni él, y mañana volverán a enfrentarse". Así quizás sea, en parte, la dinámica entre nosotros y el Tiempo. Parece una preocupación bien noble para un poema.




El guardián del hielo 

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007)



Foto: Martín Armada por Clara Muschietti

viernes, julio 26, 2013

Poemas elegidos, 83


Fernando Noy
(San Antonio Oeste, 1951)

Oh tenebrosa fulgurante, de Amelia Biagioni
Cuando leí este poema de Amelia Biagioni me estremecí ante tanta verdad. Nadie como ella antes me había hablado de la poesía con semejante precisión casi aterradora. Desde entonces lo llevo como un talismán ante el pánico que a veces produce no la hoja sino la vida en blanco. Tampoco solo este poema de Biagioni, sino todos los suyos, siempre han obrado como fulgores de una alquimia más allá de las profecías y palabras sagradas. La poética es ese don, a veces también tremendo y difícil de soportar, incomparable estigma del que además no se puede huir, sanar o ser excomulgados. Es como si la antropofagia de los días le diera el brillo a cada cosa, gesto, objeto, persona, etc., que antes te quitaron. Y quizás los faros en medio del mar también son voces que imprimen poemas en las olas, desde donde algunos marinos verbales logramos rescatarlos cual conchillas, corales, tentáculos de pulpos ahogados en el famoso nudo de nuestras gargantas.
Leer o escribir poesía es casi un mismo vértigo, pero de ambos lados, ante ese oleaje sin orillas que se muerde la cola en la espuma de los versos más conmovedores donde, como en este, al fin encallamos. Nos callamos.... Sonoros!!!




Oh tenebrosa fulgurante

Oh tenebrosa fulgurante, impía
que reinas entre cábala y quimera,
oh dura poesía
que hiciste mi imprevista calavera.  

Por qué me diste huesos
sí yo era, entre lenguas, "la que nombra
muriendo transparente", y entre besos
"llovizna" desde el beso hasta la sombra.

Sí yo era la pálida costumbre
de cruzar el otoño trashumante,
 mientras tú suavemente, ave de lumbre,
alta volabas y constante.  

Por qué bajaste oscura. Mis despojos
creas, desencadenas mi esqueleto.
Devoraste mis párpados, mis ojos,
mi corazón secreto.  

Oh sacrílega maga que ceñiste
la gracia en hambre, alazo, pico y garra,
por qué en tu salamandra convertiste
a mi tristísima cigarra.  

Por qué. Pero me ofrezco y apaciento
mis huesos, y mi cara se acostumbra
a ser tan sólo profecía y viento.
Come, cuerva. Y relumbra.

Amelia Biagioni (Gálvez, 1916-Buenos Aires, 2000)


Foto: Fernando Noy en la revista Ñ

Poemas elegidos, 82


Vanina Colagiovanni
(Buenos Aires, 1976)

En la sala de espera, de Elizabeth Bishop
Es uno de esos poemas que no se olvidan. O por lo menos yo nunca me lo olvidé desde el día (allá por mis 19 años) en que empecé a leer más y más poesía, me pasaron una antología y lo "descubrí" como una pepita de oro en un río caudaloso. Porque en general todos los poemas de Bishop me gustan y me interesa su voz potente, pero tanto este como "The Moose" directamente me capturaron. Me pregunto muchas veces cuáles pueden ser las razones. Quizá es que son poemas largos que cuando son logrados tienen una gran capacidad de fluir y llevarnos con la corriente; o tal vez es porque tienen una cadencia narrativa, ya que en ambos se cuentan historias, aparentemente autobiográficas. Seguro tiene que ver, en este caso, con la mirada de una nena de 7 años y el extrañamiento con la especie humana, en el que rápidamente me reconocí. "Pero sentí: vos sos un yo, /sos una Elizabeth, /sos una de ellos." Son versos muy potentes que expresaban algo que había sentido a una edad similar pero que no había podido poner en palabras.
Varios años después escribí un poema (y un libro) que se llama Sala de espera en clara referencia a este poema de Bishop que tanto admiro y donde también menciono a una especie de tía y a una revista con imágenes de corredores. Y puedo decir que una búsqueda de mi escritura parte de este poema y se relaciona con alcanzar algo de esta mirada extrañada y a la vez familiar.




En la sala de espera

En Worcester, Massachusetts
acompañé a la tía Consuelo
a su cita con el dentista
y me senté para esperarla
en la sala de espera.
Era invierno. Oscureció
temprano. La sala de espera
estaba llena de gente grande,
botas impermeables y sobretodos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo adentro,
me pareció, mucho tiempo,
y mientras esperaba leía
una Nacional Geographic
(sabía leer) y cuidadosamente
estudiaba las fotos:
el interior de un volcán,
negro, lleno de cenizas;
que luego se desbordaba
en arroyos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botas con cordones y cascos.
Un hombre muerto colgando de un poste
–“Cerdo largo”, decía el epígrafe.
Bebés con cabezas puntiagudas
envueltas con cuerdas;
mujeres negras y desnudas de cuellos
enroscados con alambre
como los cuellos de las bombitas de luz.
Sus tetas eran horribles.
La leí entera. Era muy tímida
como para detenerme.
Y después miré la tapa:
los márgenes amarillos, la fecha.
De repente, desde adentro,
escuché un ay! de dolor
–la voz de tía Consuelo–
no muy fuerte ni muy largo.
No me sorprendió para nada;
ya sabía que era una mujer
tímida y tonta.
Podría haberme sentido avergonzada,
pero no fue así. Lo que sí me sorprendió
fue que en realidad era yo:
mi voz, mi boca.
Casi sin pensarlo
yo era mi tía boba,
yo –las dos– estábamos cayendo, cayendo,
nuestros ojos pegados a la tapa
de la National Geographic,
Febrero, 1918.
Me dije a mí misma: en tres días
vas a tener siete años.
Lo decía para detener
la sensación de estar cayendo
del mundo redondo y girando
en un espacio frío y negro azulado.
Pero sentí: vos sos un yo,
sos una Elizabeth,
sos una de ellos.
¿Por qué tendrías que ser una también?
Apenas me atreví a mirar
para ver qué era lo que yo era.
Eché una ojeada
–no podía mirar más arriba–
a las rodillas grises,
pantalones, camisas y botas
y diferentes pares de manos
que estaban bajo las lámparas.
Sabía que nada más extraño
me había pasado nunca, que nada
más raro iba a sucederme jamás.
¿Por qué yo sería mi tía
o yo, o cualquier otro?
¿Qué similitudes
botas, manos, la voz familiar
que sentí en la garganta, o incluso
la Nacional Geographic
y esas horribles tetas colgantes,
nos sostenían unidos
o hacían de nosotros sólo uno?
Qué –no sabía ninguna palabra
para expresarlo– qué “absurdo”…
¿Cómo es que yo estaba acá,
como ellos, y escuché
ese grito de dolor que podría haber sido
más fuerte y peor pero no lo fue?
La sala de espera estaba muy iluminada
y hacía mucho calor. Se deslizaba
bajo una ola enorme y negra,
otra y otra más.
Después volví al mismo lugar.
Estábamos en guerra. Afuera,
en Worcester, Massachusetts,
era de noche, había nieve derretida y hacía frío
y todavía era el cinco
de febrero de 1918.

Elizabeth Bishop (Worcester, 1911-Boston, 1979)
Versión de Laura Crespi


Foto: Vanina Colagiovanni en FB

jueves, julio 25, 2013

Poemas elegidos, 81


Carlos Battilana
(Paso de los Libres, 1964)

Abril, de Estela Figueroa
Me gusta la poesía de Estela Figueroa. Elijo un poema: “Abril”. Podría haber elegido algunos otros: “Motivos”, “Sol de otoño”, “Caminando bajo la llovizna en una noche de junio”. ¿Qué me gusta de la poesía de Figueroa, la poeta argentina de una obra breve, no demasiado difundida, pero que, inevitablemente, va a expandirse por imperio de su contundencia? Me gusta su transparencia. ¿Qué significa transparencia en poesía? Un lenguaje instrumental que designa objetos, personas, que cuenta historias y que, al mismo tiempo, habla de sí mismo. Los poemas de Figueroa narran una historia, generalmente ínfima, que se asocia a una anécdota personal. Por ejemplo, una caminata nocturna, una visita a un amigo, un recorrido por un álbum de viejas fotografías, la preparación de su hija para salir (un poema que nos recuerda un famoso texto de Giannuzzi). Sin embargo, en ese relato de historias mínimas, las palabras del poema no dejan de interrogarse sobre sus condiciones de posibilidad en relación con el sentido. Es cierto que varios de sus poemas hablan del oficio poético. Pero no es por eso que las palabras adquieren registro autónomo, no es por eso que, al mismo tiempo que hablan de un referente, se designan a sí mismas. En la poesía de Figueroa cada vocablo se usa en función de la pequeña historia que se cuenta, de eso no hay dudas. Pero al leer sus poemas se percibe -casi de manera física- el peso de cada palabra, como si ellas fueran leves materias, o como si los vocablos del poema no sólo nombraran una anédota, sino que la acompañaran a través de su propia proyección como signos. Los poemas de Figueroa son una suerte de acústica tenuemente rumorosa que va desencadenando, de manera inesperada, una reflexión tremenda, objetiva y atroz. A la manera de una luz oscura y un poco insondable, estos poemas remiten a la sencillez de los vocablos (lo que acaso se podría llamar el artificio de la sencillez), una categoría estética que se construye cuando los vocablos han pasado por un potente grado de combustión y, finalmente, regresan a su carácter comunicativo.
Vuelvo al poema “Abril”. La mayoría de los verbos del poema se hallan en pretérito, verbos muy característicos del género narrativo. El poema cuenta una historia sobre un bolso que se rompió y sobre su contenido (recibos de sueldo, monedas, documentos, boletos de ómnibus, una carta de ultramar, etc). Progresivamente percibimos que el bolso del que se habla -“el bolso viejo”- se transforma en el “bolso de la vida”. Allí descubrimos que la sucesión de hechos que se narra, en su parca precisión, va desmadejando una suerte de plegaria final, casi una oración profana en modo imperativo que tiene mucho de ternura y de piedad: “sé benévolo”. En función de ese final, inesperado, el poema transita por acontecimientos, en apariencia, menores y, al mismo tiempo, los va sorteando. Los pequeños acontecimientos -advertimos- tan exactos son el sustento de ese final, su condición necesaria. El poema designa un objeto concreto que resulta significativo para el sujeto poético y, a través de él, quiere decirnos algo más. Es paradójica la escritura de Estela Figueroa: el sentido se expande y, sin embargo, las palabras afirman su precisión y exactitud en esa especie de arco oscilante entre la acepción literal y la metáfora que construyen.




Abril

El año pasado
por este mes
me compré un bolso
que tenía muchos compartimientos.

Me acompañó un año.
El año más atroz de mi vida.
Pero para qué extenderse
en una descripción de situaciones
que reclaman olvido.

Este año el cierre se rompió
y compré otro.
Ya sin compartimientos
y del mismo color.

Pasaron unos días
hasta que llegó el momento de la ceremonia.
Sobre la colcha floreada de mi cama
vacié el bolso viejo.
Todos sus compartimientos.

Aparecieron recibos de sueldo
propagandas de distintos comercios
remedios
boletos de ómnibus
una libreta en blanco
mi documento de identidad
monedas
y una carta enviada desde Madrid
donde un joven me escribe
que momentáneamente está allí
que todas las noches
piensa en mí que
fue una pena que
sabré de él por
otra carta o…

He orado
por él
por mí.
Bolso de la vida:
sé benévolo.


Estela Figueroa (Santa Fe, 1946)



Foto: Carlos Battilana en FB

Poemas elegidos, 80


Joaquín Valenzuela
(Dolores, 1971)

Palabras a un río, de Arnaldo Calveyra
Poeta que descubrí hace apenas un par de años al leer de refilón en una web: Cosas que me pasaron en la infancia me están sucediendo recién ahora. Un verso que me parece maravilloso y con el que me sentí muy identificado. Luego fue conseguir su Poesía reunida y aprender a leerlo. Calveyra me enseñó a leer sin prisa. Leerlo en voz alta hace que se detenga en cierto modo mi tiempo. Además al releerlo siento que se mantiene intacto el atractivo de la primera lectura. Elijo este poema, aunque bien podría haber sido algún otro texto.








Palabras a un río

¿Ya le escribiste al río,
río incesante del más allá?

¿a sus campos que son almohadas
de pastizales azules?

¿nombrarlo ya sabrías?

un verso vuela, flecha lanzada,
no para seguir buscando
apagando agua

¿empezaste a nombrar los cielos
caminadores de las costas?

¿a contestar a su reclamo
en un anochecer de pajonales
-recubre esteros-,
pajonales de fin del mundo?

no lejos de la mano que escribe
huellas de pies descalzos
en la arena

una nube
que buscara
ablandar
su imagen
en el agua

tardes,
son conversaciones
con un río

en que la distancia juega
a que lo borra
-remansado caracol
hallado entre espartillos-

de tus pasos llega

¿nombrarlo ya podrías?

ayeres convertidos
en hojas temblorosas

son ahora
esas imágenes

de los años llegan
por resucitar
en tu mente
un río

fotos dispersas
bajo una luz de lámpara

al sol azul
de la memoria

anocheceres
llegando a las barrancas

¿tu conversar de ríos?

¿empezaste
a ser palabras
de tu río?

¿ya te recibiste en río?

alamedas

fotografiadas
por el ausente

río de un caracol
en tu oído

por el cuerpo
adivinado

tu sol adelgaza

haciendo lo imposible
por no ahogarse
en las orillas

la voz, el silencio
con que abandona
la tarde

ya es nadie,
Narciso,
tu imagen en el agua

huevos de perdiz
hallados en pajonales
de tu mente

Hudson,
en caminatas semejantes...

arboledas
a flor de frescura

al entrar en el agua
te enredaste en las ramas

¿cuánto perdura una imagen
en el agua?

tu cuerpo en crecida
luna diurna de amigos

avanzas, transformas
costas, leguas, nubes

¿empezaste
a ser raíces
de tu río?

¿aguas zoólogas,
luz de nadie?

desiertas las imágenes,
los campos desiertos

rancho pausado
al borde del remanso

un espinillo
baila
con el sol

ausente
verías aprontarse
y pasar
la creciente

deletrearlas
como a sueños
las costas

¿a qué juegas, espinillo?

por recibirte
puse en presente las cosas de mi cuarto.


Arnaldo Calveyra (Mansilla, Entre Ríos, 1929-París, 2015)



Foto: Joaquín Valenzuela en FB

miércoles, julio 24, 2013

Poemas elegidos, 79



Cristhian Monti,
(La Paz, Entre Ríos, 1978)

Luz y oscuridad, de Daniel Durand
Ruta de la inversión se llama el libro en el que se encuentra este poema, escrito por un entrerriano, al que, luego, conocí en el Festival de poesía de Rosario en el que dio un taller. Comenzó recitando, de memoria, el poema "Como una mosca de largas zancas", de Yeats, y desde ese momento quedé atrapado en la poesía para siempre. Luego tuve la suerte de conocerlo un poco más, y, a través de él, conocí la obra de grandes poetas. Durand es un gran difusor, siempre nos muestra cosas que nos ayudan a incrementar la pasión por la poesía, ahora tengo yo la chance de difundir su obra, que es inmensa; elegí este poema por todo eso y porque conocí la actual poesía argentina a través de ese libro.





Luz y oscuridad

Llego, entro, prendo la luz de la cocina
y sorprendo a las hormigas coloradas
puliendo los platos y cargando
todos los restos de comida.
No me molestan, pero mentalmente
las advierto sobre la superpoblación:
hasta ahora, el ecosistema se mantiene.
Sin embargo, si consigo trabajo
comeré más, vendrán amigos y mujeres,
habrá más restos, ustedes crecerán
y tendré que echar insecticida.
Sólo esta pobreza puede mantenernos
delicadamente unidos.

Daniel Durand (Concordia, 1964)

Poemas elegidos, 78


Alejandro Jorge
(Lobos, 1981)

Balada para un funeral, de W. H. Auden
Conocí este poema de Auden en el 2005, en el taller de Cecilia Pavón, y no puedo separarlo de esa experiencia. No sólo este poema sino varios de los textos que ahí leímos y las personas que nos encontramos hicieron que mi escritura y mi vida sean distintas para siempre, mejores.
Lo que me cautivó de este poema fue la forma elegida para expresar esa que es la mayor desazón que puede sentir una persona: el alejamiento del ser amado. Me atraían la osadía, la libertad y lo sagrado. La osadía, de rechazar al mundo y las cosas más bellas que puede ofrecernos, a causa del vacío que nos provoca la desaparición de ese sentido que el amor le da a nuestras vidas; la postulación de ese amor como fin último de las cosas, sin el cual nada merece vivirse ya que lo colmaba todo. La libertad que el poeta se otorga para poder desmantelar el mundo, como una escenografía que está a su alcance y puede manipular a su antojo, tal como si todo se tratara de lo que es, simples construcciones. Y lo sagrado, expresado en un funeral, uno de los pocos rituales que aún conservamos, y que permiten darle a la vida marcas que puedan conformarla, aunque siempre así, en consonancia con aquello que se nos escapa.




Balada para un funeral *

Detengan todos los relojes, desconectá el teléfono.
Dale un buen hueso al perro para que no ladre.
Silencien los pianos y al sonido sordo de ese tamborileo
Saquen el féretro, dejen entrar a los deudos.

Que los aviones den vueltas arriba y se lamenten
Garabateando en el cielo el mensaje Él ha Muerto,
Pongan cintas negras en los cuellos blancos de las palomas,
Dejen que el policía de tránsito use guantes de lana negros.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y Oeste,
Mi semana de trabajo y mi domingo para descansar
Mi tarde, mi medianoche, mi charla, mi canción,
Yo creí que el amor duraba para siempre, me equivoqué.

Ya no deseo las estrellas; apáguenlas todas,
Empaquen la luna y desmantelen el sol.
Vacíen los océanos y acaben con los bosques;
Porque desde ahora nada puede llegar a buen puerto.


* Versión libérrima: Valeria Meiller


W. H. Auden (York, 1907-Viena, 1973)



Foto: Alejandro Jorge en FB

martes, julio 23, 2013

Poemas elegidos, 77


Nurit Kasztelan
(Buenos Aires, 1982)


La pieza oscura, de Enrique Lihn
Si bien la lectura de Enrique Lihn no pertenece estrictamente a mi formación inicial como poeta, es un poeta que redescubrí en 2008 cuando fui de viaje a un festival de poesía en Chile y me partió la cabeza. En mi forma de leer poesía y de entenderla. Creo que este poema, que da título a uno de sus libros más importantes, condensa todos los temas que después su poética irá ampliando: el erotismo, la infancia, los fantasmas y la memoria. Me interesa el equilibro entre el lirismo y la forma narrativa en el poema y la radicalidad del uso del lenguaje (comenzar con La mixtura del aire ya da cuenta de ello). Esos versos finales (Soy en parte ese niño que cae de rodillas… y no he cumplido aún toda mi edad/ ni llegaré a cumplirla como él/ de una sola vez y para siempre) condensan quizá el misterio que encierra la poesía para mí: cierta discontinuidad en los tiempos verbales y en las situaciones vividas, (como el verso ¿Qué será de los niños que fuimos?). Se trata, quizá, de reconstituir, y a la vez que se reconstituye, de transfigurar, las escenas de la niñez y adolescencia para arrastrar a la memoria hacia el fantasma de lo real, hacia allí donde la experiencia y la expresión se gestan en una misma dirección.




La pieza oscura

La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabíamos no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.

Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos, la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.

Dejamos de girar por el suelo, mi primo Ángel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas confundiéndose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su aparición en el mito, como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado y seco.

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.

En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988)

Poemas elegidos, 76


Alejandro Méndez
(Buenos Aires, 1965)

Frutillas, de Edwin Morgan
Existe un tipo de poesía que tuvo una poderosa, aunque no evidente, influencia en mi escritura. La poesía erótica, y mi constelación de referentes ineludibles, tales como Safo, Constantino Kavafis, Pier Paolo Pasolini, Sandro Penna, Federico García Lorca, César Moro, Frank O´Hara, Jack Spicer; se vio completada hace apenas dos años por un poeta escocés: Edwin Morgan.
Elijo en especial este poema de Morgan, por el nivel de condensación, por el enlace progresivo de imágenes, sonidos y sentido. La sensación que tengo cada vez que lo leo es la de estar frente a una urdimbre perfecta, una amalgama, un diapasón. Cada palabra suena como una nota, y cada nota recrea a esa palabra. Es una poesía celebratoria que se abre al mundo y a la lectura como un festín.




Frutillas

Nunca hubo otras frutillas
como las que comimos
esa tarde agobiante
sentados en el escalón
de la ventana abierta
uno frente al otro
tus rodillas en las mías
platos azules en las faldas
las frutillas reluciendo
bajo la luz quemante
las metíamos en azúcar
y nos mirábamos
sin apurar el festín
para pasar al que vendría
los platos vacíos
juntos sobre la piedra
tenedores cruzados
y me incliné hacia vos
dulce en el aire aquél
sin resistencia entre mis brazos
de tu boca deseosa
el sabor de las frutillas
en mi memoria
me recliné otra vez
que pueda amarte
que pegue el sol
sobre nuestro abandono
una hora de todas
el calor intenso
relámpagos de verano
en las colinas de Kilpatrick

que la tormenta lave los platos.


Edwin Morgan (Glasgow, 1920- 2010)
Traducción de Laura Wittner




Foto: Alejandro Méndez en FB

lunes, julio 22, 2013

Poemas elegidos, 75


Lucas Soares 
(Buenos Aires, 1974)

Quince minutos después, de Ricardo Zelarayán
A contramano del decir poético general, para mí el mejor poema de La obsesión del espacio no es “La Gran Salina”, sino “Quince minutos después”. Cada vez que lo releo me impresiona cómo en los trece primeros versos Zelarayán anticipa todo el devenir de la relación de la que va a hablar, y cómo al mismo tiempo el poema gira en torno al armado de un poema (Salí de mi casa para verte, / con todas esas cosas en la cabeza...). Porque un poema irrumpe justamente así, mientras ordenamos (mentalmente) las cosas para salir; a partir de la combinatoria de elementos dispares. “Quince minutos después” conjuga todo lo que me interesa encontrar en un poema: lirismo, intromisiones del habla coloquial (primero escuchar, después escribir), frescura y el sonido acicateando el sentido.  




Quince minutos después 

 Estaba ordenando las cosas para salir...
 Y mientras ordenaba mis cosas
 veía al lobo,
 al lobo que fui
 y no sé si al lobo que seré...
 La palabra "cinzas",
 una palabra en una canción de Wilson Simonal,
 me atrae...
 Una palabra que no puede traducirse como cenizas, en castellano.
 Una palabra que resplandece como los ojos de los gatos en la oscuridad.
 O los faros de los coches en la ruta pavimentada,
 cuando la noche se hace madrugada
 entre Córdoba y Villa María.
 Salí de mi casa para verte,
 con todas esas cosas en la cabeza...
 lobo aullando junto a la "cinza" resplandeciente...
 ojos de gato gato en la oscuridad,
 faros de coches sonámbulos que se acercan y se alejan de Córdoba.
 Y llegué quince minutos después...
 No quisiste hablar.
 "Ya se me va a pasar", dijiste.
 Y durante un tiempo largo nos miramos en silencio.
 El plato vacío,
 el tuyo y el mío,
 eran más blancos que nunca.
 Y después vino el pedido.
 ¡A llenar el plato!
 ¡Tu plato y el mío!
 Y empezaste a hablar...
 ¡Y hablamos!
 Después de comer, un paseo.
 El sol no estaba...
 pero en ese momento, qué importancia tenía?
 Yo me sentía un inmenso pancito de azúcar
 rodeado de árboles muy verdes.
 Los trenes que pasaban a lo lejos
 eran un poco tus caricias tímidas,
 tus miradas…
Un perro trataba de jugar al fútbol
con dos chicos.
Un avioncito con motor giraba y giraba.
El paseo, el descanso, era un vuelo.
Y después el cine.
Un cine de domingo nublado.
Un cine de madera blanca,
donde la película, buena y todo,
al fin y al cabo,
fue lo de menos.
Después salimos.
Nos bastaban apenas
unas pocas palabras.
Y después...
Después siempre.
Pero yo recuerdo.

Ricardo Zelarayán  (Paraná, 1922-Buenos Aires, 2010)




Foto: Lucas Soares en Paradiso Ediciones

Poemas elegidos, 74


Rogelio Ramos Signes
(San Juan, 1950)

La isla en el lago, de Ezra Pound
Llevo una copia de este poema siempre conmigo (en la agenda, en la cartera, como señalador en algún libro) desde hace más de treinta años. Siento que Pound expresa por mí lo que yo no sabría cómo hacer.

















La isla en el lago

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrono de los ladrones,
dadme a su tiempo -os ruego- una pequeña tabaquería
con las cajitas relucientes
apiladas con esmero en los estantes
y el cavendish suelto y aromático
y el fuerte shag,
y el rubio Virginia
en hebras bajo el vidrio reluciente de los mostradores,
y una balanza no muy engrasada,
y las putas que entran a cambiar una o dos palabras al pasar,
a soltar un insulto, y arreglarse un poco el pelo.

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrono de los ladrones,
prestadme una tabaquería
o instaladme en cualquier profesión
excepto esta maldita profesión de escritor,
en que uno necesita su cerebro todo el tiempo.


Ezra Pound (Hailey, EE. UU., 1885-Venecia, Italia, 1972)
Versión de Gerardo Gambolini




Foto: Rogelio Ramos Signes en El Whisky Desnudo

domingo, julio 21, 2013

Poemas elegidos, 73


Griselda García
(Buenos Aires, 1979)

   Pues yo mismo vi con mis propios ojos a la Sibila colgando en una botella en Cumas, y cuando le dijeron los muchachos: Sibila, ¿qué quieres?, respondía ella: Quiero morir.
   Petronio, Satiricón. C. 48.

El entierro de los muertos, de T.S. Eliot
Llevo la marca de “El entierro de los muertos”. Este poema que abre La tierra baldía es el umbral a una tarea detectivesca. Investigar las referencias de nombres propios, citas en otros idiomas y origen de paráfrasis supone un trabajo arduo. Alguien podrá decir: “No se entiende”. Pero, ¿hay algo que entender en un poema? Las primeras veces que lo leí, fue más bien una búsqueda ansiosa de hallar un sentido. No sabía que después iba a disfrutar el no comprender. No entendía qué era lo que me inquietaba tanto. Me maravillaba y horrorizaba a la vez.
Te mostraré el miedo en un puñado de polvo: en aquella época, era algo de todos los días. Vivía en un barrio peligroso donde la muerte era palpable. Mi abuela era Madame Sosostris: En estos tiempos hay que tener mucho cuidado. Yo caminaba de casa al trabajo rodeada de muertos vivos: No creí que la muerte hubiera deshecho a tantos. Sabía que algo andaba mal, ¿pero qué? Lo único que podía hacer era leer y escribir. Mientras tanto, esperaba que el cuerpo de mi padre empezara a dar flores, o al menos hojas. Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,/ ¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?/ ¿O la escarcha repentina le ha estropeado el lecho? Con las relecturas algo de toda esa mezcla de memoria y deseo se fue sedimentando. Aun así el poema resplandece, más y más cada vez.
Mi semejante, mi hermano: el final, Baudelaire de la mano de Eliot, me enseñó que el poeta que no piensa en los lectores está destinado a no tenerlos.



I. El entierro de los muertos

     Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos mantenía calientes; cubriendo
tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
un poco de vida con tubérculos secos.
El verano nos sorprendió, llegando por encima
del Starnbergersee
con un chaparrón; nos detuvimos en la columnata,
y seguimos a la luz del sol, hasta el Hofgarten,
y tomamos café y hablamos un buen rato.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echt deutsch. (1)
Y cuando éramos niños, estando con el archiduque,
mi primo, me sacó en un trineo,
y tuve miedo. Él dijo, Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y allá que bajamos.
En las montañas, una se siente libre.
Yo leo, buena parte de la noche, y en invierno me voy al sur.

     ¿Cuáles son las raíces que se aferran, qué ramas crecen
de esta pétrea basura? Hijo de hombre,
no lo puedes decir, ni adivinar, pues conoces sólo
un montón de imágenes rotas, en que da el sol,
y el árbol muerto no da cobijo, ni el grillo da alivio,
ni la piedra seca da ruido de agua. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja,
(entra bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo diferente, tanto
de tu sombra por la mañana caminando detrás de ti
como de tu sombra por la tarde subiendo a tu encuentro;
te enseñaré el miedo en un puñado de polvo.

Frisch weht der Wind
Der Heimat zu
Mein Irisch Kind
Wo weilest du? (2)

"Me dijiste jacintos por primera vez hace un año;
me llamaron la chica de los jacintos"
-Pero cuando volvimos, tarde, del jardín de los jacintos,
tus brazos llenos y tu pelo mojado, no podía
hablar y me fallaban los ojos, no estaba ni
vivo ni muerto, ni sabía nada,
mirando en el corazón de la luz, el silencio.
Oed' und leer das Meer. (3)

     Madame Sosotris, famosa vidente,
tenía un fuerte resfriado, sin embargo
es conocida como la mujer más sabia de Europa,
con una perversa baraja. Aquí, dijo,
está su carta, el Marinero Fenicio ahogado,
(perlas son estos que fueron sus ojos. ¡Mirad!)
Aquí está Belladonna, la Señora de las Piedras,
la dama de las situaciones.
Aquí está el Hombre de los Tres Bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el mercader tuerto, y esta carta,
que está en blanco, es algo que lleva él a la espalda,
que me está prohibido ver. No encuentro
al Hombre Ahorcado. Tema la muerte por agua.
Veo multitudes de gente, dando vueltas en un círculo.
Gracias. Si ve a mi querida Mrs. Equitone
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
en estos tiempos hay que tener mucho cuidado.

     Ciudad irreal,
bajo la niebla parda de un amanecer de invierno,
una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos,
no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Se exhalaban suspiros, breves y poco frecuentes,
y cada cual llevaba los ojos fijos ante los pies.
Fluían cuesta arriba y bajando King William Street,
y donde Santa María Woolnoth daba las horas
con un sonido muerto en la campanada final de las nueve.
Allí vi a uno que conocía y lo paré, gritando:"¡Stetson!
¡Tú, que estabas conmigo en las naves en Mylae!
Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?
¿O la escarcha repentina le ha estropeado el lecho?
¡Ah, mantén lejos de aquí al Perro, que es amigo del hombre,
o lo volverá a desenterrar con las uñas!
¡Tú! hypocrite lecteur! - mon semblable, - mon frère!" (4)


  1. No soy ruso, para nada; vengo de Lituania, soy un verdadero alemán.
  2. “El viento sopla fresco/ hacia la tierra natal/ mi niña irlandesa/ ¿dónde te estás demorando?”, Tristán e Isolda, I, Versos 5-8
  3. “Desolado y vacío el océano”, Id. 2, verso 24
  4. “¡Tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!”, Baudelaire, prefacio a Las flores del mal.


T.S. Eliot (St. Louis, 1888-Londres, 1965)
Versión de José María Valverde



Foto: Griselda García por Guadalupe García

Poemas elegidos, 72


Luis Thonis
(Buenos Aires, 1949)

Rapsodia para el mulo, de José Lezama Lima
Este poema de Lezama Lima me tocó prematuramente. Tal vez cuando gritaba de chico sin motivo tenía la vaga visión del mulo cayendo en el abismo. Uno tiende a leer más sobre personas que poesía, aquí eso no contaba: ¿qué clase de criatura era ésta? ¿Tenía algo que ver con uno? Lezama no ofrecía consoladores.
La alegoría cuando está lograda es para mí la figura más potente del lenguaje: a eso llamo poesía. Dante y Kafka han demostrado que con ella se accede a lo real en su frontera imposible. Aquí hay una escena de origen. Impresiona con qué paso seguro va el mulo hacia el abismo, cómo Dios lo faja para que no se disperse. La carga que lleva encima es el peor de los fardos, “el agua de los orígenes” que se impone a la vida sin resto posible. El mulo es impotente para desplazarla. Los poemas del abismo tienen su contrapunto en los de viaje donde se desplaza el origen y se hace un duelo, como en el caso de Baudelaire que también supo de la fijeza del abismo que insiste.
En el poema el mulo evoca la estupidez, la ceguera, el desconocimiento del animal de carga, y el abismo siempre está ahí como el Sheol de los tiempos bíblicos que más que un lugar geográfico o dependiente de una cronología es un nudo de la lengua que insiste y que si se ignora termina por aspirarnos. Como alegoría, el mulo es una figura de nuestro tiempo, situada en un más allá del bien y del mal, de la relación clásica de la estupidez y la inteligencia; nos sitúa ante un nihilismo que saborea el abismo como el mejor de los banquetes.
El mulo de Lezama es todavía bíblico, hay mulos eufóricos que van hacia el abismo cantando como cisnes. Pero el mulo también puede ser la obstinación, no abdicar de las propias palabras, aun si el poder o la sociedad, impotentes para desplazar los orígenes, obligan a decir esto o aquello, por ejemplo, que el abismo ha sido vencido para propiciar las coronas y los buitres. Puede tener que ver con mi formación literaria porque siempre me interesaron los juegos de espejos del barroco, pero en cuanto a la vida diría que con el tiempo uno se deforma más que envejecer. Uno cree evolucionar, adquiere saberes, pero  esto no asegura el paso, a veces tanto más sabio, tanto más mulo si esto supone que el abismo desaparece. Cambia, de lugar  y vuelve a reaparecer como si la historia no hubiera existido y el paso del mulo recomienza: el poema en su vértigo quiere hacerlo audible.
La vida en obra de Lezama, otros poemas, me dicen que éste no fue una fatalidad, que en las peores circunstancias puede intentarse construir un lugar habitable, y que la literatura es un antidestino ante un abismo que reaparece bajo distintas máscaras, incluso a veces está sobre nuestra cabeza como si fuera el cielo mismo.




Rapsodia para el mulo

(Fragmento)

Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

Lento es el mulo. Su misión no siente.
Su destino frente a la piedra, piedra que sangra
creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro
pequeñísimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo

lo oscuro progresivo y fugitivo.

El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
–van creciendo corona tras corona–
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.

Seguir con su paso en el abismo.
Él no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:

¿No siente, no ama ni pregunta?

El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976)




Foto: Luis Thonis en los inRocks

sábado, julio 20, 2013

Poemas elegidos, 71


Marina Mariasch
(Buenos Aires, 1973)

La antología, de Susana Thénon
Algunos poemas tienen el poder de un vaticinio: eso que empieza a latir más fuerte y un día en el futuro serán uno, dos, tres, mil poemas. Es algo que se agrava "con la ambiguedad de la morfología" como dijo Barrenechea, Ana María, sobre la poesía de Thénon. Hay algo que se deforma, sí, la "criatura barro" que es hombre o es mujer, femenino / masculino. Pero la famosa poestisa no sería invitada a ninguna universidad norteamericana si no fuera mujer de un país tercermundista y todas las demás categorías que les caben a los departamentos de minorías.
También: la femeneidad está mal vista y se supone innoble que una mujer -poeta o no- quiera permanecer en el ámbito de lo doméstico, como una opción. Este poema pone en alza el ser mujer y a la vez no lo ensalza, pero piensa en la condición y la asume, no la espanta. Me gusta la poesía que se hace cargo de su lugar de enunciación. Sin cinismo, hablando en serio cuando habla en broma.
A veces quiero escribir como una mujer inculta y me acuerdo de este poema. Parece liquidar la eterna lucha entre cerebro y corazón. Y vuelvo a escribir con lo que tengo, porque "dios no funciona".


La antología

¿tú eres
la gran poietisa
Susana etcétera?
mucho gusto
me llamo Petrona Smith-Jones
soy profesora adjunta
de la Universidad de Poughkeepsie
que queda un poquipsi al sur de Vancouver
y estoy en Argentina becada
por la Pitufar Comissión
para hacer una antología
de escritoras en vías de desarrollo
desarrolladas y también menopáusicas
aunque es cosa sabida que sea como fuere
todas las que escribieron y escribirán en Argentina
ya pertenecen a la generación del 60
incluso las que están en guardería
e inclusísimamente las que están en geriátrico
Pero lo que me importa profundamente
de tu poesía y alrededores
es esa profesión –aaah ¿cómo se dice?-
profusión de íconos e índices
¿tú qué opinas del ícono?
¿lo usan todas las mujeres
o es también cosa del machismo?
porque tú sabes que en realidad
lo que a mí me interesa
es no solo que escriban
sino que sean feministas
y si es posible alcohólicas
y si es posible anoréxicas
y si es posible violadas
y si es posible lesbianas
y si es posible muy muy desdichadas
es una antología democrática
pero por favor no me traigas
ni sanas ni independientes

Susana Thénon (Buenos Aires, 1935-1991)



Foto: Marina Mariasch en Eterna Cadencia

Poemas elegidos, 70


Javier Cófreces
(Buenos Aires, 1957)

Volkswagen 57, de Jonio González
No sabría determinar con precisión mis referencias poéticas iniciáticas. Me sería imposible puntualizar si los influjos surgieron de los poetas beatniks (en especial, Corso, Ferlinghetti y Ginsberg -publicados en Ediciones del Mediodía-), o los surrealistas franceses (en especial Eluard, Arp y Souphault -editados por Visor-), o los españoles (en especial, Machado, Hernández y León Felipe -editados por Losada-)... Por lo tanto, iré a lo seguro. Me inclinaré por citar un poema de Jonio González escrito en la década del setenta y que recuerdo de memoria. Cuando lo leí por primera vez no tendría más de dieciocho años. Mi primo Jonio tuvo la culpa de que desde entonces me embarcara para siempre en este género ridículo. Esta evocación podría considerarse un agradecimiento, una manifestación de contagio o una evidencia de malformación genética. Por si fuera poco, el poema tiene por título el nombre de un auto y soy fierrero.



Volkswagen 57

Poetas anarquistas de mi infancia
mis descubridores de América
mis vikingos inmigrantes
nunca tuve pájaros
sino temores desteñidos
sonidos contra los ojos
algo así como batallas desiguales
como soldados hieráticos y tristes
por el mal irreparable
el sonido de los contrabajos
algún rinoceronte contrahecho

sombras en la oscuridad
mis entrañables amigos.

Jonio González (Buenos Aires, 1954)



Foto: Javier Cófreces en Ediciones en Danza

viernes, julio 19, 2013

Poemas elegidos, 69


Guillermo Boido
(Buenos Aires, 1941-2013)


L'infinito, de Giacomo Leopardi
Nunca tuve por costumbre honrar a aquellos a quienes he admirado y admiro por medio de retratos como los que frecuentemente adornan los estantes de una biblioteca o las paredes de una habitación. Sin embargo, jamás pude concebir un cuarto de trabajo que no estuviera presidido por la fotografía de un autor a quien, a lo largo de mi vida, he venerado sin reparos: Bertrand Russell. Hace mucho tiempo, en una remota adolescencia de la que pocos recuerdos sobreviven, yo andaba leyendo de aquí y de allá, desordenadamente, fragmentos de ciencia, temas de filosofía, algunos poemas. Parecían provenir de ámbitos estancos, galaxias incomunicadas, islotes de conocimiento separados por un mar imposible de ser atravesado por navío alguno. Hasta que un día descubrí un texto de Russell, incluido en su libro El impacto de la ciencia en la sociedad, de 1952, en el que mostraba que todas mis creencias eran pura arbitrariedad y prejuicio. Con envidiable claridad, sostenía que, si bien toda ciencia requiere el sustento de una filosofía, ésta ha ido variando de tiempo en tiempo. Russell recordaba entonces la de los philosophes del siglo XVIII  A juicio de éstos, el mundo carece de propósito, y el hombre es un episodio insignificante. La vastedad del universo les había producido un fuerte sentimiento de pequeñez y les había inspirado una nueva forma de humildad, que la ciencia debía respetar. Este punto de vista, agregaba Russell, “está muy bien expresado en un pequeño poema de Leopardi que refleja, más aproximadamente que cualquier otro que me sea conocido, mi propio sentir acerca del universo y de las pasiones humanas”. El poema era L’infinito, que Russell transcribe en la hermosa traducción de Robert Trevelyan: Dear to me always was this lonely hill / And this hedge that excludes so large a part /Of the ultimate horizon from my view…
A la hora  de escoger una versión castellana del poema de Leopardi, recordé las vicisitudes de los traductores, tal como han sido presentadas en un notable trabajo de P. L. Ladrón de Guevara Mellado, “L'infinito de Leopardi: evolución histórica de su traducción al castellano” (1991). Pero preferí dejar tales consideraciones en manos de los filólogos y escoger aquella traducción incluida en el remoto texto de Russell, leído en mi adolescencia y que aún conservo, a partir del cual comencé a comprender que en un mismo discurso pueden coexistir ciencia, filosofía y poesía, porque la unidad de la cultura humana no admite ámbitos estancos, galaxias incomunicadas, islotes de conocimiento separados por un mar imposible de ser atravesado por navío alguno. Es la que sigue.




El infinito

Siempre caro me fue este  monte yermo
y este seto que tanta parte excluye
del último horizonte a la mirada.
Mas sentado y mirando, un infinito
espacio tras aquélla, un sobrehumano
silencio y una calma profundísima
en mi  mente imagino, con que casi
me tiembla el corazón. Oyendo el viento
murmurar en las ramas me descubro
comparando su voz al infinito
silencio, y en lo eterno pienso entonces,
en las estaciones muertas, y en la presente,
viva, y en sus sonidos. Y de este modo
en esta inmensidad se hunde mi pensamiento:
y es dulce naufragar en este mar.

Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837)
Traducción de Juan Novella Domingo



Foto: Guillermo Boido por Ana Laura Monserrat