lunes, septiembre 30, 2013

Jordi Doce / Sylvia Plath

(McLean Hospital, 1953)
 
Puedo sentir el mar, o un fondo de campanas.
El ruido de gaviotas me reconforta, alivia
mis ataques. De vez en cuando una enfermera

ajusta la almohada o despliega las sábanas
hasta que siento un peso en mi barbilla
y no hay frío. Los gritos que escucho en la distancia

son eco y droga. Me visitan madres, parientes,
pero me canso pronto y ellos dudan. Los días
sisean como ancianas y un instinto de sol

agita las cortinas: es agrio como el alma,
y desmedido, y turbio. Hay una hoja al pairo
en mis venas, y cada noche se abre camino

hasta el nudo preciso de mi piel. Y si atiendo
siento el rumor del agua y de una quilla
partiendo el espinazo de la lengua.

Jordi Doce (Gijón, 1967), "Primeros poemas", 1990-1993, Antología en Portal de Poesía

domingo, septiembre 29, 2013

Patrick Kavanagh / Recuerdo de mi padre



Cada viejo que veo
me recuerda a mi padre
cuando se enamoró de la la muerte
una vez cuando se recogían las gavillas.

Ese hombre que vi en Gardner Street
tropezando con el cordón de la vereda fue uno,
me miró como distraído,
podría haber sido su hijo.

Y recuerdo al músico
vacilando sobre su violín
en Bayswater, Londres,
él también me planteó el enigma.

Cada viejo que veo
en tiempo color octubre
parece decirme:
"Una vez fui tu padre".

Patrick Kavanagh (Monaghan, 1904 - Dublin, 1967), Ploughman and Other Poems, 1938
Versión de Jorge Fondebrider


Memory of my Father

Every old man I see
Reminds me of my father
When he had fallen in love with death
One time when sheaves were gathered.

That man I saw in Gardiner Street
Stumble on the kerb was one,
He stared at me half-eyed,
I might have been his son. 

And I remember the musician
Faltering over his fiddle
In Bayswater, London.
He too set me the riddle. 

Every old man I see
In October-coloured weather
Seems to say to me
"I was once your father."


Copyright © Estate of Katherine Kavanagh

sábado, septiembre 28, 2013

Orlando en verso y prosa, VII

1. La irresistible Alcina


 De este lado del río ve Rogelio a la gigantesca Erifila montada en un lobo no menos enorme, como jamás se ha visto en tierras italianas.  Aparece cubierta del más fino metal, adornado con gemas de color diverso: rubí bermejo, crisólito amarillo, verde esmeralda, flavo jacinto. En el escudo y en la cimera, un gordo sapo le sirve de insignia.
Ambos se embisten a los gritos. No necesita más que un golpe Rogelio para derribarla, en lo que será su última acción militar por un largo tiempo. Las chicas del Unicornio le dicen que no hace falta degollarla y el campeón deja a la giganta tendida en el prado, para ser conducido por un camino boscoso y áspero a la colina que domina el paraíso de la maga. Ella misma sale de su palacio de oro y gemas a recibir al héroe.


La bella maga Alcina hacia Rogelio
avanza desde la primera puerta,
y lo acoge con semblante señorial,
rodeada por distinguida corte.
Todos le hacen tantos honores, tantas
reverencias al ínclito paladín,
que no harían más, si pisara el suelo,
a Dios padre venido desde el cielo.

No tanto aquel palacio era excelente
porque venciese a otros con su riqueza,
cuanto porque albergaba a cortesanos
más gentiles que todos y más bellos.
Poco eran, entre unos y otros, distintos
en florecida edad y en hermosura;
entre todos Alcina era más bella,
como es más bello el Sol que cada estrella.

Su cuerpo estaba tan bien conformado
cuanto los fingidos por pintores en sus telas:
rubia cabellera, larga y anudada,
no hay oro que más brille y resplandezca.
Se esparcía por la tersa mejilla
mixto color de rosas y ligustro; *
de torneado marfil la frente quieta,
el espacio cerraba en justa meta.

Bajo negros, sutilísimos arcos,
dos negros ojos, o mejor, dos soles,
píos al mirar, lentos al moverse;
en torno parecía que Amor iba
y que descargaba todo su carcaj
y uno a uno derribaba corazones;
de allí, la fina nariz desciende
y no encuentra envidia que la enmiende.

Bajo aquélla, entre dos vallecitos
la boca era de natural bermejo;
y dos filas de perlas elegidas
al abrirse mostraba el dulce labio;
salían de allí corteses palabras
que vencían el corazón más duro,
y la risa, fluyendo desde el viso,
desplegaba en la tierra el paraíso.

Nieve blanca, el cuello; leche, el seno;
el cuello redondo, el pecho colmado:
dos manzanas salvajes, hechas de marfil,
subían y bajaban como las ondas
cuando el aire plácido combate el mar.
No podría el todo verlo Argos: **
se adivina cómo corresponde
a lo visto aquello que se esconde.

Los brazos eran de medida justa;
y las cándidas manos se asomaban,
largas un poco, mas de anchura angosta;
sin nudo ni vena que se destacara.
Se asomaba al final de esta belleza
el breve, delgado, dulce combo pie.
Formas de un ángel, hechas en el cielo,
no se pueden celar tras ningún velo.

Ese cuerpo entero tiende lazos
cuando habla o canta o ríe o camina;
no es extraño que Rogelio caiga
en ellos, tan bella le parece.
Lo que de Alcina le dijo el mirto
-cuan pérfida es-, poco lo recuerda;
el engaño o la traición no avisa
el suave reír de esa sonrisa.


Bradamante, la bella guerrera, se eclipsa en el corazón de Rogelio, del mismo modo que se diluye en su mente la veracidad de la advertencia de Astolfo.  Esa misma noche, rodeado de los cortesanos más bellos, sutiles y mejor ataviados que puedan imaginarse, el paladín cena con Alcina. A la degustación de los manjares sigue un juego que consiste en confesar al más próximo algún secreto. Como resultado de la diversión, algunos se van juntos a la cama. No así Rogelio, quien sin embargo parece haber escuchado en sus oídos la más deseada promesa de Alcina. Espera ahora, entre suaves linos, a la maga.


A cada pequeño sonido que oía,
esperándola, alzaba la cabeza,
le parecía sentir, pero no era;
reconocido el engaño, suspiraba.
A veces salía del lecho y abría,
miraba afuera, y no veía nada;
y maldecía cada vez la hora
que le hacía sufrir tanta demora.

Se decía a cada instante: "Viene",
y comenzaba a contar los pasos
que podía haber entre la estancia
de Alcina, y esta, en que la esperaba;
En tanto la dama no aparece,
su cabeza vuela en fantasías.
Sobre mil cosas piensa, en vano,
que alejan el fruto de su mano.

Luego que terminó de perfumarse
con ricos aromas en su cámara,
y llegado el momento más propicio,
ya que en la casa todo estaba quieto,
la maga Alcina sale de su estancia;
y callada, por un camino oculto,
va hacia donde aquél teme y espera,
el alma entre el "es" y el "no era".

Cuando contempla el sucesor de Astolfo
aparecer allí la riente estrella,
como si tuviera azufre en las venas,
siente que se le enciende todo el cuerpo.
Flota dichosa su vista en un golfo
de grandes delicias y cosas bellas.
Salta del lecho, nada en él que dude,
sin esperar a que ella se desnude,

aunque hábito y enagua no llevaba:
la cubría solo una fina seda
que había echado sobre la camisa,
blanca y sutil en extremo grado.
Cuando él la abrazó, se cayó ese manto;
el resto la cubría cuanto cubre,
de igual manera por detrás y el frente,
lirios o rosas, vidrio transparente.

No con tanta fuerza ciñe la hiedra
las plantas que se alzan a su vera,
cuanto se apretaron los dos amantes,
tomando del espíritu en sus labios
suave flor: no crece ninguna igual
en la fragante arena india o sabea.
De su gran placer, decir a ellos toca,
pues tenían dos lenguas en la boca.



2. Bradamante desconsolada


Estaba Rogelio en tal dicha y fiesta,
mientras Carlos en brega, y Agramante.
De sus historias no querré, por ésta,
olvidarme; ni la de Bradamante,
que con trabajo y con pena molesta
lloró tan largo al deseado amante,
luego que partió por tan rara vía
y no supo a dónde, y si vivía.

Por muchos días anduvo Bradamante, infatigable, por bosques oscuros y por campos, por villas y ciudades, incluso entre los vivaques de los moros, valiéndose del anillo mágico que podía hacer invisible a su portador. No puede creer que Rogelio esté muerto, porque la muerte de un hombre tan grande resonaría de uno a otro confín. Decide pues volver a las reliquias de Merlín. El mago podrá revelarle sin dudas el destino de Rogelio. En el camino, encuentra a la discípula del mago por antonomasia, Melisa. Ella, a su vez, iba en su ayuda porque ciertamente conocía el paradero del paladín de los moros.

Lo vio sobre el caballo volador
que no podía gobernar, sin freno,
apartarse por larguísimo tiempo
por desusada senda peligrosa;
y sabía que estaba entretenido
en ocio, comidas y dulce lecho,
y sin memoria alguna de su señor,
de su amante doncella, de su honor.

Y así la flor de los más bellos años
en larga inercia podía perder
un paladín como él, y perder luego
el cuerpo y el alma, arrebatados;
la fragancia que queda de nosotros
luego que el resto frágil ha partido,
y más que el epitafio nos recuerda,
tronco sería, o hierba, o cerda.

Cuando se encuentra con la maga, Bradamante escucha el relato de ella con dolor  y estoicismo. No piensa que Rogelio ya no la quiere, sino que está en peligro. A pedido de la maga, le da el anillo de Angélica. La maga parte de inmediato hacia la isla de Alcina montando un corcel que hace surgir de los infiernos. Llega en una noche y tiene la fortuna de encontrar a Rogelio solo, paseando junto a un arroyo. Está completamente reblandecido, cubierto de anillos y collares,  perfumado con exceso y ya un poco gordo. Se muestra ante él en la figura de Atlante y lo reconviene.

"Médulas de osos y de leones
te di entre los primeros alimentos;
te llevé por cavernas y horridos barrancos
siendo niño aún a estrangular serpientes;
a panteras, tigres, arrancar las zarpas;
a los jabalíes quitarles vivos los colmillos,
¿a fin, pues, de que tanta disciplina
Adonis te hiciese o Atis de esta Alcina?

"¿Es esto, aquello que las estrellas,
las sacras vísceras, los unidos trazos,
responsos, augurios, sueños y todas esas
suertes en las que he consumido mis estudios,
prometido de ti, desde que mamabas,
me habían, así que pasaran los años?
¿No era que con tus armas invencibles
harías tantas obras increíbles?”

En la figura de se protector, Melisa le ruega que al menos no olvide a sus descendencia, la cual no nacerá si permanece en ese estado.



3. La cruda realidad

Al caer en los lazos de Alcina, Rogelio ha vuelto a vivir en un mundo engañoso de placeres, del mismo tipo del que le había armado su protector y del que lo liberó Bradamante. Como si viviera siempre en Babia, sin otra realidad -la que a menudo pierde- que la fuerza de su brazo. Ahora es el propio Atlante quien se lo recrimina. Una vez más desconcertado, abatido por las amonestaciones de quien cree que es su maestro, y seguramente también por la escalofriante sucesión de engaños y desengaños, Rogelio deja que la maga le calce el anillo y el hechizo de Alcina desparece. De inmediato, cambian sus sentimientos.


En odio la tuvo, pese a que tanto
la había amado; no parezca raro,
ya que su amor fue fruto del engaño,
que teniendo el anillo se hizo vano.
Puso el anillo asimismo en evidencia
que la beldad de Alcina era ilusión;
de la trenza al pie, ajena su beldad;
cayó lo bello y quedó la fealdad.

Como un chico que maduro fruto
guarda y olvida luego dónde está,
y mucho después va por la senda
donde lo puso, lo reencuentra
y se asombra de que esté podrido,
y no fresco como fue dejado,
y allí mismo, donde supo amarlo,
lo odia y no duda en arrojarlo,

así sintió; y luego que Melisa
lo hizo retornar a la hechicera,
con el anillo ante el cual no cabe,
si está en el dedo, obrar encantos,
ve, aunque no se crea, en vez
de la bella a la que había dejado,
una mujer a tal punto asquerosa
que no existe más vieja y horrorosa.

Pálido, crespo y macilento tenía
Alcina el rostro; la crin rala y canosa;
su estatura a seis palmos no llegaba;
todo diente de su boca había caído;
pero más que Hécuba y más que la
de Cumas y toda otra había vivido. ***

Advertido por Melisa, Rogelio disimula su horror y su odio. Debe primero asegurarse la salida.

Como le aconsejó Melisa, se contuvo,
sin mudar el habitual semblante,
hasta que sus armas, ya olvidadas,
pudo vestirse del yelmo al pie.
Para no darle sospechas a la maga,
fingió probar si aún era gallardo
-fingió probar si podía calzarlas
o si había engordado de no usarlas-.

Y a Belisarda la calzó en el flanco
(que tal nombre su espada designaba),
y el encantado escudo lo alzó también,
el que solía encandilar la vista
y hacía que el espíritu flaquera
y pareciera abandonar el cuerpo.
Con una seda entero lo cubrió
y del cuello también se lo colgó.

Fue al establo, y brida y silla dijo
pusieran a un palafrén más oscuro
que la pez; Melisa le había dicho
cuán ligero era cuando galopaba.
Quien lo conoce, Rabicán lo llama;
y es el mismo que, con aquel caballero
a quien sacuden los vientos de la mar,
la ballena condujo hasta el lugar.

Podía haber montado al hipogrifo,
pues junto a Rabicán estaba atado,
pero Melisa dijo: "Ten presente
que (como sabes) es desenfrenado."
Le dijo que lo llevaría luego
a algún paraje lejos de ese sitio,
donde con calma domarlo pudiera
y a Rogelio, manso, obedeciera.

Sospechas no dará, si no lo toma,
de la tácita fuga que prepara.
Rogelio hace como Melisa dice:
invisible le hablaba en el oído.
Así fingiendo, del lascivo y muelle
retén de la vieja puta salió;
y galopó derecho hasta la vía
que hacia el de Logistila conducía.

Asaltó a los guardianes de improviso;
se arrojó contra aquéllos fierro en mano,
y quien no salió herido, salió muerto;
y corrió presto a atravesar el puente.
Mucho antes de que Alcina se enterara,
ya había recorrido un gran espacio.
En otro canto diré qué senda hizo,
después de que zafara del hechizo.


Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

 * Se refiere sin duda a la flor del ligustro, que suele ser blanca y muy delicada. Los parangones de estos versos hallan antecedentes en Bocaccio, Petrarca y Polizano, y se remontan a la poesía provenzal; se los hallará también en el Siglo de Oro español, en Góngora precisamente ("oro, lirio, clavel, cristal luciente"). En cada caso, hay variantes: lirio por ligustro, clavel por rosa, cristal por marfil (en tanto se refiere la tersura, no la apariencia);  luego, nieve por blanco; perlas por dientes, etc.

** Argos Panoptes, el gigante mitológico de mil ojos.

*** Compara a la maga Alcina con otras mujeres de vejez legendaria, como la troyana Hécuba, mujer de Príamo y madre de innumerables hijos, quizá cincuenta, y la Sibila de Cumas.

John Burnside / Dos poemas

Pueblo minero en invierno

Todo se desvanecía en la nieve,
nudillos de carbón y huesos de zorro
y muñecas abandonadas en los jardines,
con labios encarnados y desnudas.

Sacábamos las palas para limpiar las calles,
pero al llegar la noche volvían a esfumarse
y los coches yacían enterrados y mudos
en Fulford Road.

Como si nos hubiéramos perdido, decía ella;
mas yo sentía a los vecinos soñando en la negrura,
y los veía envueltos en bufandas y abrigos
los domingos: almas prudentes, de pies estrechos,
convertidas en vástagos de una luz repentina,
asombradas de verse tan misteriosas.

de El mito del gemelo, 1994

Sueño

Llegamos tan lejos, luego nos detuvimos para vernos:
este oro menor, esa memoria de la luz,
ángeles y pájaros en los árboles como en un cuadro primitivo;

y, aunque fuimos cuidadosos,
sabíamos que volvería a suceder,

la vida que olvidamos al morir
en el surco rayado
y repitiéndose, todo giro y chasquido

y palabras que ya no dicen nada,
igual que una canción de los cincuenta.

Entretanto, la eternidad aguarda: todas las sombras y destellos
que habríamos podido ver, hechos de los que habríamos podido ser testigos,
agachadiza, limoncillo, el clima en Roma o en Calcuta,

y, más allá, en la extensión de luz y tiempo,
los extraños con sus abrigos de lana y sus sombreros,
pasando adentro a una niñez que nada puede cancelar:

el viento en el piso de arriba, o el ferry de las nueve en punto
cruzando de aquí a allá en una lenta estela de nubes,

y abajo, en algún sitio, donde la gente llega o disminuye,
vísperas de radio y vapor
ante una cosecha de botes recién etiquetados.

de Un ensayo sobre narrativa I, inédito

John Burnside (Dunfermline, Escocia, 1955), en Fogonero emergente
Versiones de Jordi Doce



The Pit Town in Winter

Everything would vanish in the snow,
fox bones and knuckles of coal
and dolls left out in the gardens,
red-mouthed and nude.

We shovelled and swept the paths,
but they melted away in the night
and the cars stood buried and dumb
on Fulford Road.

We might as well be lost, she said;
but I felt the neighbours dreaming in the dark,
and saw them wrapped in overcoats and scarves
on Sundays: careful, narrow-footed souls,
become the creatures of a sudden light,
amazed at how mysterious they were.


Sleep

We came so far, then stopped to see ourselves:
this minor gold, that memory of light,
angels and birds in the trees, like an early painting;

and though we were careful,
we knew it would happen again,

the life we forgot in the dying
stuck in its groove
and repeating, all shuffle an click

and words that have passed beyond sense,
like a 50s pop song.

Meanwhile, eternity waits: all the shadows and glints
we might have seen, the facts we might have witnessed,
lemongrass, godwit, the weather in Rome, or Calcutta,

and, elsewhere in that sprawl of light ant time,
the strangers, in their hats and winter coats.
coming indoors to a childhood that nothing can finish:

wind in an upstairs room, or the nine o’clock ferry
crossing from here to the there in a slow trail of clouds,

and, somewhere below, where the people arrive or diminish,
an evensong of steam and radio
played to a crop of freshly-labelled jars.


viernes, septiembre 27, 2013

César Vallejo / Los pasos lejanos

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce...
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huida a Egipto, el restañante adiós.
Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.


César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), "Heraldos negros", 1918, Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968

Aníbal Cristobo / De "Krakatoa"

Hija del pastizal (backpacker version)

A veces miro y está nevando sobre un parque
industrial, sobre el perro que custodia un hotel
bombardeado, sobre las plantaciones de arroz

controladas por puestos de vigilancia que se suceden
del otro lado de la ventanilla
del micro; y si puedo patear

debajo del asiento, y pateo, siempre espero encontrarte
dentro de mi mochila. Esa soy yo, leyendo

cómo irme, cómo fotografiarme
tomando este café con leche en otro highlight
de la carretera, en otro de mis hits
secretos. Una nota

en el diario dice: "dentro de poco

voy a llegar a un lugar igual a
éste, pero mucho
mejor; y mucho más lejano".

Aníbal Cristobo (Buenos Aires, 1971), Krakatoa, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2012

jueves, septiembre 26, 2013

Irene Gruss / "Era lo que Diana..."

"Era lo que Diana más temía:
que la realidad irrumpiera"
                                       Liliana Heker

Consecuente, ella empezó a lavar su ropa.
Puso agua en un balde
y agitó el jabón, con un sentimiento ambiguo:
era un olor nuevo y una nueva certeza
para contar al mundo.
"Mirar cómo se rompen las burbujas, dijo,
no es más extraño que mirarse a un espejo."
Creía que hablaba para sus papeles
y se rió, mientras tocaba el agua.
La ropa se sumergía despacio, y
la frotaba despacio, a medida que
iba conociendo el juego.
Decidida,
tomó cada burbuja de jabón
y le puso un nombre; era
lo mejor que sabía hacer hasta ahora,
nombrar, y que las cosas
le estallaran en la mano.

Irene Gruss (Buenos Aires, 1950), "La luz en la ventana", 1982, Humo. Antología personal, Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2013

miércoles, septiembre 25, 2013

Aldo Oliva / Dos poemas



* Pie de página

Sé que soy hijo de un aire pisoteado,
de un barro levantisco,
del borramiento
de númenes sombríos.
En el cuenco ofertorio
que mi nacer forjó
y llamaron mi mano,
un pétalo -que ahora
de nácar sueño-,
larga, gozosamente,
-una críptica
agitación evanescente-
marchitó
el aroma surgente
de su icor.
            Ausencia
geminal, que mis hijos,
surtiendo, colmarán
de barro pisoteado,
de aire levantisco:
conmovida,
irradiante corola
de ávida fragancia;
solidaria, alta cabriola;
tenacidad de ternura;
fintas solapadas de honda
insurgencia.
Un cosmos, en la palabra,
de la mutación floral,
que irrumpa.
Fisura,
lírica punción
en la entraña perpetrada
de la opacidad del ser.


Mazuleina

Dies irae -la leyenda
del tiempo en la memoria-
grabó la estampa de azúcares agriados:
la caída del azor desbañado
sobre el columbario;
la aspersión de las péñolas,
azoradas, desde lo alto;
el vano vuelo mustio, erosionando
por solapados gránulos de azufre.

Pero un gesto de gracia
giró el caleidoscopio:
lapislázuli, en ojos ofertorios;
tierna, temeraria entereza
cribando la violencia del mar,
para surcarlo.

Y así, derivando en la cresta
alucinada de las olas,
se tramó la insurgencia
del hálito floral de acariciantes
zalameas de azaleas,
tácitas renuencias,
en la sima,
de aquel naufragio azul,
en que se hundió esta mano.


Aldo Oliva (Rosario, 1927-2000), "De fascinatione", 1997, Poesía completa, Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2003

martes, septiembre 24, 2013

Orlando en verso y prosa, VI

1. El caballero negro

Pobre quien mal obrando se confía
en que siempre estará el delito oculto:
cuando todo calla, en torno gritan
el aire y la tierra en que está sepulto.
Dios suele hacer que el pecado lleve
al pecador, luego de un breve indulto,
a acusarse a sí mismo, sin encuesta
que sea expresamente manifiesta.

Polineso apuró él mismo el triste desenlace de su fraude. Podría no haber hecho nada y tal vez nadie se habría enterado, pero al ordenar el asesinato de Dalinda, se condenó a sí mismo. Apurando una segunda felonía, reveló toda la madeja de su mal.
Pero es hora de que sepamos quién era el caballero negro que defendió a Ginebra. Instado por el rey, los cortesanos y la multitud, el héroe enmascarado se quita el yelmo. No es otro que Ariodante.

Ariodante, por quien Ginebra lloró
creyéndolo muerto; y el hermano, y el rey,
y la corte, y el pueblo entero, y todos;
que tanto era su valor, tanto brillaba.
Por esto, del peregrino pareció
que había mentido todo lo narrado.
Aunque era cierto que, desde aquella roca,
lo vio arrojarse al océano de boca.

Pero (suele sucederle al desesperado,
que de lejos a la muerte llama y desea,
y la aborrece cuando la tiene próxima,
porque le parece ese trago acerbo y duro),
Ariodante, luego de que se tiró a la mar,
se arrepintió de hacerlo; y como era tan fuerte,
y diestro, audaz, y más que otros preparado,
a flotar se dio, y volvió a la orilla a nado;

y abominando y proclamando loco
aquel deseo de dejar la vida,
empezó a caminar, mojado y débil,
y pudo hallar refugio en una ermita.
Se quedó secretamente, hasta que,
difundida que fuese la noticia,
supiera si Ginebra se alegraba,
o si triste y piadosa se mostraba.

Se enteró así que por el gran dolor
ella estuvo muy cerca de la muerte
(la fama viajó de tal modo fuera
y dio que hablar a toda aquella isla):
era lo contrario a lo que esperaba,
luego de lo que creyó ver, dolido.
Y supo dicho el acto condenable
en la corte del padre, venerable.

Por el hermano, no arde mucho menos
que lo que arde de amor por su Ginebra;
la acción de él le parece cruel, impía,
aun cuando la sostenga en su memoria.
Sabe además que no habrá en todo el reino
un paladín que quiera defenderla
(pues Lurcanio es tan fuerte y tan gallardo
que todos tienen miedo de enfrentarlo;

y quien lo conociera lo sabía
tan discreto, tan prudente y tan sabio,
que si la acusación no fuese cierta
no se pondría en riesgo de ser muerto;
por esto es que dudaban casi todos
de asumir decididos la defensa);
Ariodante, tras un largo debatirse,
decide que asistirá para medirse.

"¡Ah desgraciado! -decía-; no puedo
soportar que por mis manos él muera;
sea mi propia muerte amarga y mala,
si veo que perece por mi causa.
Pero ella es mi dama, ella es mi diosa,
es la luz pura que más me ilumina:
amerita que, para su salvación,
me arme yo, y me inmole en esa acción.

"Sé que con esto no soy justo: sea;
y si muerto, ni eso me conforta,
porque sé que, a causa de mi muerte,
morirá también esa hermosa flor.
Triste consuelo me dará la muerte:
que, si su Polineso dice amarla,
ella muy claramente habrá podido
ver que en su ayuda ahora no ha acudido;

y de mí, a quien hirió expresamente,
verá que he combatido por salvarla.
De mi hermano que pretende inmolarla,
me vengaré de una u otra forma;
le dolerá, cuando haya comprendido
a qué condujo este pésimo asunto:
cree que podrá vengar a su hermano,
y le habrá dado muerte con su mano."

Resuelto que tuvo esto en su cabeza,
halló nuevas armas, nuevo caballo
y túnica negros; escudo negro
halló, con franjas verdes y amarillas.
Encontró por ventura un escudero
desconocido en aquella comarca;
todo de negro, como he narrado,
se presentó ante su hermano, armado.

El rey se alegra tanto por la noticia cuanto se había alegrado de que su hija no tuviese que ser sacrificada por una ley que él mismo mantenía. Concede sin dudarlo la mano de la princesa al joven noble italiano y como dote le da el ducado de Albany. Reinaldo impetra gracia por la infeliz Dalinda. Es perdonada y marcha a vivir a un convento en Dacia. *
Terminado de la mejor manera el incidente, es hora de volver a alguna de las otras tramas de este relato.


2. La isla hechizada


Tiempo hace que, a caballo del hipogrifo, Rogelio ha dejado atrás el mar que sellan  las Columnas de Hércules. Comienza a preocuparse. Incluso, tal vez, a temblar.
Nadie vuelva tan rápido como el hipogrifo. Nadie ni nada. Pero el monstruo alado también suele cansarse, a juzgar por el hecho de que, en cierto punto, el movimiento de sus alas mengua y comienza a descender en círculos sobre una isla. No hay empero tal cansancio.  El hipogrifo está cumpliendo un programa dictado por los encantamientos de Atlante, que no se resigna a abandonar a su suerte a Rogelio.
La isla es, como cabría esperar, paradisíaca.  Suaves pendientes, bosquecillos encantadores, umbrosas rocas, fuentes transparentes se ofrecen a la vista de Rogelio.  En los prados vagan libremente ciervos y conejos. El laurel perfuma el aire. Cantan los ruiseñores.
El paladín ata al salvaje, y hasta entonces indomable hipogrifo, como a un manso caballo, se quita el duro yelmo, se descubre las manos enguantadas de fierro, y hacia la marina y los montes vuelve la cara para refrescarse. Moja con agua de una fuente los labios resecos y comienza a beber, pero es interrumpido por los nerviosos movimientos del hipogrifo, que continúa atado a un mirto.


Como el tronco que ya toda su médula
ha perdido y que fue puesto en la hoguera
y, por el calor, el aire atrapado
en sus entrañas se calienta y lo hincha,
y dentro resuena y bulle con ruido,
hasta que lanza afuera todo el furor,
así resuena, grita y se desboca
el mirto herido, al fin llena la boca. **

Con tristísima y quejumbrosa voz
sacó expedita y clara la palabra
y dijo: "Si eres tú cortés y pío,
como demuestra tu buena presencia,
saca a este animal del árbol en que estoy,
me basta con el mal que me castiga,
sin que mayor dolor o pena fiera
venga a atormentarme desde afuera."

Al primer sonido de tan rara voz,
Rogelio se volvió y se incorporó,
y cuando oyó que venía del árbol,
quedó más asombrado que ninguno.
Fue prestamente hacia el caballo alado
y con la cara roja de vergüenza:
"Quien seas, perdóname el ultraje,
alma -dijo- o diosa del follaje.

"Yo no supe que podía esconderse,
bajo silvestre faz, un alma humana:
me ha confundido esta hermosa foresta
y le hice injuria a su mirto viviente;
pero no quede yo sin la respuesta
acerca de quién, en cuerpo enzarzado,
con voz de un alma racional no muere;
así Dios del granizo te libere.

"Y si puedo, más tarde, compensarte
de alguna manera el daño infligido,
por una bella dama te prometo
-con ella dejé lo mejor de mí-
que por igual con actos y palabras
cuando sea preciso habré de honrarte."
Mientras él a sus dichos fin ponía,
el mirto, infeliz, se estremecía.

Revela el mirto el alma que encierra: es Astolfo,  paladín de Francia, heredero de Inglaterra, primo de Orlando , de Reinaldo y de Bradamante.  Ha llegado a esa isla por un maldito encantamiento tramado por una maga. Ha sido la amante de ella. Luego,  la maga lo convirtió en mirto. Todo comenzó cuando regresaba con Reinaldo y otros desde las islas del Índico, por las playas de aquel lejano mar. Caminaban los caballeros bajo el sol y el viento seco. La maga Alcina solía pescar por allí atrayendo la pesca hacia su costa. Y no solo peces pescaba.

"Veloces corrían los delfines;
iban con la boca abierta los atunes;
los cachalotes, las focas se acercaban,
arrancados de su pereza marina;
salmonetes, corvinas, salpas, salmones,
nadaban en rápidas hileras;
bigotudos, peces sierra, orcas, ballenas
poblaban, monstruosos, las arenas.

"Vimos una ballena, la más grande
que jamás fuese vista en ningún mar;
once pasos se alzaba por encima
de las ondas su gigantesca espalda.
Caímos todos en el mismo error:
como estaba detenida, inmóvil,
creímos estar ante un gran islote
pero era un soberano cachalote.

"Alcina hacía salir peces del agua
con palabras y puros encantamientos.
Alcina nació con el hada Morgana,
no sé decir si del mismo parto, o antes
o después. Me miró Alcina, le gustó
mi aspecto, según bien lo mostró su cara.
E imaginó, con ingenio y con engaño,
apartarme. Y se dispuso a hacer el daño.

"Salió al encuentro con cara amigable,
graciosos y reverenciales modos,
y dijo: -Caballeros, si les place
ser hoy agasajados en mi casa,
puedo ofrecerles las piezas del mar:
muchos peces de distintas especies,
escamosos, lisos, hasta con pelo:
hay tantos, como estrellas en el cielo.

"Si quieren contemplar una sirena,
que con dulcísimo canto aquieta el mar,
debemos ir hacia ese promontorio,
al que suele venir para estas horas."
Y nos mostró la ballena enorme que,
ya dije, parecía un gran islote.
Y yo siempre (no menos esa vez)
voluntarioso, fui y me subí al pez.

"Reinaldo hacía señas -igualmente
Dudón- de que no fuese. Pero fui.
La maga Alcina, con cara dichosa,
siguió mis pasos y dejó a los otros.
El cachalote al que había encantado
comenzó a nadar sobre el oleaje.
Me arrepentí de esta estupidez
cuando estábamos lejos, sobre el pez.

Así el primo de Bradamante, paladín de Francia y heredero de Inglaterra, se arrojó a los brazos de Alcina, que lo colmó de delicias amatorias en un riquísimo palacio. Pronto sin embargo cayó en desgracia. Y entonces supo la cruel verdad: los amantes de Alcina terminaban convertidos en plantas, fuentes, piedras o bestias.
Recluida en otro castillo,  la hermana de Alcina, Logistila, mantiene una porción de la isla. Y así como Alcina y Morgana encarnan la vileza y la lascivia, Logistila es la imagen de la pureza y la honestidad.
Nada puede hacer Rogelio en bien de Astolfo, al menos por el momento. Decide pues marchar hacia el castillo de Logistila llevando al hipogrifo de las bridas. De lejos avizora el palacio de oro de Alcina, pero sigue decididamente la senda del bien. No ha de ser fácil. Le sale al encuentro no precisamente una comitiva de recepción.

No fue vista jamás tan extraña mezcla
de rostros horribles y gestos aun peores;
algunos, del cuello abajo, tienen forma humana
pero cara de simio, rostro de gato;
algunos dejan huellas de cabra,
otros son centauros ágiles y ligeros;
hay jóvenes impúdicos, viejos felones;
van desnudos o se cubren con jirones.

Hay quien galopa en un corcel sin freno,
quien van en un asno o en lomos de un buey;
unos montan la grupa de un centauro,
avestruces otros, águilas, grullas;
alzan el cuerno éstos, ésos la copa;
son machos o hembras o ambas cosas;
portan ganchos unos, otros escalas;
limas en la mano, sogas o palas.

Tenía el capitán de todos ellos
el vientre tan hinchado como el rostro;
iba sentado sobre una tortuga
que avanzaba muy despaciosamente.
Lo sostenían de uno y de otro lado,
porque estaba ebrio y no veía nada.
Le enjugaba la frente este rebaño,
y agitaban el aire con un paño.

Uno que tenía piernas y tronco humanos,
y cabeza, orejas y cuello de perro,
comenzó a ladrarle para que regresara
a la ciudad de oro que había pasado.
Le responde nuestro caballero: "No lo haré,
mientras tenga la fuerza para blandir ésta",
y le muestra la espada, cuya dura punta
resplandece vivamente y contra él apunta.

El monstruo lo quiere herir con una lanza,
pero Rogelio se mueve hacia un costado
y lo atiza por el vientre con la espada,
que lo traspasa, hasta emerger un palmo.
Carga el escudo y los embiste a todos,
aunque la turba enemiga es poderosa:
a uno aquí pincha; a otro, más allá, aferra;
el hierro gira sin fin y les da guerra.

Vuela dientes, rompe cabezas, pechos,
atravesando aquella infame raza;
a su espada no la para ningún hierro,
ni hay escudo, espaldar, peto, que valgan.
Pero tanto lo estrechan por cuatro lados,
que harían falta, para abrirse espacio
y mantener lejos este pueblo reo,
las manos y los brazos de Briareo. ***

Si hubiese tenido Rogelio la voluntad
de descubrir el escudo del hechicero
(digo, aquel que encandilaba el rostro
y que en el arzón había dejado Atlante),
bien rápido habría abatido aquella turba;
la habría hecho caer ciega a sus plantas.
Tal vez desprecia valerse de ese fraude,
pues quiere que su mérito se laude.

Dos bellas acuden entonces en ayuda del paladín, montadas, semidesnudas, sobre el Unicornio. La turba se aparta al verlas. Complacido y agradecido por la intervención de la jóvenes, acepta Rogelio volver con ellas al muro de oro. Ha caído ya bajo el hechizo pero no lo sabe.

El gran ornamento que rota sobre
la bella puerta y sobresale un poco,
no tiene parte que no esté cubierta
de las más raras gemas del Oriente.
Por los cuatro lados reposa sobre
gruesas columnas de íntegro diamante.
Si es verdadero o falso no comporta:
que sea bello a la mirada importa.

Por el soportal y entre las columnas,
corren jugando lascivas doncellas
que, si el respeto a la mujer debido
guardasen, serían aun mas hermosas.
Están vestidas con ropajes verdes,
y coronadas de ramas verdecidas.
Oferentes y con alegre viso,
conducen a Rogelio al paraíso:

así se puede llamar a aquel lugar,
donde creo que fue parido Amor.
Allí todo son danzas y son juegos,
y siempre festivas pasan las horas;
serio o sapiente, ningún pensamiento
se puede albergar en el corazón;
no entran ni la inquietud ni la inopia;
siempre llena está la cornucopia.

Las bellas amazonas del Unicornio le encomiendan una tarea que Rogelio acepta, pues, dice, salida de esos labios acogería cualquier petición. Se ha enredado.
La tarea es librar aquellos lugares maravillosos de las incursiones de una guerrera loca, Erifila, que monta un lobo gigantesco. Pero esto queda diferido para el siguiente canto.

Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

* Se supone que Ariosto quiso escribir Dania, nombre latino de Dinamarca. Pero pudo querer escribir, y escribió, Dacia, antiguo nombre del territorio que abarcan Rumania y Moldavia. Esta opción es descartada por algunos comentaristas, con el único argumento de que Dinamarca está más cerca de Escocia. La existencia de caballeros italianos en este episodio no es menos improbable que el viaje de una dama escocesa hacia un remoto convento de Rumania, o que  el grifo de Atlante (cf. Canto IV), sin hablar de que Carlomagno retrocede desde los Pirineos a París prácticamente en menos de lo que canta un gallo (cf. Canto II), etc. Datos todos que pueden robustecer la idea de que lo verosímil no guiaba la pluma de Ariosto.

** La escena evoca el Canto XIII del Infierno, de Dante. En la ocasión, Dante arranca una rama del tronco que alberga el espíritu de Pier della Vigna, canciller del emperador germano Federico II. La comparación con los ruidos provocados por un tronco en el fuego es similar a la que hace Dante, sólo que Ariosto introduce un tronco seco donde Dante puso una rama verde: "Come d'un stizzo verde que arso sia / da l'un de'capi, che del altro geme / e cigola per vento que va via" (Como de una rama verde encendida / por una punta, y que gime por la otra / y silba por el viento que la agita -cigolare, en términos estrictos, vale por rechinar-). Con la sangre, brotan del tronco palabras en aquel séptimo círculo; Virgilio le hace notar a Dante que no ha sabido leer sus versos, es decir, el pasaje de La Eneida donde, al arrancar el pasto que crece sobre el cadáver de Polidoro, Eneas provoca que el cuerpo sangre. Ariosto rinde doble tributo: a Dante y a Virgilio. La sangre unida a la palabra en el Infierno dantesco es simbólicamente crística, sin embargo; no lo es en Virgilio ni en Ariosto. Aunque Pier della Vigna se ha suicidado, su muerte y su infernal padecimiento se parecen a una inmolación, como las de todas las almas que penan en ese bosque, todas suicidas; pero sólo de la rama de Pier della Vigna "usciva insieme parole e sangue" (salían juntas palabras y sangre). Una especie de Evangelio.

*** El gigante de cien brazos de la mitología griega, Briareus para los latinos; universalizado como Briareo.

Robinson Quintero / Dos poemas



El poeta da una vuelta a una piedra

El poema es según quien lo camina

Un poema de Keats
por ejemplo
pasea con un espíritu suspendido
en la sensación de lo efímero

Mientras camino y pateo una piedra
calle arriba un trozo de piedra
me digo:

si Keats pateara esta piedra
es probable que en un punto de su travesía
apuntara en su cartera

¿es esta piedra una visión 
o un sueño de vigilia?

Keats -según Byron-
cuando salía de ronda con las calles
era también inasible
casi repentino

Un hombre demasiado flaco
con una piedra en el bolsillo
sin que la piedra le impidiera caminar



Pintura con pájaro

Todo el color del lienzo es nieve.

Nieve sobre las cumbres, por las colinas, en los bajos tejados de la casa solitaria.

En el camino que se curva y que nadie recorre, nieve.

Y en el recodo de un río un árbol pelado de hojas sostiene apenas sus varas.

Y sobre una de las varas una pequeña mancha roja.


Robinson Quintero (Caramanta, Colombia, 1959), Los días son dioses, Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2013

lunes, septiembre 23, 2013

Eduardo Casar / Martillo y clavo

Suena en el cuerpo de mi casa el golpe
de un martillo pegando contra un clavo.
De un martillo y un clavo que se encuentran
pero no están luchando: qué sería
del clavo sin el muy obsesivo círculo del martillo:
nacieron para ser complementarios.

Sus cabezas coinciden, pero ¿qué andan
tocándose en el cuerpo de mi casa?

¿Qué tienen que andar punteando ritmos
sobre el ritmo del arpa que estaba ya escuchando,
tan tranquilo mi paso, tan abiertas las nubes
a mis explicaciones?

¿Por qué no suenan solo
allá donde suceden
los golpes del martillo?

Y yo ¿de dónde saco que se trata
de un martillo y un clavo?
¿A honras de qué desdoblo
ese punto sonido, esa célula madre,
en dos partes que chocan sus metales?

¿De cuándo a acá se me ocurre que hay causas
tan seguras
o la seguridad de que ese punto
que se repite es el efecto de algo?

Uno puede volverse loco en esta cruz.


de Parva Natura [2006]

Eduardo Casar (Ciudad de México, 1952), 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual de México, selección de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Lom, Santiago de Chile, 2012

domingo, septiembre 22, 2013

Héctor Carreto / El poeta regañado por la musa



"Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Solo la luz -camafeo- fijó el recuerdo",
Fueron los versos que escribí pensando en Ella.

Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
"¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta ni soy estatua.
Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda de los Ilustres,
en el Colegio Nacional, o paladeas dieta vitalicia?

Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.

Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo mi talento en el
baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en loca bicicleta,
de los encuentros sudorosos, cuyos frutos son tus epigramas.
Tampoco ocultes que tenemos diferencias.

Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto".

de Antología desordenada [1996]

Héctor Carreto (Ciudad de México, 1953), 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual de México, selección de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Lom, Santiago de Chile, 2012

sábado, septiembre 21, 2013

Marcos Siscar / En la ciudad de los reyes









En la ciudad de los reyes

condenado a huir de la inocencia
en días blancos de verano la penumbra
sin rostro sentada a su mesa
del día sólo se guarda la falta de un deseo
la memoria achatada como un pájaro
muerto el interminable cuerpo caído
cuerpo subiendo sin gloria por las escaleras
del fondo a su sublime alquilado
mezcla de invierno y lodo sucio

Marcos Siscar (Borborema, São Paulo, 1964), no se dice, traducción de Aníbal Cristobo, prólogo de María Rosa Maldonado, Ediciones Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2003


NA CIDADE DOS REIS

condenado a fugir da inocência
em dias brancos de verão a penumbra
sem rosto sentada à sua mesa
do dia só se guarda a falta de desejo
a memória achatada como un pássaro
morto o interminável corpo caído
corpo subindo sem gloria pelas escadas
dos fundos a seu sublime de aluguel
mistura de inverno e lama suja

viernes, septiembre 20, 2013

Bruno Di Benedetto / Perro anda-luz

Un navajazo de la oscuridad lo vuelve perro anda-luz: el ojo no sabe bajar las escaleras de su propio edificio. Ládrale al abismo, pero ni oler puede la escala de cromo que llévanos a morder el hueso de la certidumbre: el ojo, cachorro, no suelta la teta que lo envenena, se atraganta de la materia que lo niega, pide más, ladra a contraluz, hace fiestas a la nada, aúlla de hambre el inútil: la nada es perra vieja que no da de mamar. El ojo fuerza su esfínter y pónese a torear hormigas y manos muertas: muerde sólo lo conocido. Ojo mamón, perro que engorda en la tranquera.

Bruno Di Benedetto (Avellaneda, 1955; vive en Puerto Madryn desde 1979). De Materia oscura, inédito




jueves, septiembre 19, 2013

Roberto Juarroz / De "Cuarta poesía vertical"










1

La vida dibuja un árbol
y la muerte dibuja otro.
La vida dibuja un nido
y la muerte lo copia.
La vida dibuja un pájaro
para que habite el nido
y la muerte de inmediato
dibuja otro pájaro.

Una mano que no dibuja nada
se pasea entre todos los dibujos
y cada tanto cambia uno de sitio.
Por ejemplo:
el pájaro de la vida
ocupa el nido de la muerte
sobre el árbol dibujado por la vida.

Otras veces
la mano que no dibuja nada
borra un dibujo de la serie.
Por ejemplo:
el árbol de la muerte
sostiene el nido de la muerte,
pero no lo ocupa ningún pájaro.

Y otras veces
la mano que no dibuja nada
se convierte a sí misma
en imagen sobrante,
con figura de pájaro,
con figura de árbol,
con figura de nido.
Y entonces, sólo entonces,
no falta ni sobra nada.

Por ejemplo:
dos pájaros
ocupan el nido de la vida
sobre el árbol de la muerte.

O el árbol de la vida
sostiene dos nidos
en los que habita un solo pájaro.

O un pájaro único
habita un solo nido
sobre el árbol de la vida
y el árbol de la muerte.

Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, 1925-Temperley, 1995), "Cuarta poesía vertical (1969)", Poesía vertical I, Editorial Emecé, Buenos Aires, 2005

miércoles, septiembre 18, 2013

Marguerite Yourcenar / Aquí el silencio...


Aquí el silencio añora las palabras solitarias
que uno puede, en tu cercanía, decir sin herirte;
olvidamos llover sobre vos las lágrimas de las corolas;
no hace falta sonreír a los que pasan.

Caen las máscaras cuando nos cansamos,
en un mismo lecho secreto se deslizan los durmientes
por cada dedo tembloroso de las hierbas que nos rozan
vos podés bendecirme y yo acariciarte.

En tu dulzura mi camino es más agradable
de ese suelo lentamente impregnado por el alma humana
el olvido, lento jardinero, arranca los remordimientos.

El amor  vaga de vena en vena eternamente.
Yo no quiero perturbar con una queja en vano
el infinito encuentro de los muertos con la tierra.

Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903- Northeast Harbor, Maine, 1987), Les Charités d’Alcippe, Gallimard, 1929
Versión de Marina Kohon

Voici que le silence… 

Voici que le silence a les seules paroles 
Qu’on puisse, près de vous, dire sans vous blesser; 
Laissons pleuvoir sur vous les larmes des corolles ; 
Il ne faut que sourire à ce qui doit passer. 

À l’heure où fatigués nous déposons nos rôles, 
Au même lit secret les dormeurs vont glisser; 
Par chaque doigt tremblant des herbes qui nous frôlent, 
Vous pouvez me bénir et moi vous caresser. 

C’est à votre douceur que mon sentier m’amène. 
De ce sol lentement imprégné d’âme humaine, 
L’oubli, lent jardinier, extirpe les remords. 

L’impérissable amour erre de veine en veine ; 
Je ne veux pas troubler par une plainte vaine 
L’éternel rendez-vous de la terre et des morts. 

martes, septiembre 17, 2013

William Carlos Williams / Paterson, 14

Libro 2

Domingo en el parque

I

Fuera
fuera de mí
hay un mundo,
se quejó él, sometido a mis exploraciones
—un mundo

(para mí) en calma,
al que me acerco
concretamente—

El escenario es el Parque
sobre la roca,
femenina para la ciudad

—sobre cuyo cuerpo Paterson adiestra sus pensamientos
(concretamente)

—fines de primavera,
¡una tarde de domingo!

—y va por el sendero hacia el acantilado (contando:
la prueba)

él entre los otros,
—pisa las mismas rocas
donde sus pies resbalan mientras trepan,
¡al ritmo de sus perros!

riendo, llamándose entre ellos—

¡Espérenme!

.  .  las piernas feas de las muchachas,
¡pistones demasiado fuertes para la delicadeza! .
los brazos de los hombres, rojos, acostumbrados al calor y al frío,
a zarandear cuartos de res y .

¡Bah! ¡Bah! ¡Bah!¡Bah!

—superando

los riesgos:
¡cayendo a baldes!
¡Para la flor de un día!

Llegó sin aliento, luego de un difícil ascenso, él,
mira hacia atrás (¡bello pero costoso!) ¡a
las torres gris perla! Re-gresa
y comienza, posesivo, entre los árboles,

ese amor,
que no es, no es en esos términos
en los que todavía creo
a pesar de todo;
la tierra seca, —pasiva-posesiva

Caminando —

Los matorrales se amontan en grupos de pinos de arena achaparrados,
prácticamente todos de la roca desnuda  .  .

—una diseminación de cedros altos como el hombre (piñas puntiagudas),
zumaque de astas  .

—raíces, retorciéndose, en su mayoría
en la superficie
(¡tan cerca estamos de arruinar cada
día!)
buscando la yesca seca podrida

Caminando —

El cuerpo está ligeramente inclinado hacia delante de la posición básica
de pie y el peso echado sobre la planta del pie,
mientras que el otro muslo está levantado y la pierna y el brazo
contrario se balancean hacia adelante (fig. 6B). Muchos músculos, ayudados .

A pesar de haber dicho que nunca volvería a escribirte, lo hago ahora porque descubro, con el paso del tiempo, que el resultado de mi fracaso contigo ha sido la maldición absoluta de todas mis capacidades creativas de un modo particularmente desastroso como nunca antes experimenté.
   Desde hace varias semanas (cada vez que intenté escribir poesía) cada pensamiento que apareció, incluso cada sensación, se borraron de esa capa dura de mí mismo que comenzara a amontonarse desde la primera vez que sentí que ignorabas los contenidos reales de las últimas cartas que te envié, y que finalmente se congelaron, convirtiéndose en una sustancia impenetrable cuando me pediste que dejara de escribirte sin siquiera una explicación. 
   Ese tipo de bloqueo, que lo exilia a uno de uno mismo—¿lo experimentaste alguna vez? Me atrevo a decir que sí, de a ratos; y si así fuera, puedes comprender perfectamente el daño psicológico que causa cuando se convierte en una condición permanente, día a día.

¿Cómo te amo? ¡Así!

(¡Él oye! ¡Voces  .  indefinidas! Las ve
moverse, en grupos, de  a dos y de a cuatro — filtrándose
por medio de diferentes caminos.)

Le pregunté, ¿Qué haces?

Sonrió paciente, La clásica pregunta americana.
      En Europa preguntarían, ¿Qué estás haciendo? O,
     ¿Qué estás haciendo ahora?

¿Qué hago? Escucho el agua caer (¡Ningún sonido
     de ella aquí sino con el viento!) Esta es toda mi
    ocupación.  

William Carlos Williams (Rutherford, 1883-1963), Paterson, New Directions, New York, 1963
Versión de Silvia Camerotto


Book Two
Sunday in the Park (14)
I
 Outside /outside myself /there is a world /he rumbled, subject to may incursions /—a world //(to me) at rest, /which I approach /concretely— //The scene’s the Park /upon the rock, /female to the city //—upon whose body Paterson instructs his thought /(concretely)//—late spring, /a Sunday afternoon! //—and goes by the footpath to the cliff (counting: /the proof) //himself among the others, /—treads there the same stones /on which their feet slip as they climb, /paced by their dogs! //laughing, calling to each other— //Wait for me! //. . the ugly legs of the young girls, /pistons too powerful for delicacy! /the men’s arms, red, used to heat and cold, /to toss quartered beeves and  .   //Yah! Yah! Yah! Yah! //—over-riding /the risks: //pouring down! /For the flower of the day! //Arrived breathless, after a hard climb he, /looks back (beautiful but expensive!) to /the pearl-grey towers! Re-turns /and starts, possessive, through the tress, //—that love, /that is not, is not in those terms /to which I’m still positive /in spite of all; /the ground dry, /— passive-possessive //Walking — //Thickets gather about groups of squat sand-pine, /all but from bare rock .  .  . //—a scattering of man-high cedars (sharp cones), /antlered sumac  .  //—roots, for the most part, writhing /upon the surface /(so close are we to ruin every /day!) /searching the punk-dry rot //Walking — //The body is tilted slightly forward from the basic standing /position and the weight thrown on the ball of the foot, /while the other thigh is lifted and the leg and opposite /arm are swung forward (fig. 6B). Various muscles, aided . //Despite my having said that I’d never write to you again, I do so now because I find, with the passing of time, that the outcome of my failure with you has been the complete damming up of all my creative capacities in a particularly disastrous manner such as I have never before experienced. //For a great many weeks now (whenever I’ve tried to write poetry) every thought I’ve had, even every feeling , has been struck off some surface crust of myself which began gathering when I was first sensed that you were ignoring the real contents of my last letters to you, and which finally congealed into some impenetrable substance when you asked me to quit corresponding with you altogether without even an explanation. //That kind of blockage, exiling one’s self form one’s self —have you ever experienced it? I dare say you have, at moments; and if so, you can well understand what a serious psychological injury it amounts to when turned into a permanent day-to-day condition. //How do I love you? These! //(He hears! Voices . indeterminate! Sees them /moving, in groups, by twos and fours  —  filtering /off by way of the many bypaths.)  // I asked him, What do you do? //He smiled patiently, The typical American question. /In Europe they would ask, What are you doing? Or,  /What are you doing now? //What do I do? I listen, to the water falling. (No /sound of it here but with the wind!) This is my entire /occupation.


Ilustración: Portadas de las primeras ediciones de los libros de Paterson, New Directions, Nueva York, 1946, 1948, 1949, 1951, 1955

lunes, septiembre 16, 2013

Marcos Siscar / Tres poemas









Tal vez

si bajases en zapatillas
el muro del edificio y dieses
con el primer pasante y
tu máscara de mimbre fuese
hoja de la primera palabra ah
cómo te protegería la vida
vivo o muerto de las alfombras
blancas que mecen tus sueños
(aprovecha para bajar la basura
de la experiencia que yo me quedo
esperándote allí abajo)


Pasante para Charles Baudelaire

alrededor la calle es un tumultuoso engaño
un viejo cartaginés empujando un niño
trae en la boca un refrán de otros tiempos
y el niño olvidado ensaya el mismo canto
confunde su voz con los dedos que balancea
se fue el anciano quedó en la tarde la vasta quietud
un gran desierto de silencio vigilado
con el que la noche se presenta a sus iguales
y he aquí sin embargo que agita el forro del abrigo
de neblina entre las luces amarillas y se va
cansado cansancio que yo quise convertir en confidente
tú que tan rápidamente me traicionaste


ENCONTRARSE UNO MISMO en una esquina
pasar a través de sí sin reconocerse
partir del lado opuesto mirando la vida ajena del muelle
y el sol puesto
has oído lo que dijo el buen gusto
andar con las manos en la espalda mirar a las putas a la cara
dejar amigos en la gare y a las vírgenes en el puerto
escucha ahora lo que te digo eso es pura delicadeza


Marcos Siscar (Borborema, São Paulo, 1964), La mitad del arte (2003), versiones inéditas de Aníbal Cristobo


Otros poemas en Jornal de Poesia

sábado, septiembre 14, 2013

Antonella Anedda / De "Tres estaciones"



I

Arroja tu pan sobre la superficie del agua, lo reencontrarás en los días: no reencontraremos el alimento ni la recompensa, no la ligereza sino el hacha pesada de la bendición.

El que pierde tiene la espalda liberada para poner el mundo sobre sí. Ningún bagaje, para mejor arrastrar el hierro y la madera de un carro y para que sobre la espalda se apilen el aire, la lluvia, la multiplicidad, el desorden de las cosas. No es la resignación terrena sino la fuerza apacible de Cristo que en el huerto de Getsamaní responde a los soldados: sí, soy yo; la pobreza de la roca, del paño fúnebre vaciado por el peso de los pecados humanos.

Giotto ha visto todo esto en la Renuncia a los haberes de Asís. Francisco está desnudo, pero alrededor de su privación, sobre el ángulo recto de su cuerpo arrodillado, todo pesa: la arquitectura, el escudo del cielo, las vestiduras; todo se adensa, como si la ciudad con sus cuidados, sus ganancias, sus utilidades, no esperase sino su gesto.

Tal vez la santidad es volverse burro: ser la burra que siente sobre sus flancos la espina de los olivos, en la fatiga de la mañana, bajo el gran cuerpo de Dios, en el gran zócalo de Jerusalén.


Antonella Anedda (Roma, 1958), Tre stazioni, LietoColle, Faloppio, 2007
Versión de Jorge Aulicino

I

Getta il tuo pane sulla superficie dell'acqua, lo ritroverai nei giorni: non ritroveremo il cibo, né la ricompensa, non la leggerezza ma la scure pesante della bendizione.

Chi perde ha la schiena sgrombra per prendere su di sé il mondo. Nessun bagaglio per trascinare meglio il ferro e il legno di un carro, per lasciare che sul dorso si accatastino l'aria e la pioggia, la molteplicità, il disordine delle cose. Non è la rassegnazione terrena ma la forza mite di Cristo che nel Getzemani rispondi ai soldati: sì, sono io; la povertà della roccia, del telo funebre vuoto per il peso dei peccati umani.

Giotto ha visto tutto questo nella Rinuncia degli averi di Assisi. Francesco è nudo ma intorno alla sua privazione, nell'angolo retto del suo corpo inginocchiato tutto pesa: le archietture, lo scudo del cielo, le vesti; tutto infittisce come si la città con le sue cure, i suoi guadagni, il suo utile, non attendessero che il suo gesto.

Forse la santità è farsi asini: essere l'asina che sente sui fianchi la spina degli ulivi, nella fatica del mattino, sotto il grande corpo di Dio, nel grande zoccolo de Gerusalemme. 

viernes, septiembre 13, 2013

Pier Paolo Pasolini / De "Transhumanar y organizar", 14

El camino de las putas

Un Dios Muchacho que conoce el Ma-mul (1), cantando
sobre las cumbres cercanas a las nubes bajas y calientes
Te encontrará en un lugar donde se reúnen
los clientes de las putas que sobreviven a sus patrones
raros fuegos y nubes bajas aunque lejanas en el horizonte
sembrado de luces domésticas
hasta las putas en ese momento se quedan quietas
como meditando, o quién sabe por qué atávica melancolía
junto a una luz encendida entre el empapelado rojo
y la cama deshecha que blanquea en ese cuarto interno
a cuyos umbrales llega la miserable oscuridad
Los clientes hablan bajo, y si alguno ríe o grita,
todos lo miran, como absortos en el canto de los grillos
que atestan el cercano horizonte más allá de la periferia
quizá en alguna noche de 1962 o '63; y quien canta a Dios
su canción paterna, nacida en el corazón del Ma-mul
sobre las altiplanicies perdidas, encima de las forestas
por donde no pasan caminos, hace llegar hasta aquí
una señal del cosmos: el Dios Muchacho venido de la barraca
se separa de sus compañeros, no es nada, sólo tiene rizos.
Pero en los milenios -antes de la muerte-
marca una fecha en el curso del ser,
aun si ninguno la festeja o la recuerda.
¿Por qué te puedes encontrar a un Dios Muchacho
por los caminos del cosmos que pasan entre las barracas
de un caserío de putas, bajo los antiguos murallones?
Es simple: llega para ser tu madre.


(1) Tradición sacra oral de la población india de Kota. Pero podría ser cualquiera otra tradición sacra.


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) "Trasumanar e organizzar", 1971, Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 2003
Versión: Jorge Aulicino


La strada delle puttane

Un Dio Ragazzo, che conosce el Ma-mul (1), cantando
sui gioghi vicini alle nuvole basse e calde
Esso ti troverà in un luogo dove si radunano
i clienti delle puttane sopravvissute ai padroni
radi fuochi e nuvole basse ma lontane nell'orizonte
cosparso di luci domestiche
anche le puttane in quel momento stanno quiete e ferme
come meditando o chissà per cuale atavica malinconia
accanto a una luce accesa tra la carta da parato rossa
e il letto disfatto che biancheggia in quell'interno
alle cui soglie arriva il miserabile buio
I clienti parlano piano, e se qualcuno ride, o grida,
tutti lo guardano, come assorti al canto dei grilli
che gremiscono il vicino orizonte al di là della periferia
chissà in cuale notte del 1962 o '63: e chi canta a Dio
la sua canzone paterna, nata nel cuore del Ma-mul
sugli altopiani perduti sopra le foreste
dove non passano strade, fa giungere fin qui
un segno del cosmo: il Dio Ragazzo venuto dalla baracca
si stacca dai compagni, non è nulla, ha solo dei ricci.
Ma nei millenni -prima della morte-
ciò segna una data nel corso dell'essere
anche se nessuno la festeggia, o se ne accorge.
Perchè un Dio Ragazzo ti può incontrare
per le strade del cosmo che passano tra le baracche
di in villaggio di puttane, sotto muraglioni antichi?
È semplice: egli viene per farti da madre.

(1) Tradizione sacra orale della popolazione indiana dei Kota. Ma potrebbe essere qualsiasi altra tradizione sacra.


jueves, septiembre 12, 2013

Pier Paolo Pasolini / De "Transhumanar y organizar", 13

Pedido de trabajo

Poesía por encargo es artefacto.
El constructor de artefactos puede producir muchos
(sin procurarse más cansancio que el del trabajo manual).
El objeto puede resultar, a veces, irónico:
el artefacto siempre lo es.
Han pasado los tiempos en que, voraz ahorrista,
derrochaba todo, invirtiendo mi dinero (mucho,
porque era mi semen y yo siempre estaba en erección)
en la compra de áreas de bajísimo valor
que se valorizarían de aquí a dos o tres siglos.
Era tolemaico (era un muchacho)
y contaba la eternidad justamente en siglos.
Consideraba la tierra el centro del mundo;
la poesía, el centro de la tierra.
Todo era bello y lógico.
Por lo demás, ¿que razón tenía para no creer
que todos los hombres eran como yo?
Luego, en cambio, se revelaron todos mucho mejores;
y yo resulté ser, más bien, hombre de raza inferior.
Intercambié puntos de vista
y entendí que no quería escribir más poesía. Ahora, sin embargo,
ahora que está vacante la vocación
-pero no la vida, no la vida-
ahora que la inspiración, si viene, no produce versos-
por favor sepan que estoy aquí pronto
a proveer poesía por encargo: artefactos. (1)

(1) Incluso explosivos.

Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) "Trasumanar e organizzar", 1971, Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 2003
Versión: Jorge Aulicino


Richiesta di lavoro

Poesia su ordinazione è ordigno.
Il costruttore di ordigni può produrne molti
(nient'altro procurandosi che stanchezza per il lavoro manuale).
L'oggetto può essere, talvolta, ironico:
l'ordigno lo è sempre.
Sono passati i tempi in cui, vorace economizzatore,
spendevo tutto, investendo i miei soldi (molti,
perché erano il mio seme: e io era sempre in erezione)
nell'acquisto de aree di bassissimo valore
che sarebbero state valorizzate da lì a due o tre secoli.
Ero tolemaico (essendo un ragazzo)
e contavo l'eternità per l'appunto, in secoli.
Consideravo la terra il centro del mondo;
la poesia il centro della terra.
Tutto ciò era bello e logico.
Del resto, che ragioni avevo di non credere
che tutti gli uomini non fossero come me?
Poi, invece, si sono rivelati tutti di me molto migliori;
e io son risultato essere, piuttosto, uomo di razza inferiore.
Ricambiai l'apprezzamento
e capii che no volevo più scrivere poesie. Ora, però,
ora che la vocazione è vacante
-ma non la vita, non la vita-
ora che l'ispirazione, se viene, versi non ne produce -
vi prego, sappiate che son qui pronto
a fornire poesie su ordinazione: ordigni. (1)

(1) Anche esplosivi.



miércoles, septiembre 11, 2013

Bruno Di Benedetto / De "Crónicas de muertes dudosas"

Cayetano Murature
Trelew, Chubut, 14 de enero de 1944

Cayetano Murature
albañil jubilado
siciliano de profesión
está mirando los tomates que se achicharran
en esas plantitas
crucificadas dulcemente
sobre andamios de caña
y paja brava.

Con apenas dos dedos acaricia
la piel triste de un tomate.
Con los mismos apenas dos dedos
se toca las mejillas:
triste la piel, arrugada,
curtida de sal,
como si el Mediterráneo se hubiera evaporado
de un soplido de Dios,
desnudando los tristes acantilados
de Sicilia y de Cerdeña.

Triste la piel,
tristes los tomates.
A Cayetano Murature las sequías de la piel
no le molestan
pero las arrugas de los tomates lo enfurecen.
Dos meses sin lluvia.

Allá lejos
el río se ha vuelto un barro chirle.
De la canilla caen
de tanto en tanto
dos gotas
como para probar que el agua existe.

Cayetano le da vueltas a la cruz
y se agacha hasta el pico para mirar
y ver
cómo una gota le apaga el pucho
y otra le entra en el ojo:
-Porca miseria -dice Cayetano Murature-, porca yuvia,
porca caniya e la puta que lo parió al Duce.

Cayetano Murature le tira una patada al cañito oxidado
y le erra
y le da al aire
entonces
tremendo patadón,
con tan mala suerte
que el aire se raja en un zigzag celestial.

Cayetano ve cómo la rajadura se va para arriba,
cómo la atmósfera se parte en dos
hasta las nubes.

Mira a un costado,
mira al otro.
Cayetano Murature mira.
Y piensa.
Y mira otra vez
la rajadura del aire.

Toca con un dedo.
Piensa.
Toca con otro dedo.
Piensa.
Calza un pie.
Piensa otro poco.

Y después
sonríe
feroz.

Cayetano Murature
se dejó un par de cosas
allá abajo:
unos anteojos de carey
una cajita de rapé
vencido
una mandolina
que trajo de Ragusa.
Nada más.

Dicen algunos
que Cayetano Murature
se murió.

Dicen otros
que se fue trepando
por el aire hecho de vidrio.

Que se fue.

Y que todavía le anda peleando la lluvia al cielo.


Bruno Di Benedetto (Avellaneda, 1955 -vive en Puerto Madryn desde 1979-), Crónicas de muertes dudosas, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011

martes, septiembre 10, 2013

Ariel Williams / De "Discurso del contador de gusanos"












1

Soy alguien que camina. Es la única definición
que puedo dar de mí. Caminar es avanzar un paso
después de otro. Eso es lo único que hay. Por un
barrio, por unas calles, por unas afueras: un paso
arriba de un pedazo de tierra y algunas piedras, un
paso saltando una raya que separa dos baldosas.
Y otro paso. Al final a veces llego a casa. Casa no
es el lugar adonde vivo.
Veo unos postes de luz con sus filas tan bellas de
cables. Detrás está el cielo azul del final de la tarde.
Detrás de ese cielo no hay una Mirada. Nadie que
diga: "Estás ahí".
Necesito un método.
Voy a tomar vino en el bar. Ahí hay varios que
darían esta definición de sí mismos: soy un vaso
después de otro vaso.


Ariel Williams (Trelew, 1967), Discurso del contador de gusanos, El Suri Porfiado Ediciones, Buenos Aires, 2011

domingo, septiembre 08, 2013

Jane Kenyon / Dos poemas












Bizcocho

El perro ha limpiado su bol
y su recompensa es un bizcocho,
que pongo en su boca
igual que un cura ofrece la hostia.

¡No soporto esa actitud confiada!  
Pide pan, espera
pan, y mi poder es tal que
podría darle una piedra.


El bol azul

Como los primitivos enterramos el gato
con su bol. Con las manos desnudas
arrastramos la arena y la grava
hasta el agujero.

Caían con un siseo sordo
a su lado,
sobre la larga y roja piel, las blancas plumas
entre los dedos y la larga,
por no decir aquilina, nariz.

Nos incorporamos y nos sacudimos el polvo el uno al otro.
Hay penas más profundas que ésta.

Guardamos silencio el resto del día, trabajamos,
comimos, miramos fijamente y dormimos. Se desató una tormenta
que duró toda la noche; ahora está despejado y en un arbusto que gotea
parlotea un petirrojo
como el vecino que tiene buenas intenciones
pero siempre dice lo que no debe.


Jane Kenyon (Ann Arbor, 1947-New Hampshire, 1995), Otherwise: New and Selected Poems, Graywolf Press, St.Paul, Minnesota, 1996
Versiones de Jonio González


Biscuit

The dog has cleaned his bowl
and his reward is a biscuit,
which I put in his mouth
like a priest offering the host.

I can't bear that trusting face!
He asks for bread, expects
bread, and I in my power
might have given him a stone.


The Blue Bowl

Like primitives we buried the cat
with his bowl. Bare-handed
we scraped sand and gravel
back into the hole.
                              They fell with a hiss
and thud on his side,
on his long red fur, the white feathers
between his toes, and his
long, not to say aquiline, nose.

We stood and brushed each other off.
There are sorrows keener than these.

Silent the rest of the day, we worked,
ate, stared, and slept. It stormed
all night; now it clears, and a robin
burbles from a dripping bush
like the neighbor who means well
but always says the wrong thing.



sábado, septiembre 07, 2013

Orlando en verso y prosa, V

1. Dalinda, el amor sometido

Es esperable que la atroz escena que acaba de describirse motive al menos unas estrofas de condena a semejante violencia contra el género femenino. Lo es hoy, como lo era entonces.

¿Qué peste abominable, qué Megera *
ha venido a turbar el pecho humano?
para que se vea a esposa y marido
siempre reñir con gritos injuriosos,
y golpearse hasta ponerse negros
uno al otro; bañar de llanto el lecho.
Y no solo de llanto: alguna vuelta
de sangre lo ha bañado la ira suelta.

Parece poco mal el que hace el hombre,
contra la naturaleza y contra Dios,
cuando a la mujer golpea en la cara
-mucho es rozarle apenas un cabello-,
porque hay además quien las envenena
o las mata con lazo o con cuchillo;
no creo yo que sea el hombre eterno,
sino más bien demonio del infierno.

De tal abominable índole parecen los secuestradores de los que Reinaldo acaba de liberar a la bella muchacha escocesa. Sabremos de otro tipo de violencias masculinas no bien ella comience su relato. Empieza por decir que es la doncella de la mismísima Ginebra, a quien el caballero franco se apresta a salvar. La muchacha ha estado enamorada de un cortesano, el duque de Albany.

"Porque me dijo que me amaba mucho,
a amarlo me entregué sin reticencia.
Se oye hablar y se puede ver el rostro,
pero el alma se puede juzgar mal.
Creyendo, amando, no me detuve
hasta que pude llevarlo a la cama:
de todas sus estancias, era aquella
la secreta de Ginebra, la bella;

"tenía allí sus cosas más queridas,
era allí que dormía casi siempre.
Se puede entrar por un balcón abierto
sobre el muro del cuarto recatado.
Hacía a mi amor subir por el balcón,
y una escala de cuerdas, con ese fin,
yo misma desde arriba desplegaba,
cada vez que mi amor lo demandaba;

"y tantas veces lo hice yo subir
cuantas ella me dio oportunidad:
solía ella mudarse de habitación,
por el mucho calor o el mucho frío.
Él no fue nunca visto por ninguno;
porque aquella muralla del palacio
da sobre un caserío no habitado:
nadie va por el sitio abandonado.

"Siguió días y meses, en secreto,
entre nosotros el juego amoroso:
creció el amor y me encendió por dentro
y me sentía arder toda en su fuego.
Ciega fui, y no supe comprenderlo:
sabía fingir más de lo que amaba;
aun cuando su engaño debí entrever
por tantos signos cuantos pude ver.

El duque, que según sabremos se llama Polineso, sin decir agua va, le confiesa un día que pretende el amor de Ginebra. Y por un simple cuanto eterno motivo: la fortuna a la que echará mano si la princesa lo acepta en matrimonio. Y pretende que la muchacha lo ayude en este propósito.  ¿Cuáles son los argumentos? Los de siempre: que lo que siente por Ginebra en punto alguno puede compararse a lo que siente por ella; que si lo ayuda, más fuerte se hará el lazo que los une; y que, si finalmente logra casarse, su verdadera amante será siempre Melinda, que así se llama la incauta muchacha. Ella acepta, porque el poder que tiene el de Albany sobre su espíritu es muy fuerte. Pero no hay caso. Ginebra no escucha a su doncella y confesora. Su corazón pertenece a otro cortesano,  un caballero italiano llamado Ariodante.  Enterado que estuvo el duque de esta situación, trama una siniestra jugada.
Polineso se topa con Ariodante en un corredor del palacio y lo increpa directamente. Le dice por qué se interpone entre él y Ginebra. Que exhiba sus pergaminos. Esto es, que diga qué señal le ha dado la princesa de que puede aspirar a su corazón.  Luego él hará lo mismo, y el que quede peor parado en la comparación, que renuncie a la empresa. Ariodante le confiesa que tiene una carta de amor de Ginebra. A lo que suma que cuenta con méritos suficientes para se recibido como yerno por el rey.  Responde el duque:

"-Finge ella, no te ama ni te aprecia;
te nutre con mentiras y palabras.
Además, de tu amor suele burlarse
cuanto está conmigo y habla de ti.
Yo sé con certeza que ella me quiere,
no por un puño de palabras huecas.
Hablaré, porque así lo hemos pactado,
aunque mejor sería estar callado.

"-No pasa ni un mes en que tres o cuatro
o seis veces, o diez, yo no me encuentre
desnudo y gozando entre sus abrazos;
este ardor parece una buena prueba;
tú decide si el placer que tengo
se compara a las burlas que recibes.
Concédeme que esto que te cuento
es claro y superior a tu argumento-.

El herido Ariodante dice que Polineso deberá dar prueba lo que afirma, porque de otro modo sería un mentiroso y habría cometido una ofensa de las que no se pagan con disculpas.  El plan del de Albany se ha puesto en marcha con los mejores pronósticos. El otro ha mordido el anzuelo.” Por supuesto”, dice el duque, “quiero que lo veas con tus propios ojos.”
Con el concurso de su amante, Polineso monta una escena para convencer a Ariodante.  Melinda aparece en el balcón del cuarto preferido de Ginebra vestida con la ropa de la princesa y adornada con igual peinado. Ariodante, quien se ha deslizado entre las casas deshabitadas acompañado de su hermano, Lurcanio, ve cómo el duque de Albany sube una escalera de cuerdas y se besa lúbricamente con Melinda, disfrazada de Ginebra. Se precipita la tragedia. Ariodante desaparece. Un lugareño informará que lo vio arrojarse desde un acantilado. Lurcanio acusa a Ginebra ante el rey. Alarmado por el giro de los hechos, el de Albany ordena a dos lacayos que maten a Melinda para suprimir al cómplice y testigo de su fraude. Salvada Melinda por la vigorosa intervención de Reinaldo, galopa ahora en grupas del caballo del escudero.

2. La intervención justiciera de Reinaldo

Anoticiado de tal forma, Reinaldo espolea a su corcel. La comitiva corre hacia la ciudad de San Andrés a todo galope. Llegan a una población desierta, pues todos se han reunido en el campo para presenciar el combate del acusador, Lurcanio, y un embozado caballero que ha decidido defender el honor de la dama.

Reinaldo pasa entre la muchedumbre;
la abre paso su gran corcel, Bayardo:
quien siente la tormenta de sus cascos,
para darle lugar no se hace el rengo.
La gloria de Reinaldo par no tiene,
bien parece la flor de los gallardos.
Que llegue hasta el rey, no hay cómo impedirlo.
Todo el mundo se acerca para oírlo.

Reinaldo le dijo al rey: "Magno señor,
nos dejes que prosiga la batalla;
uno de los dos caerá en este campo,
y digo que morirá injustamente.
Cree uno que lo asiste la razón.
Está mintiendo, aunque no lo sabe.
El oscuro error que llevó a su hermano
a la muerte, armó después su mano.

"El otro no sabe si tiene razón,
sólo por gentileza y por bondad
en peligro se pone de ser muerto,
para que no perezca la belleza.
Yo traigo la salud a la inocencia
y lo contrario traigo a aquél que miente.
Por el Cielo, en dos la lucha parte,
y escucha lo que quiero revelarte."

Fue la gran autoridad del hombre digno,
como aquella que Reinaldo mostraba,
lo que conmovió al rey, que hizo una seña
de que el asalto iniciado se parara.
Así, a los barones de aquel reino
y a los caballeros y a la multitud,
Reinaldo el gran ardid les hizo expreso
que le tendió a Ginebra Polineso.

Dijo que deseaba defender
con armas todo lo que había dicho.
Se llama a Polineso; comparece
con un aspecto todo conturbado;
luego, con audacia, niega los cargos.
Dijo Reinaldo: "Ahora lo veremos."
Vacío era y de brega el campo falto:
sin demora se fueron al asalto.

¡Cuánto quieren el rey y su querido pueblo
que la inocencia de Ginebra se demuestre!
Todos tienen esperanza de que se aclare
que de impúdica fue acusada injustamente.
Cruel y soberbio, reputado como avaro,
era Polineso, inicuo y fraudulento:
no sería ninguna maravilla
que él hubiese plantado esa semilla.

Polineso, desencajado el rostro,
tembloroso, con las mejillas blancas,
al tercer toque pone lanza en ristre.
Reinaldo va veloz a la pelea.
Deseoso de terminar la fiesta,
quiere pasar el peto con la lanza.
Cerca del deseo, venía el hecho:
la mitad del asta le hundió en el pecho.

Clavado el tronco, lo baja a la tierra,
lejos de su corcel más de seis brazas.
Reinaldo desmonta y aferra el yelmo
del otro, antes de que se levante,
pero él no puede hacer ya mucha guerra:
ruega merced con cara de humildad;
confiesa, ante todos y la muerte,
el fraude vil que lo llevó a tal suerte.

No dijo todo; en medio del discurso,
la voz y la vida lo abandonaron.
El rey, que ve a su hija liberada
de la muerte y de no muy buena fama,
se alegra más, y goza y se serena,
que si hubiese perdido la corona
y le fuera devuelta en ese instante;
a Reinaldo lo honra su talante.

Y, cuando él se quita el yelmo, lo conoce,
porque otras veces ya se habían cruzado;
eleva las manos a Dios, que ha querido
hoy proveerlo de auxilio semejante.
El otro caballero, desconocido,
quien había tomado armas por Ginebra,
y luchado por ella, luego apartado,
vio todo lo allí ocurrido y terminado.

El rey le rogó que dijera el nombre,
o se dejara ver al descubierto,
a fin de ser premiado, tal y como
su honorable intención lo reclamaba.
Él, tras largos ruegos, de la cabeza
se quitó el yelmo: claro y evidente
apareció aquél de quien he de contar,
si usted tiene deseo de escuchar.

Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

* Una de las tres Erinias de la mitología griega, deidades que acosan a los criminales. También se las llama Euménides (benévolas) para adularlas. Las Erinias, aunque custodian el orden social,  son diosas de la venganza. Se trata de espíritus primitivos que no se someten a los dioses olímpicos. Su cólera es temible e irracional. En la tradición literaria termina prevaleciendo su aspecto vengativo desvinculado de la función justiciera.  Aquí, precisamente, Ariosto parece identificar a Megera (“la Celosa”) con el arrebato de violencia y no con el castigo a una falta. Dante las pone en el infierno, cumpliendo el rol de guardianas de la ciudad de Dite, dentro de la tardía concepción de las Erinias como demonios. Los romanos las llamaron Furias.