jueves, octubre 31, 2013

Antonio Bux / Tres poemas















         a Vincenzo

La apertura verbal
es como un ala,

vira lentamente
en su borde,

se curva en el hablar
en el límite del sentido;

pero como un ala
necesita la voz

el espesor de aire
de la otra medida,

el equilibrado planear
de la expresión oral:

porque la palabra no dura
más que un respiro vocal.

*

          a Andrea

No se busca la oscuridad al escribir,
porque el autor no existe ni su intento

pero el éxito es distinto a una luz que eclosiona
de cualquier cosa que nos visita deformando

el sublime espejo de la voz al invocar
la fatiga oscura de las páginas desnudas cuando

la mente privada de representarse se abre
y solo sabe de las cosas esa superficie frágil.

*

          a Tommaso

Más allá del vidrio no se ve el cuerpo
como la mano perdida en el reflejo

del abismo que dando proporción deforma;
hasta los ojos vaciados rompen

en la mirada que divide materia y nada
mientras une el espacio en la intuición

la armonía de un perfil apagado en el vacío
en el corte neto que une luz y sombra.

Antonio Bux (Fernando Antonio Buccelli; Foggia, 1982)  “La simmetria dei nomi”, Trilogia dello zero, Marco Saya Edizioni, Milán, 2012
Versiones de Jorge Aulicino


     a Vincenzo

L’apertura verbale
è come un’ala,

vira lentamente
la sua sponda,

si curva nel parlare
al limite del senso;

ma come un’ala
necessita la voce

lo spessore d’aria
dell’altra misura,

l’equilibrato planare
nell’espressione orale:

ché la parola non dura
più di un respiro vocale.

*
     ad Andrea

Non si cerca l’oscurità nello scrivere
ché l’autore non esiste né il suo intento

ma l’esito è altro che una luce schiusa
da qualcosa che ci visita deformando

il sublime specchio della voce invocare
la fatica oscura delle nude pagine quando

la mente annullata dal rappresentarsi s’apre
e solo sa delle cose quella superficie fragile.

*

     a Tommaso

 Oltre il vetro non vede più il corpo
come la mano sparita nel riflesso

dell’abisso che proporzionando sforma,
così anche gli occhi svuotati rompono

nello sguardo che divide materia e nulla
mentre congiunge lo spazio nell’intuizione

l’armonia di una sagoma spenta al vuoto
nel taglio netto che unisce buio e luce.

miércoles, octubre 30, 2013

Macdara Woods / Receta de Houdini











Aflojar las cadenas es fácil
incluso abajo en lo oscuro
pero luego están la bolsa de lona
y la caja de metal con cerrojos
trabada desde afuera
y cuando acabas con la caja
y se termina el aire
todavía quedan las brazadas
y el hielo de la superficie
y cuando lo atraviesas
descubres que estuvo lloviendo durante semanas.

En esa instancia los que saben
respiran profundamente
recortados debajo de la luna
en la hospitalaria pendiente del mar
y salen de entre las olas
a través de la curva de la playa
encaminándose a la casa–
para encender un fuego
en un hogar totalmente limpio
la ceniza afuera
en un balde galvanizado.

2004

Macdara Woods (Dublín, 1942), Collected Poems, Dedalus Press, Dublin, 2012
Traducción de Jorge Fondebrider


Houdini’s Receipt

Loosening the chains is easy
even down in the dark
but then there’s the canvas sack
and the bolted metal box
locked from the outside
and when you’re through the box
and the air’s running out
there are still the fathoms of water
and the surface ice
and when you break through that
you find it’s been raining for weeks

At this point those who know
breathe full and deep
remarkable beneath the moon
in the welcoming lean of the sea
and walk out of the waves
across the curve of the beach
to make for home—
to make a fire
in a hearth swept clean
ash outside
in a galvanised bucket

2004

martes, octubre 29, 2013

Liliana Díaz Mindurry / de "Algunos apuntes sobre la antología personal 'Humo' de Irene Gruss"



...Hay un interés en esta poética, de resistencia a cualquier clasificación o nomenclatura: el laconismo y la concentración juegan a favor. No solamente  resistencia a escuelas y movimientos, sino a ser analizada con rótulos simplistas: ironía, paradoja a favor de la ironía, crudeza burlona, observancia de mecanismos poéticos para el mismo juego insistente y sarcástico. Cómo explicar (si es que un poema puede ser “explicado”), cómo usar etiquetas para poemas como: La playa vivía gracias a / los juncos que estaban a un costado. / Los juncos eran la alegoría del paisaje. / Un poeta chino lo supo/ y no lo escribió. (“Solo de contralto”, 1997). No es sólo ironía, aunque la ironía pueda ser la forma facilista de colocarlo en un casillero. Es una ironía con pasión debajo, y además un lirismo suave que apenas se deja notar.  Observemos el poema “Tatuaje” (“La calma”, 1991) que lleva un epígrafe de Sarduy que dice: “No uses pincel de cerda, / ni pelo de conejo; procura lo más suave: / bigote de ratón o pelo de niño.”





Enemistada con la vida
que ofrecía tanto, 
vaciada, 
dispuesta a reír,
a dar algo
hube de hacer las cosas
trastocando
girando un escalpelo
mojado en tinta hube 
de limar
punzar
un dibujo
expresionista. 
Si la espalda fuera más condescendiente,
si mi enojo con la vida
fuera más liviano… por qué hube
de elegir un estilo
tan antiguo, un dibujo
tan dolido y 
raro.

En primer lugar el dibujo que se “punza”, grabado en el cuerpo como la característica de una poética. No distante del cuerpo, y a partir sin embargo de una enemistad, de un vaciamiento y de la risa. La acción es de trastocar: lo que se altera, lo que se revuelve, a la vez de herir y sangrar. La espalda-papel no se acomoda fácilmente, y la rabia no es ligera: hay una densidad, aunque la risa esté presente. El resultado es Irene Gruss,  poemas “antiguos”, en su cuestión atemporal y clásica, “un dibujo tan dolido y raro”. Porque la extrañeza  es la visión de lo que vuelve al origen, al caos, al silencio prelingüístico, a lo salvaje. Eso salvaje que está en la vida cotidiana, escondido en manifestaciones populares, refranes, estereotipos, repeticiones para dar vuelta a fuerza de pronunciarse, saliendo de su contenido vaciado para volver a reanimarse desde el absurdo.  En definitiva, la visión  es una visión confusa: Fuera de foco. / No es neblina/ Tiniebla no es. / Árbol superpuesto al bosque, / memoria borroneada, superpuesta/ sobre sí misma. / Espejismo (“En el brillo de uno en el vidrio de uno”, 2000). Para terminar con un verso de Aulicino: “pareciera que Dios no ha separado nada”. O sea que no hay modo de ver: se repite una lengua confusa, buscando desentrañarla psicoanalíticamente, y la visión (la “evidencia” cartesiana) no produce la anhelada distinción, los límites, los bordes de las cosas, sin por ello llegar a una tiniebla sino a una simple visión astigmática. Y la enfermedad particular (miopía, astigmatismo, o simple ilusión) deforma lo mirado y lo vuelve irreal o inmundo como un pozo ciego.  El hablar de la poesía es a nadie, a la pared.  La única luz es la ventana propia, visión incompleta, parcial del mundo, la mitad de la verdad, calma y dicha son paradojales, la respiración extenúa,  la voz de contralto no es el tono elegido, vidrios y brillos no ayudan a la visión y la tanza no sirve para pescar sino que llega al interrogante puro. “De lo que no es posible hablar mejor es callar” puede anunciar Wittgenstein todo lo que le antoje a la afónica pregunta del nazi Heidegger sobre el Ser que parece una Nada o que es un lenguaje que al decirse se rompe en el silencio, y al fundamentar, desfundamenta.

Y ya que hablamos de Heidegger y de los filósofos  hermenéuticos, a partir de aquella idea de Nietzsche de que no hay hechos sino interpretaciones y que el significado ni depende ni es el referente, y que los significantes remiten a otros significantes, me interesa relacionarlo con el poema ya citado “Antiars poética “ (“Solo de contralto “, 1997). Desearía compararlo con “Dopopioggia” (Montale, “Quaderno di quattro anni”, Mondadori, 1977). Dice Montale: “Sobre la arena mojada aparecen ideogramas/como patas de gallina. Miro hacia atrás/ pero no veo refugios o asilos de aves/ Habrá pasado un pato cansado, quizás rengo/ No sabría descifrar ese lenguaje/ aunque fuera chino. Bastará un soplo/ de viento para borrarlo. No es cierto/ que la Naturaleza sea muda. Habla sin ton ni son/ y la única esperanza es que no se ocupe/ demasiado de nosotros”. Lo comparo con el extraordinario poema de Gruss:

Esa playa en el río.
El río estaba muerto.
La playa vivía gracias a
los juncos que estaban a un lado.
Los juncos eran la alegoría del paisaje
Un poeta chino lo supo
y no lo escribió.

Tenemos un río muerto, una playa que vive gracias a los juncos, y los juncos son alegóricos. Al decirlo de esta manera noto una trampa: “los juncos” parecen un referente real, transformado en una alegoría, figura retórica.  Sólo de esta manera aparece el poema al borde del lenguaje y más, porque el poeta chino no lo transforma en lenguaje. Ese silencio (desfundamentación y ocaso del lenguaje,  según Heidegger, palabra al borde del Caos Sagrado o lo salvaje en terminología del filósofo). Es como si el poeta no lo escribiera para que el junco “sea” aun vuelto alegoría, o por el contraste.  En el poema de Montale, la Naturaleza a través de un posible pato crea una escritura no decodificable (porque “habla sin ton ni son”). Dos hechos lingüísticos dan una extraña impresión de realidad al conectarse con escrituras o recursos de la escritura. En el fondo, el silencio prelingüístico de lo “real”, el salvajismo asoma, y se dibuja al menos la sombra de su sombra.

Liliana Díaz Mindurry, Humo, de Irene Gruss, Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2013

lunes, octubre 28, 2013

William Carlos Williams / Paterson, 15





Libro 2
Domingo en el parque 
I (Continuación)








No hubo amanecer más bello que el de mayo 2, 1880, cuando las Asociaciones Alemanas de Canto de Paterson se reunieron en el Monte Garret, como lo habían hecho durante muchos años, el primer domingo de mayo.
Sin embargo, el encuentro de 1880 resultó ser un día fatal cuando William Dalzell, que era dueño de una finca cercana al lugar de los festejos, le disparó a John Joseph Van Houten. Dalzell adujo que los visitantes de años anteriores habían pisoteado su jardín y este año estaba decidido a impedir que cruzaran cualquier porción de sus terrenos.
Inmediatamente después del disparo, el tranquilo grupo de cantantes se tornó en una furiosa turba que quería tomar en sus propias manos a Dalzell. La turba procedió luego a quemar el granero donde Dalzell se había refugiado de la iracunda multitud.
Dalzell le disparó a la turba que se acercaba desde una ventana del granero y una de las balas impactó en la mejilla de una niña… Algunos policías de Paterson sacaron a Dalzell del granero (hasta) la casa de John Ferguson a una media milla de distancia.
La multitud ahora llegaba a diez mil,

“¡la gran bestia!”
porque muchos de ellos se acercaron a la ciudad para unirse al conflicto. El caso parecía grave ya que la policía había sido superada en número. La multitud intentó entonces quemar la casa de Ferguson y Dalzell huyó a la casa de John McGuckin. Mientras permanecía en esta casa, el sargento John McBride sugirió que sería conveniente mandar a buscar a William McNulty, el deán de la iglesia católica de Saint Joseph.
De inmediato, el deán ingenió un plan. Llegó hasta la escena en un coche de alquiler. Tomando a Dalzell del brazo, ante la vista de la turba enfurecida, llevó al hombre hasta el coche y sentándose a su lado, le ordenó al chófer que arrancara. La multitud hesitó, desconcertada entre la valentía del deán y  .


Signos por todas partes de pájaros anidando, mientras
en el aire, lento, un cuervo zigzaguea
con alas pesadas frente a los picoteos
de pájaros más pequeños que revolotean a su alrededor
que caen en picada para apuñalar sus ojos

Caminando—
abandona el camino, y le es difícil
atravesar el campo, rastrojos y zarzas enredadas
que parecen pastura —pero no es pastura
—viejos surcos, que dicen del trabajo agobiante o
que fue agobiante aquí   .

una llama,
consumida.

El pasto duro .

¡Cuándo! delante de sus pies, casi tropezando,
tomando un camino,  allí comienza   .
¡un vuelo de alas púrpura!
—creadas invisiblemente (sus
chaquetas gris polvo)  ¡desde el polvo encendido
en repentino ardor!

Huyen, ¡trinando! hasta
que agotadas sus fuerzas se hunden
entre las ásperas matas nuevamente y desaparecen
—pero dejan, avivando la mente, un resplandor
de alas y  una canción que trina  .

Y un saltamontes rojo basalto, largo como una bota,
rueda desde el centro de su mente,
un montón de escombros desintegrándose bajo un
chaparrón tropical

¡Chapultepec! ¡colina del saltamontes!

—una piedra opaca cuidadosamente entrenada
para llevarse un rumor
de la presencia viviente que la ha precedido
antecediendo su respiración  .

Estas alas no se despliegan para el vuelo—
¡no hace falta!
el peso (en la mano) encuentra
un contrapeso o contra resistencia
en las alas de la mente  .

¡Él tiene miedo! ¿Entonces qué?

Delante de sus pies, a cada paso, el vuelo
se renueva. Un estallido de alas, un rápido
trinar   :

¡mensajeros de la ceremonia del amor!

—¡ardiendo en vuelo!
—¡ardiendo solo en vuelo!

¡No carne, sino caricia!

Él es llevado hacia adelante por las alas que anuncian.

Si esa situación contigo (tú ignorando esas cartas en particular y luego tu nota final) hubiera pertenecido al inevitable lacrimae rerum (como lo fue, por ejemplo, mi experiencia con Z.) su resultado pudo no haber sido (como lo ha sido) la destrucción de mi propia validez para mí, porque en ese caso nada que tuviera que ver con mi sentido de identidad hubiera sido herido—la causa de las propias frustraciones en estos casos no se hallan en uno mismo ni en la otra persona sino simplemente en el triste designio de las cosas. Pero como tu indiferencia a esas cartas no fue “natural” en ese sentido (o más bien, como considerarlo antinatural me obliga, psicológicamente, a sentir que lo que te escribí era lo suficientemente trivial, irrelevante y absurdo para merecer que lo evadieras) no podía sino resultar que ese lado de la vida en conexión con aquellas cartas debería en consecuencia significar para mí esa misma irrealidad e inaccesibilidad que la vida interior de las personas suele tener para nosotros.

—su mente una piedra roja tallada para ser
un vuelo sin fin   .
El amor que es una piedra sin fin en vuelo,
mientras que la piedra soporte
el último golpe del cincel   .

.   .   y se pierde y se cubre
de cenizas, cae desde un pila debilitada
y — ¡comienza a trinar!
¡Y ASÍ HACE, la piedra después de la vida!

La piedra vive, la carne muere
—nada sabemos de la muerte.

—del largo de una bota
ojos como ventana que están al frente de la cabeza entera,
¡Piedra roja! como si
una luz todavía pendiera de ellos  .

El amor

combatiendo el sueño
--------------------------
el sueño

fragmentado.

William Carlos Williams (Rutherford, 1883-1963),  Paterson, New Directions, New York, 1963
Versión de Silvia Camerotto

Book Two
Sunday in the Park 
I

No fairer day ever dawned anywhere than May 2, 1880, when the German Singing Societies of Paterson met on Garret Mountain, as they did many years before on the first Sunday in May. //However the meeting of 1880 proved a fatal day, when William Dalzell, who owned a piece of property near the scene of the festivities, shot John Joseph Van Houten. Dalzell claimed that the visitors had in previous years walked over his garden and was determined that this year he would stop them from crossing any part of his grounds. //Immediately after the shot the quiet group of singers was turned into an infuriated mob who would take Dalzell into their own hands. The mob then proceeded to burn the barn into which Dalzell had retreated from the angry group. //Dalzell fired at the approaching mob from the window in the barn and one of the bullets struck a little girl in the cheek… Some of the Paterson Police rushed Dalzell out of the barn [to] the house of John Ferguson some half furlong away. /The crowd now numbered some ten thousand, /“a great beast!” //for many had come from the city to join the conflict. The case looked serious, for the Police were greatly outnumbered. The crowd then tried to burn the Ferguson house and Dalzell went to the house of John McGuckin. While in this house it was that Sergeant John McBride suggested that it might be well to send for William Mc Nulty, Dean of Saint Joseph’s Catholic Church. //In a moment the Dean set on a plan. He proceeded to the scene in a hack. Taking Dalzell by the arm, in full view of the infuriated mob, he led the man to the hack and seating himself by his side, ordered the driver to proceed. The crowd hesitated, bewildered between the bravery of the Dean and   . //Signs everywhere of birds nesting, while /in the air, slow, a crow zigzags /with heavy wings before the wasp-thrusts /of smaller birds circling about him /that dive from above stabbing for his eyes //Walking— //he leaves the path, finds hard going /across-field, stubble and matted brambles /seeming a pasture —but no pasture /—old furrows, to say labor sweated or /had sweated here     . //a flame, /spent. //The file-sharp grass   . //When! from before his feet, half tripping /picking a way, there starts /a flight of empurpled wings! /—invisibly created (their /jackets dust-grey) from the dust kindled,/to sudden ardor! //They fly away, churring! Until /their strength spent they plunge /to the coarse cover again and disappear /—but leave, livening the mind, a flashing /of wings and a churring song   . //AND a grasshopper of red basalt, boot-long, /tumbles from the core of his mind, /a rubble-bank disintegrating beneath a  /tropic downpour //Chapultepec! grasshopper hill! //—a mat stone solicitously instructed /to bear away some rumor /of the living presence that has preceded /it, out-precedented its breath   . //These wings do not unfold for flight— /no need! /the weight (to the hand) finding /a counter-weight or counter buoyancy /by the mind’s wings   . //He is afraid! What then? //Before his feet, at each step, the flight /is renewed. A burst of wings, a quick /churring sound     : //couriers to the ceremonial of love! //—aflame in flight! /—aflame only in flight! //No flesh but the caress! /He is led forward by their announcing wings. //If that situation with you (your ignoring those particular letters and then your final note) had belonged to the inevitable lacrimae rerum (as did, for instance, my experience with Z.) its result could not have been (as it has been) to destroy the validity for me myself of myself, because in that case nothing to do with my sense of personal identity would have been maimed —the cause of one’s frustrations in such instances being not in one’s self nor in the other person but merely in the sorry scheme of things. But since your ignoring those letters was not “natural” in that sense (or rather since to regard it as unnatural I am forced, psychologically, to feel that what I wrote you about, was sufficiently trivial and unimportant and absurd to merit your evasion) it could not but follow that that whole side  of life connected with those letters should in consequence take on for my own self that same kind of unreality and inaccessibility which the inner lives of other people often have for us. //—his mind a red stone carved to be /endless flight /Love that is a stone endlessly in flight, /so long as stone shall last bearing /the chisel’s stroke  . //.   .   and is lost and covered /with ash, falls from an undetermined bank /and  — begins churring! /AND DOES, the stone after thelife! //The stone lives, the flesh dies /—we know nothing of death. //—boot long /window-eyes that front the whole head, /Red stone! As if /a light still clung in them   . //Love //combating sleep /------------------ /the sleep /piecemeal

domingo, octubre 27, 2013

Sergio Corazzini / Rimas del corazón muerto













Oh mi pequeño corazón, fuiste inmenso
como el corazón de Cristo, ahora muerto
te acoge en no sé cuál más triste huerto
perfumado de violetas y de incienso.

¡Hombres, vine a este mundo para amar,
a todos he amado, llorado todos los llantos
vuestros y cantado todos vuestros cantos!
Fui el espejo tan inmenso como el mar.

¡Pero amor donde el corazón muerto se hiela
fue vano y desconocido, ignoto y desconocido!
Como una entena así fue mi corazón humano,
una entena que no alcanzó a tener jamás su vela.

Fue como un sol inmenso, sin cielo
y sin tierra y sin mar, solo atendido
para sí y tan solo para sí suspendido
en el espacio. Quemaba y parecía hielo.

Fue como una pupila abierta y hasta
velada por un parpadear latente;
una hostia enorme e incandescente
entre dos dedos puros en el cielo alta,

una hostia despedazada antes de haber
tocado los labios del sacrificante, una
hostia en muy pequeñas partes quebrada
que no encontraron corazón donde yacer.

Sergio Corazzini (Roma, 1886-1907), L’amaro calice, 1905
Traducción de Angel Faretta


Nota del traductor

Junto con Corrado Govoni, Tito Marrone, el primer Alzo Palazzeschi, et al, Corazzini integró el más o menos formalmente dispuesto conjunto del “crepuscularismo” italiano; el romano más precisamente en este caso. Aunque el término “crepuscolarismo” apareció impreso por primera vez en una recensión de 1910 publicada en La Stampa. Siempre con la figura central de Giovanni Pascoli, que si bien se mueve dentro de la atmósfera crepuscular excede, como todo poeta mayor, el estrecho círculo de la escuela o corriente. Aunque también en Corrazzini se suman las claras influencias de Laforgue y Francis Jammes.  Sabemos que Almafuerte leía italiano, pero no estoy por mi parte seguro si Carriego podía hacerlo. Porque son indudables los ecos y el aire de familia de estos poetas, incluido Pascoli, con la poesía de ambos argentinos. Pascoli incluso tiene un poema de su primer libro, Myricae (1897), titulado “La cucitrice” (La costurera).


Rime del cuore morto 
  
O piccolo cuor mio, tu fosti immenso 
come il cuore di Cristo, ora sei morto; 
t'accoglie non so più qual triste orto 
odorato di mammole e d'incenso.
   
Uomini, io venni al mondo per amare
tutti ho amato! Ho pianto tutti i pianti
vostri e ho cantato tutti i vostri canti! 
Io fui lo specchio immenso come il mare. 
  
Ma l'amor onde il cuor morto si gela,
fu vano e ignoto sempre, ignoto e vano! 
Come un'antenna fu il mio cuore umano, 
antenna che non seppe mai la vela. 
  
Fu come un sole immenso, senza cielo
e senza terra e senza mare, acceso
solo per sé, solo per sé sospeso
Nello spazio. Bruciava e parve gelo.
  
Fu come una pupilla aperta e pure 
velata da una palpebra latente;
fu come un'ostia enorme, incandescente,
alta nei cieli fra due dita pure, 

ostia che si spezzò prima d'avere 
tocche le labbra del sacrificante,
ostia le cui piccole parti infrante
non trovarono un cuore ove giacere.


sábado, octubre 26, 2013

Guido Cavalcanti / Tú, que por los ojos entraste al corazón...













Tú, que por los ojos entraste al corazón
y despertaste el alma que dormía,
mira la angustiosa vida mía
que Amor la destruye suspirando.

Cortando viene, y con tal valor,
que los débiles espíritus desbanda.
Queda solo mi figura erguida
y alguna voz que habla de dolor.

Esta virtud de amor que me ha deshecho
de tu pupila gentil presta se mueve
y un dardo me clavó dentro del flanco.

Tan derecho golpeó y profundamente
que el alma temblando se revuelve
viendo muerto el corazón del lado falto.

Guido Cavalcanti (Florencia,1250-1300), La poesia lirica del duecento, a cura di Carlo Salinari, Classici U.T.E.T., Milán, 1968
Versión de Jorge Aulicino

[XII]

Voi che per li occhi mi passaste il core
e destaste la mente che dormìa,
guardate a l'angosciosa vita mia,
che sospirando la distrugge Amore.

E' ven tagliando di sì gran valore,
che' deboletti spiriti van via:
riman figura sol en segnorìa
e voce alquanta, che parla dolore.

Questa vertù d'amor che m'ha disfatto
da' vostr'occhi gentil presta si mosse:
un dardo mi gittò dentro dal fianco.

Si giunse ritto 'l colpo al primo tratto,
che l'anima tremando si riscosse
veggendo morto 'l cor nel lato manco.

viernes, octubre 25, 2013

Alejandro Schmidt / Dos poemas










Esquina del universo

para plantar un fresno
hicieron un pozo
en la esquina donde está mi casa

pasaron las nubes del verano
los rastros de mayo
y el pozo fue cubriéndose
de sustancias innobles

plástico, grandes huesos
un poco de cemento , latas

estas noches
en que no duermo
oigo
murmullos terribles
silencio, insectos
salir del pozo hacia otra negritud

quizás
esta sea la esquina del universo
y el hueco llegue
hasta el ojo de fuego
de la Tierra

acaso
los muchachos regresando del baile
la vecina y sus bolsas
los obreros en su veloz agobio
arrojen también allí
un azar de reconcentrada materia espiritual

y permanezca yo
insomne todavía
entre una calle y otra del universo
oyendo secretos ruidos
y los rápidos pasos del amanecer.

de Esquina del universo



24 de marzo de 1976

Yo estaba en una pensión en Tablada al 40
yo dormía
yo me levanté a las 4 de la mañana
y encendí la radio
yo escuché: comunicado número tanto
y una música maravillosa
me quedé quieto
atento al orden de los comunicados
a esa voz de la patria.
A las 6 se fueron levantando los compañeros
yo me asomé al balcón
un colimba me miró desde la esquina
se veían tanques en el puente
miré para otro lado
al Mercado, los camiones
yo no tuve miedo
yo no hice nada
ni entonces, ni después

yo no era nadie
yo vivía colado ahí
los muchachos trabajaban en el Mercado
yo leía a Gurdjieff
yo vendía la guía de Córdoba
en la Cañada
yo andaba pelado y descalzo
yo tenía un suegro militar
yo tenía 21años
un bolso y un cepillo

yo tenía todo el fracaso que llegó
yo tenía que ir hacia la nada
y allí fui.

de Videla


Alejandro Schmidt (Villa María, 1955), Romper la vida: antología existencial, Ediciones Nudistas, Cosquín, 2013

jueves, octubre 24, 2013

Gerardo Gambolini / Dos poemas














Instantánea de una dama

No te reduzcas a simple sacerdotisa
el cielo no abriga en el invierno

No olvides, Miss Kenton,
los ríos terrenos debajo del escritorio


Elegidos

las cloacas del lenguaje


Demasiada materia, para ser maniqueos.
Demasiada permanencia.
No son muy gnósticos tampoco.
Un extraño reino de la luz, un vaticano privado
el de su bondad

El ojo entrenado que descifra
(¿un lujo cultural de no neutrales?)
el juicio que salva,
el alma a la altura de los sapos —

Oh hijos bitonales de la culpa,
agostos de mayo,
los vomitados de Zaratustra.
Sí, pensador, abraza los árboles...
No son maniqueos. Son emanaciones.

Gerardo Gambolini (Buenos Aires, 1955), inéditos

miércoles, octubre 23, 2013

Greg Delanty / Esperanto












Esta mañana un mozo en un café sombrío
    quedó desconcertado cuando traté de hablar su idioma.
Cada cual intervino para traducir, extranjeros todos.
    El mozo entendió, se sonrió
y todos se sonrieron. Por un instante fue como si
    se hubiera resuelto un gran problema, como si cada uno registrara
la respuesta que olvidamos sabíamos, la espuma
    de buena voluntad rebosante como capuchino.

Greg Delanty (Cork, 1958), Collected Poems 1986-2006, Carcanet Press, Manchester, 2007
Traducción de Jorge Fondebrider


Esperanto

This morning a waiter in a dingy café
 was baffled by my attempt at his language.
Everyone chimed in to translate, all strangers.
 The waiter got it, smiled
and everyone smiled. For a moment it was as if
 a great problem was solved, as if each registered
the answer we forgot we knew, the froth
 of goodwill bubbling up like cappuccino.

martes, octubre 22, 2013

Ekaterina Yósifova / Dos poemas














Un hogar, casi

Cuando me pregunte: ¿qué has hecho hoy?,
le contestaré: todo el día
he estado pensando en un poema. No he hecho nada más,
no he preparado la comida, no he planchado, sólo he cosido tu botón,
he pensado en un poema sobre un botón y he reído.
Ha sido un día bonito.
Preguntará: ¿y qué has pensado?
E incluso: ¿y qué has escrito?
Por supuesto que lo va a preguntar: es
parte de la intimidad.
Entrará, se quitará los zapatos y la chaqueta.
Se lavará las manos. Preguntará: ¿qué has hecho hoy?
Nada, contestaré.
Nada.


La nube

Oscurece y hace frío,
la gran nube se interpone entre el sol y yo.
Viaja rápido, en breve te tocará
el otro extremo de su sombra.
¿Qué haces ahora? ¿Qué harás mañana?
Los días se deshacen como nubes.
Pensaba que envejecería
con la frente sobre tu hombro.
Podría soñarte, dormir un rato
despreocupada junto a tu vasto cuerpo,
despreocupada junto a tu alma sonriente
(lo digo con una sonrisa).
Aquí todo es amplio y sereno, nadie altera su vida.
La nube
pasará.
Nada hay en el horizonte, salvo la noche que se cierne.

Ekaterina Yósifova (Kyustendil, 1941), Un silencio radiante: ocho poetas búlgaros contemporáneos, traducción de Liliana Tabákova, Rada Panchovska y Juan Antonio Bernier; Juan de Mairena Editores, Lucena, Córdoba, España, 2010
Vía Jonio González
.

lunes, octubre 21, 2013

Edgar Bayley / Dos poemas












Nada más que en especies

me he levantado, y todo pareció ayudarme en mi conocida tarea de
apaciguador de cerraduras. ¡señor! ¡qué de campañas! ese era, al fin y al
cabo, el único monosílabo que interesaba. después me dediqué a escurrir
las torceduras, era necesario. sin embargo, las cumbres mantenían sus
milicias. ¿la única solución? lo que ya dije en una ocasión semejante:
edgar en especies.


Remover la evidencia

estoy de pie para mecer los puertos que ajan mi cigarro, para olvidarme
del tope, cuando nadie soslaya el horizonte, y, sin saberlo, la fe bienquista
la vertical, porque esto de marchar en labios, lo sabemos, ayuda muy poco
a la simetría si mi oficio comporta hasta las venas de enfrente, yo no dis-
cuto sus preferencias -digamos: su ablución- ni sus juicios en ochavas,
y no me parece justo increparle sus bujías; pero no hay por qué escindir las
apuestas, expulsar el desarrollo. yo espero.

Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990), "Otros poemas", Obras, Grijalbo-Mondarori, Buenos Aires, 1999

domingo, octubre 20, 2013

Jorge Luis Borges / Milonga de Jacinto Chiclana











Me acuerdo fue en Balvanera,
en una noche lejana
que alguien dejó caer el nombre
de un tal Jacinto Chiclana.

Algo se dijo también
de una esquina y de un cuchillo;
los años nos dejan ver
el entrevero y el brillo.

Quién sabe por qué razón
me anda buscando ese nombre;
me gustaría saber
cómo habrá sido aquel hombre.

Alto lo veo y cabal,
con el alma comedida,
capaz de no alzar la voz
y de jugarse la vida.

Nadie con paso más firme
habrá pisado la tierra;
nadie habrá habido como él
en el amor y en la guerra.

Sobre la huerta y el patio
las torres de Balvanera
y aquella muerte casual
en una esquina cualquiera.

No veo los rasgos. Veo,
bajo el farol amarillo,
el choque de hombres o sombras
y esa víbora, el cuchillo.

Acaso en aquel momento
en que le entraba la herida,
pensó que a un varón le cuadra
no demorar la partida.

Sólo Dios puede saber
la laya fiel de aquel hombre;
señores, yo estoy cantando
lo que se cifra en el nombre.

Entre las cosas hay una
de la que no se arrepiente
nadie en la tierra. Esa cosa
es haber sido valiente.

Siempre el coraje es mejor,
la esperanza nunca es vana;
vaya pues esta milonga
para Jacinto Chiclana.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986), "Para las seis cuerdas", 1965, Obras completas, edición crítica II, Emecé, Buenos Aires, 2010

Foto: Jorge Luis Borges por Daniel Mordzinski (detalle)

sábado, octubre 19, 2013

Carmen Villoro / El camerino













La luz es blanca y fría.
Las bailarinas se preparan para la función;
sus muecas son grotescas
cuando se untan el maquillaje sobre el rostro.
Sus posturas han perdido el garbo;
abren los pies desmesuradamente,
sacan la lengua, relajan el abdomen
mientras se ciñen el tocado
o se ajustan la falda.
Los vestuarios a medias:
una lleva puesta el suéter de calle,
otra tiene el vestido de tul desabrochado.
¿Quién asiste a esta función ignorada?
¿Quién registrará en fotografías o videos
la armonía bizarra, irrepetible
de sus acciones silenciosas y precisas?
¿Qué crítica de qué periódico mencionará
la atmósfera sagrada,
la cruel metamorfosis de la niña-monstruo-mariposa
entre espejos y focos que repiten infinita
la extrañeza de no ser nada del todo
y ser la misma, cotidianamente enrarecida?
¿Cómo repetir esta escenografía
de ganchos, de chamarras y tacones,
bolsas de calle y colores
desparramados sobre el tocador?
Texturas, sombras, reflejos,
movimientos arcaicos de seres rituales.
¿Qué dios les dará nombre a estas criaturas?
Junto a la magia del camerino
cualquier puesta en escena -la más excelsa-
es blanda.
Atrás está la verdadera tiranía,
el arte reservado al olvido,
aclamado por ausencia.
El sueño de la crisálida es efímero:
la composición improvisada se disuelve
cuando las bailarinas se disponen
a abordar el escenario.

de Obra negra [2007]

Carmen Villoro (Ciudad de México, 1958), 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual de México, selección de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Lom, Santiago de Chile, 2012

viernes, octubre 18, 2013

John Hewitt / Una vez extranjeros aquí














Una vez extranjeros aquí mis padres construyeron su casa,
reclamaron su tierra, la drenaron y le dieron uso,
y por su urgente tarea apenas escatimaron
centavos trasegados de las reservas guardadas
de palabras bien gastadas que habían dejado sus matices
en la madura Inglaterra de las suaves ondulaciones.
Los hoscos irlandeses cojeando hacia las colinas
cargaban consigo sus encantamientos y conjuros
que en los días de festividades de los clanes colgaban felices y ricos
en cada rama la piedra horadada por la lluvia un significado
más allá del borroso grabado de la turbia escarcha…

Así que yo, por todos los hombres enterrados
en el barro del Ulster, por la roca y el valle
por la bruma y la nube y la calidad del aire
tan propios a mi pensamiento como al de cualquiera de aquí,
soy quien ahora debe buscar una manera nativa de descifrar
la tenaz sabiduría individual,
aunque sin la habilidad en ninguna escala de canto,
la inglesa más grave, la poética lengua irlandesa,
debo dejar que esta tierra rica mejore así la sangre
con pulso constante donde ahora hay un ánimo que se desploma
hasta que pensamiento e imagen tal vez, identificados,
encuentren una voz natural para manifestarse apropiadamente.

John Hewitt (Belfast, 1907-1987), The Collected Poems of John Hewitt, edited by Frank Ormsby, The Blackstaff Press, Belfast, 1991
Traducción de Jorge Fondebrider


Once alien here

Once alien here my fathers built their house
claimed, drained, and gave their land the shapes of use, 
and for their urgent labour grudged no more
than shuffled pennies from the hoarded store
of well-rubbed words that had left their overtones
in the ripe England of the mounded downs.
The sullen Irish limping to the hills
bore with them the enchantments and the spells
that in the clans’ free days hung gay and rich
to every twig the rain-pocked stone a meaning past
the blurred engraving of the fibrous frost.

So I, because of all the buried men 
in Ulster clay, because of rock and glen
and mist and cloud and quality of air 
as native in my thought as any here,
who now would seek a native mode to tell
out stubborn wisdom individual,
yet lacking skill in either scale of song,
the graver English, lyric Irish tongue,
must let this rich earth so enhance the blood
with steady pulse where now is plunging mood
till thought and image may, identified, 
find easy voice to utter each aright.

jueves, octubre 17, 2013

Marguerite Yourcenar / Aquellos que nos esperan...













Aquellos que nos esperan, están hartos de esperarnos,
y están muertos  sin saber que nosotros iremos
a cerrarles los brazos que ellos no pueden tender,
nos legan un remordimiento a cambio de un recuerdo.

Los ruegos, las flores, el más tierno de los gestos
son los presentes tardíos que no se pueden bendecir;
los vivos y los muertos no nos entendemos;
la muerte, cuando viene, nos reúne sin unirnos.

Nosotros no conocemos la dulzura de sus tumbas
nuestros gritos, lanzados muy tarde, se fatigan, se caen
penetran sin eco la eternidad sorda;

y los muertos desdeñosos, forzados a callarse,
no nos escuchan en el umbral negro del misterio,
llorar por un amor que no existió jamás.

Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903- Northeast Harbor, Maine, 1987), Les Charités d’Alcippe, Gallimard, 1929
Versión de Marina Kohon


Ceux qui nous attendaient...

Ceux qui nous attendaient, se sont lassés d’attendre,
Et sont morts sans savoir que nous allions venir,
Ont refermé leurs bras qu’ils ne peuvent plus tendre,
Nous léguant un remords au lieu d’un souvenir.

Les prières, les fleurs, le geste le plus tendre,
Sont des présents tardifs que rien ne peut bénir ;
Les vivants par les morts ne se font pas entendre ;
La mort, quand vient la mort, nous joint sans nous unir.

Nous ne connaîtrons pas la douceur de leurs tombes.
Nos cris, lancés trop tard, se fatiguent, retombent,
Pénètrent sans écho la sourde éternité ;

Et les morts dédaigneux, ou forcés de se taire,
Ne nous écoutent pas, au seuil noir du mystère,
Pleurer sur un amour qui n’a jamais été.

miércoles, octubre 16, 2013

Padraic Fiacc / Encuentro enemigo















Hojas secas (dejadas por el otoño)
acumuladas, cerca de una alcantarilla.
Me acerco hacia
                     un soldado del Ejército Británico
con un rifle y un radio
escondiéndose encaramado. Es pelirrojo.

Es lo bastante joven como para ser
el novio de mi hija adolescente.
Es como un solitario y pequeño petirrojo invernal.

Estamos tan cerca uno de otro que
casi puedo oír los latidos de su corazón.

Digo algo amable para hacerlo sonreír,
pero sus largavistas miran más allá de mis
patillas hacia
                    la calle Shore Road.
Soy un irlandés
                        y él tiene miedo
de que haya venido a matarlo.


Padraic Fiacc (Belfast, 1924), Ruined Pages: Selected poems, edited by Gerald Dawe and Aodán Mac Póilin, Blackstaff Press, Belfast, 1994
Traducción: Jorge Fondebrider



ENEMY ENCOUNTER

Dumping (left over from the autumn)
Dead leaves, near a culvert
I come on
                a British Army soldier
With a rifle and a radio
Perched hiding. He has red hair.

He is young enough to be my weenie
 -bopper daughter's boyfriend. 
He is like a lonely little winter robin.

We are that close to each other, I
Can nearly hear his heart beating.

I say something bland to make him grin, 
But his glass eyes look past my side-whiskers        
                    down the Shore Road street.
I am an Irish man
                     and he is afraid
That I have come to kill him.

martes, octubre 15, 2013

Manuel Álvarez Torneiro / Página de silencio














Aquí el silencio
donde cazan los gatos mientras duermen,
los mapas del crepúsculo
que van cambiando con la luz,
el centeno que vibra en las llanuras seculares.
Vestíbulos de pinaza.
Un soto musitado.
Franciscanos aromas de laureles remotos.

La emanación de la tarde.

Y la repentina sombra.

E instantes que desbordan
toda meditación.

Y músicas que vienen para quedarse.
Músicas de guardar
para que de algún modo siga vivo
lo que dimos por muerto.


Manuel Álvarez Torneiro (A Coruña, 1932), de Os ángulos da brasa, Faktoria K
de Libros, Vigo, 2012
Versión de Jonio González


Páxina do silencio

Velaquí o silencio
onde cazan os gatos mentres dormen,
os mapas do crepúsculo
que a luz vai cambiando,
o centeo vibrando nas chairas seculares.
Vestíbulos de frouma.
Un souto musitado.
Franciscanos aromas de loureiros remotos.

A emanación da tarde.

E a repentina sombra.

E instantes que rebordan
toda meditación.

E músicas que veñen para quedar.
Músicas de gardar
para que dalgún xeito siga vivo
o que demos por morto.


lunes, octubre 14, 2013

Dino Campana / Mujer genovesa
















Tú me trajiste un poco de alga marina
en tus cabellos, y un perfume de viento,
que ha llegado desde lejos, grave
de ardor, y había en tu cuerpo bronceado
la divina
simplicidad de tus delicadas formas,
no amor ni congoja, un fantasma,
una sombra de la necesidad que ambula
inevitable y serena por el alma
y la diluye en dicha, en encanto, serena,
para que el viento del sudeste
pueda llevarla al infinito.
¡Qué pequeño y leve es el mundo en tus manos!


Dino Campana (Marradi, 1885 – Scandicci, 1932), Canti Orfici e altri scritti, Vallecchi, Firenze, 1952
Traducción de Guillermo Boido

domingo, octubre 13, 2013

John Hewitt / Paisaje

Para un campesino el paisaje vivo es
en cierto nivel un mapa de parentesco,
y en otro, apenas debajo de éste, un gráfico con instrucciones,
jamás en nivel alguno una vista hermosa:
el cielo es un manual de trabajo o de ocio;
el viento en un punto cardinal es el rumor del heno,
en otro un largo día en la turba sobre el musgo;
el paisaje es familias, y un hombre solo
que hierve una ollita, y cartas una vez al año;
es también, apoyando esto, buen grano
y pasto estival para ovejas libres de sarna
y acres en barbecho esperando el lino.
Así que hablar del tiempo también es hablar de vida,
y vida es hombre y lugar y estos tienen nombres.

John Hewitt (Belfast, 1907-1987), The Collected Poems of John Hewitt, edited by Frank Ormsby, The Blackstaff Press, Belfast, 1991
Traducción de Jorge Fondebrider


Landscape

For a countryman the living landscape is
a map of kinship at one level,
at another, just below this, a chart of use,
never at any level a fine view:
sky is a handbook or labour or idleness;
wind in one airt is the lapping of hay,
in another a long day at turf on the moss;
landscape is families, and a lone man
boiling a small pot, and letters once a year;
it is also, underpinning this, good corn
and summer grazing for sheep free of scab
and fallow acres waiting for the lint.
So talk of weather is also talk of life,
and life is man and place and these have names.

sábado, octubre 12, 2013

Orlando en verso y prosa, VIII

1. El honor de la espada

¡Oh qué de magas y de magos hay
entre nosotros sin que lo sepamos!
Con sus artes, a hombres y mujeres,
mutando el rostro, hacen que los quieran.
No llaman espíritus para tal fin,
ni hacen observación de las estrellas,
sino que con mentira y simulación
atan en nudo insoluble el corazón.





Con el anillo de Angélica, o con
un poco de razón, podría verse
de esos tales el rostro verdadero,
aunque con ficción y arte lo escondieran.
Así, el que parece bueno, depuesto
el colorete, se vería malo y feo.
Fue suerte para Rogelio, en realidad,
que el anillo le mostrara la verdad.


Situaciones hay en que la rigurosa ética del caballero se pone a prueba, y tales situaciones suelen ser las más vulgares. Si en un combate no es siempre fácil contenerse y tener para con los rivales la digna actitud que cabe de un alma gentil, más arduo resulta conservar el temple ante un mosquito molesto, digamos, o un insufrible ganapán, cuya enhiesta soberbia no es menor a su servilismo, y cuyo cerebro no alcanza no ya a medir la talla del oponente, sino las consecuencias de su proceder desquiciado. Rogelio podría encontrarse a estas alturas por demás confuso ante el mundo incesante de magias y artificios al que lo ha arrojado su autor. Pero el desconcierto lo invade en verdad cuando en ese mundo encantado aparece lo absurdo y lo grotesco.
Topa con un lacayo cazador.

Llevaba un ave de presa sobre el puño
a la que hacía volar todos los días
hacia un cercano prado, o hacia un estanque,
donde cazaba presas numerosas;
iba a su lado un perro compañero;
montaba un rocín no demasiado ornado.
Pensó muy bien que Rogelio se escapaba
cuando vio con cuánta prisa galopaba.

Fue hacia él y con un gesto algo altanero
le preguntó el motivo de su apuro.
No quiso responderle el buen Rogelio
y el otro estuvo cierto de que huía
y pensó presto en cómo detenerlo.
Amenazó extendiendo el brazo izquierdo:
"Si por arma uso el ave, ¿qué dirías?
Contra el ave escudarte no podrías."

Arroja al ave, y ésta bate las alas.
Rabicán no lograría adelantarla.
El cazador salta de la montura
y al mismo tiempo le libera el freno.
El corcel es una saeta disparada,
formidable en patear y en tirar mordidas;
llevado como por el viento el fuego,
se apura tras la bestia el siervo luego.

No quiere parecer el can más lerdo:
va contra Rabicán con igual prisa
que la usual en correr liebres silvestres.
Vergüenza es escapar para Rogelio.
Mira al que viene corriendo a pie, audaz;
no ve que tenga armas, sólo una vara:
es la misma que usa con el perro.
Él no quiere desenvainar el fierro.

El siervo llega, y lo golpea fuerte;
lo muerde a un tiempo el can en el pie izquierdo;
se agita el palafrén desenfrenado,
tirando coces una y otra vez.
El ave da mil vueltas sobre el yelmo
y con la garra llega a herirlo, incluso.
Su corcel con el ruido se estremece;
ni tirones ni espuelas obedece.

Obligado, finalmente, el fierro saca
para dar fin a molestia semejante;
a los animales y al villano muestra
o el tajo o la punta de la espada.
Esa importuna turba no se aleja
y ocupa, aquí o allá, toda la vía.
Él ve tanto deshonor en la parada
cuanto peligro si atrasa la escapada.

Sabe que poco más que se demore,
Alcina estará a un paso con su pueblo:
de trompas, de tambores y campanas
oye por todas partes el estruendo.
Contra un siervo sin armas y su perro
no le parece bien usar la espada.
Tiempo, para pensarlo, no hay de sobra.
Pondrá fin el escudo a la zozobra.

Apartó el paño bermejo que cubierto
tuvo en esos días al escudo mágico.
Hizo el efecto mil veces comprobado
y su luz hirió los ojos del sirviente.
De sentido queda el cazador privado;
caen el can y el rocín y, entre plumas,
el ave que se batía con empeño.
Marcha y los deja tendidos en el sueño.

En un mal cálculo, entre tanto, Alcina envía parte de su monstruoso ejército a seguir la senda hacia el castillo de su hermana, y a la parte restante le ordena  embarcar. Ella misma sube a una nave. Las velas desplegadas son tantas que oscurecen el mar. De esta manera, deja la ciudad sin protección, circunstancia que aprovecha Melisa para liberar de los conjuros a todos los amantes de la hechicera, los cuales se dispersan hacia Grecia, Persia, la India. También Astolfo queda liberado. Incluso, Melisa tiene tiempo de buscar la lanza de oro del caballero, que infaliblemente derriba al enemigo con el primer golpe. Lo invita a montar en grupas de su caballo y parten hacia el reino de Logistila. Por la candente senda de la playa iba en tanto Rogelio hacia el mismo sitio. Pero no quiero demorarme siempre en las mismas cosas y parto a Escocia en busca de Reinaldo.


2. La misión de Reinaldo


Aprovecha Reinaldo el favor logrado ante el rey en Escocia, con su caballaresca intervención en favor de la princesa Ginebra, y le explica los motivos de su viaje. Sin dudar un instante, el monarca pone todas sus fuerzas militares a disposición de Carlomagno. De inmediato, manda a sus representantes por todo el reino a reclutar soldados y a comprar naves y suministros.
El rey acompaña a Reinaldo hasta su navío y allí lo despide, emocionado. Reinaldo navega hasta la desembocadura del Támesis y  continúa en bote hasta Londres. El príncipe que sustituye a Otón, pues éste se encuentra junto a Carlomagno, precisamente,  lo recibe con honores y le da cartas credenciales para que continúe el reclutamiento en Gales.
Mas, como un músico que debe tañer los distintos tonos de su instrumento, me he acordado de Angélica, abandonada cuando había encontrado a un eremita, y hacia ella vuelvo.



3. El eremita lúbrico


Luego de que se despide del ermitaño, éste siente que su sangre se calienta ante la belleza de la reina extranjera, más de lo que sería decoroso para un sabio eremita. Quiere seguirla, pero el burro en el que monta en modo alguno puede alcanzar el paso del corcel de Angélica. Invoca entonces la ayuda infernal mediante artes mágicas y pone un espíritu diabólico en el caballo.
Al principio, el demonio no se manifiesta, pero he aquí que cuando Angélica cabalga por las playas gasconas, el corcel se desenfrena y entra al mar. Tanto se aleja de la costa que la doncella teme por su vida. De pronto, el palafrén vuelve a la playa, pero no al punto del que había partido, sino a otro, donde el eremita acecha desde una alta roca, allí llegado por artes extrañas.
Angélica se conduele ante el Cielo de su posición. Allí está, empapada y casi desnuda. Ha perdido a su hermano, Argalia, aquél cuyo fantasma reclamó su yelmo a Ferragús; el mismo Argalia que blandía la lanza de oro que es de Astolfo ahora. Ha perdido su casa, su reino.  La suerte enreda sus intentos de volver. No sabe aún que un nuevo peligro la amenaza: el mismísimo nigromante que se hace pasar por fraile y que ahora siente arder su instinto como cuando era joven. Este se le aproxima, pero con otro rostro. La confunde y ella se desahoga ante él, contándole todo lo que el otro sabe.

Comienza el eremita a confortarla,
con argumentos buenos y devotos;
y pone la audaz mano, en tanto habla,
en el seno y las húmedas mejillas;
envalentonado, intenta abrazarla,
pero ella desdeñosa le golpea
con una mano el pecho y lo rechaza,
y de honesto rubor toda se abrasa.

El nigromante, de un zurrón que lleva,
saca una ampolla de raro licor;
en las pupilas le instila unas gotas,
justo allí donde arde brillante Amor,
y el sueño le trasmite en esas gotas,
de modo que se duerme en un instante.
Cae en la arena Angélica indefensa,
a merced de este viejo y de su ofensa.

Él la abraza y a su placer la toca,
y ella duerme y no puede detenerlo.
Le besa en el bello pecho y la boca:
nadie podría verlo en este páramo.
Pero en el lance, su corcel le falla:
no responde al deseo el viejo cuerpo.
Enfermo y débil, con ya muchos años,
al afán siguen feos desengaños.

Todas las vías y los modos tienta,
mas su pobre jamelgo no se alza.
En vano agita el freno o lo espolea:
no logra que levante la cabeza.
Al fin, junto a la dama se adormece,
pero ya lo amenaza otra desgracia.
Cuando juega con uno la fortuna,
si no afloja en dos, menos lo hace en una.


4. El sueño de Orlando


Menester es que antes de continuar cuente el porqué del arribo de unos extraños que ingresarán a este escenario agreste y tomarán prisionera a Angélica.
Hacia el ocaso, más allá de Irlanda, existe una isla llamada Ebuda donde se practica un rito cruel: periódicamente una muchacha hermosa es entregada a las fauces de una orca.
Tal rito se basa en una antigua historia, según la cual Proteo se enamoró de la hija del rey y la dejó embarazada. Enterado el rey, mató a su hija y con ella a su descendiente. Proteo lanzó desde entonces monstruos y tormentas sobre el reino. Alguien pensó en darle, cada vez, la mujer más bella que se encontrara. Así se hizo y Proteo la tomaba, hasta que descubría el engaño.
No sé si la historia es cierta, pero los habitantes de la isla entregan aún una bella no ya a Proteo, sino a una orca salvaje. Y cuando las bellas escasean, recorren las costas en busca de alguna. Tal la mala suerte de Angélica y del eremita. Unos desconocidos desembarcaron y encontraron en brazos de un fraile la más bella rosa que pudieran entregar a la orca. Imaginen: la gran beldad que enloqueció a Agricán, el tártaro; la que hizo que Sacripante deseara la muerte; la perla que Orlando robó de Oriente y defendió a todo lo ancho del mundo conocido hasta llevarla a Francia. Ahora, ella será entregada a las fauces de un odioso y vulgar monstruo marino. No lo puedo creer ni yo mismo.

Pero, como era Angélica tan bella,
movió a piedad incluso a esos feroces,
quienes quisieron diferir la muerte
cruel y evitarla todo lo posible.
Mientras hubo doncellas extranjeras,
perdonaron a la beldad angélica.
Al monstruo fue llevada finalmente;
llorando iba detrás aquella gente.

¿Quién narrará la angustia, llantos, gritos,
el alto dolor que llegó hasta el cielo?
¿Quién dirá que la tierra no se abrió
cuando fue puesta sobre fría piedra,
donde, en cadenas y desamparada,
esperó el fin tétrico, abominable?
No seré yo, pues el dolor me parte,
y me llevo mis rimas a otra parte.

Voy hacia París, hacia Orlando, donde la batalla arde ya, y tan literalmente que sólo una tormenta y la lluvia logran apagar los fuegos y evitar la caída de la ciudad en manos del moro.
Orlando no puede dormir, pero no por los avatares de la batalla, sino por el torturante recuerdo de Angélica. Y se maldice por la idea insensata de traerla hasta el campamento cristiano.
Orlando no duerme, pero cuando apenas duerme, sueña.

Pareció a Orlando sobre verde orilla,
de fragantes flores toda cubierta,
ver el marfil bello, el natural púrpura
que Amor antes solía regalarle,
y las dos claras estrellas que nutren
en las redes de Amor el alma presa:
hablo de los bellos ojos y cara
que el corazón del pecho le llevara.

Sentía gran placer, la mayor dicha
que pueda sentir un feliz amante.
Y ve que se levanta una tormenta
que destroza las flores y las plantas;
no vio otra jamás igual a ésta,
cuando sopla aquilón, austro o levante.
Le pareció correr por un collado,
en busca de algún sitio reparado.

En tanto el infeliz (no sabe cómo)
pierde su dama en aquel aire oscuro
y aquí y allá como campanas resuena
su nombre: en las campanas y en los árboles;
y mientras dice "¡Mísero de mí!
¿Cómo cambió mi dulzura en veneno?",
oye a la dama que su ayuda clama;
sólo a él, no a cualquier otro, la reclama.

Adonde parece que habla la voz
corre, y de aquí a allá se fatiga en vano.
¡Qué atroz es el sufrimiento, qué áspero,
pues no puede ver los hermosos rayos!
Entonces otra voz, en otra parte,
dice: "No esperes volver a verme más".
Ante este horrible grito despertó,
y cubierto de lágrimas se halló.

Parte Orlando sin pensar que aquello ha sido un sueño. Parte en medio de la batalla. Se entera Carlomagno, maldice y lo amenaza. Tal vez por no seguir oyéndolo, también parte Brandimarte, un fiel amigo de Orlando. Y no solo eso: la amada de Brandimarte, Flordelís, parte a su vez, tras su amado. Se trata de no pocas bajas para el malhadado ejército del Emperador. Pero dejo esta pareja aquí, pues me importa el señor de Anglante, de quien les hablaré en el próximo canto.


Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

Alicia García Bergua / No me acerco a ti cuando te toco...



No me acerco a ti cuando te toco,
sino a la nostalgia largamente paladeada
que cubre los muros limpios de las tardes
y contempla en el humo recuerdos vacíos.
La experiencia del abrazo precario,
una mano distraída que se suelta en un cruce,
entre la multitud.

Ahora trato de enlazarme a esa mano
que en mí viene y va
como ese autobús donde nos conocimos
y viaja normalmente sin nosotros.
Pero es solo una línea
que trata de pescar con un señuelo,
un pedazo de tiempo que soltamos
para que nos hiciera falta siempre.


de Fatigarse entre fantasmas [1999]

Alicia García Bergua (Ciudad de México, 1954), 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual de México, selección de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Lom, Santiago de Chile, 2012

viernes, octubre 11, 2013

Fina Warschaver / Epitafio



Voy a morir sin dejar rastro,
menos que el caracol ovillado en su membrana,
menos que el aliento condensado en la ventana,
menos que la ojera del guijarro en el estanque,
menos que el latido de la almeja en la arena,
menos que la voluta de la pluma en el aire,
menos que el humo que empaña la mañana.

Ah, si fuera
estrella de nieve en el vidrio del recuerdo,
rosa náutica en el mar del pensamiento,
vela enamorada del viento, pasaría
como espectro de luz en la semana y dejaría
el color de cada día. Pero
voy a morir sin dejar rastro.

Fina Warschaver (Buenos Aires, 1910-1989), Color de siete días, inédito
Foto de Anatole Saderman en finawarschaver.com

jueves, octubre 10, 2013

Elder Silva / Zoom


(para Malí)

Estás en la cocina abriendo una lata de arvejas:
de espaldas, los jeans ajustados son fácil tentación
para mis ojos de animal aturdido.
Entro y siento ganas de besarte en el cuello descubierto,
levantar tu blusa y tomarte por los pechos
casi dulcemente.
Pero el abrelatas avanzando por el círculo filoso
detiene mis impulsos venales. Es decir, tus dedos rojos
apretando el abrelatas en el borde del tarro,
cambian calles pasos veredas omnibuses
por ese pequeño y maquinal movimiento
que vos ejecutás con cierta devoción y encanto.
Al fin cierras el círculo
y como fulminada,
la tapa cae sobre los azulejos de la mesa.

Meto la mano en el tarro y te doy una arvejita
en la boca.
Y te toco los dientes con la lengua
en un poema con final feliz.

Elder Silva (Salto, 1955), Fotonovela. Canción de perdedores, Civiles Iletrados, Uruguay, 1998

Foto: Elder Silva en FB

miércoles, octubre 09, 2013

Mercedes Alvarez / Tres poemas

No me importa que me toquen...

No me importa que me toquen
que me metan la mano de improviso
por debajo de la falda
no me importa que me estrujen
mientras no me ignoren
róbenme, pero solo las cosas bellas
deslícenme la mano en el corpiño
no importa
mientras no miren al piso
cuando paso por la calle
úsenme
si van a amarme
muérdanme
si van a adorarme
o una forma de ver el mundo
la escucha la dicha el protagonismo
la plenitud de este amor correspondido
la casa en ruinas
y el cuerpo un resultado
sin importancia.


Ojalá volaran murmurando...

ojalá volaran murmurando
los aviadores bajo sus trajes grises
y me dijeran
que las señales del cielo son buenas señales
que los pájaros pasan, pensativos
dibujando la curvatura exacta de un arco florentino
y que todos esos trazos de nubes
no son sino pistas
las piedras de Pulgarcito
el camino a una casa
-qué palabra tan ambigua-
aunque uno no sea deseado en ella


Las mujeres de mi familia siempre tuvieron...

Las mujeres de mi familia siempre tuvieron
para la tragedia
un gran sentido de la oportunidad.
Mi abuela murió un viernes a la noche
mi madre se accidentó un domingo al mediodía.
Los nietos y los hijos
viajamos con nuestros bolsos
desde nuestras casas
no tuvimos que salir corriendo
del trabajo o del gimnasio
parar un taxi en plena calle
maldecir el tránsito.
Llevamos nuestros celulares
nuestros cargadores
nuestra ropa interior
la ropa de abrigo
junto con la pena. Vi a mi madre
en el hospital
después de la tragedia
víctima de sus buenas intenciones
la cara lívida
y un ojo destrozado
por intentar salvar a un gato.
"Ese gato - le dije-
debería estar muerto".
Pero ella
que apenas podía moverse
me sonrió misteriosa
y su ojo sano tenía
el resplandor de fuego
de los ojos
de algunos animales heridos.


Mercedes Alvarez (Tandil, 1979), Imitación de los pájaros, inédito

Foto: Mercedes Alvarez por Magdalena Siedleck

martes, octubre 08, 2013

James Schuyler / A diferencia de Joubert


De tarde, acostado en la cama
pero no “en déshabillé rosa”
en pijama rojo y una bata amarilla
–pijama de franela y bata de toalla–
y por un momento, por un tris desprendido
del momento, triunfo donde Joubert
fracasa: no pensar nada; pero
pensándolo bien, fracaso, porque no fue
con intención, ni es muy seguro que
haya habido siquiera el recorte
de un tris entre el pensamiento y
el siguiente pensamiento, que no haya habido
pensamiento entre ellos. Lo único
claro en este día sin sombra bajo
un cielo como sombra es que el primer
pensamiento fue gris, un azul-gris
áspero y brillante, un trozo de pizarra
coloreado en exceso, y el segundo fue gris
como son algunas rosas, o el pelo que se ve
que alguna vez fue rojo, un gris con el encanto
y el calor de un cuarto íntimo aunque no
exageradamente acogedor, con carpintería
de Pajou, o como el tapizado viejo, o
tu primer biplano. Tan diferente como
el día de la noche, y tan igual,
así como su conjunción  –la nada que
puede no haber sido– también fue un gris,
más cremoso, más claro, de mirada furtiva
como el cielo o un botón grande y chato
recortado de una concha marina, la cáscara
pulida de una ostra, tal vez:
sutiles días de invierno en los que el pensamiento
se hunde en presencia de una ausencia.

James Schuyler (Chicago, 1923-Nueva York, 1991), Una ciudad blanca, traducción de Laura Wittner, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2012



Unlike Joubert

Lying on the bed in the afternoon
but not “in a pink dressing gown”
in red pajamas and a yellow bathrobe
–flannel pajamas and a terry cloth bathrobe–
and for a moment, a flicked off bit
of a moment, succeeding where Joubert
failed: to think nothing; but on
second thought, failing, as it was not
by intention, nor is it certain that
there was even the shaved off edge
of a flick between the thought and
the next thought, that there had been
no thought between them. All that is
clear on this shadowless day under
a sky like a shadow is that the first
thought was gray, a harshly bright
blue-gray, a piece of too highly colored
slate, while the second was gray
as some roses are, a gray with the charm
and warmth to it of an intimate and
not overly cozy room, one with woodwork
by Pajou, or like worn upholstery, or
your first biplane. As different as
day from night, and as alike,
just as their connective –the nothing which
may not have been– was also gray,
creamier, lighter, and shifty-eyed
as the sky or a big flat button
cut out of a seashell, the polished
off husk of an oyster, perhaps:
subtle days in winter when thought
sinks down in the presence of an absence.

domingo, octubre 06, 2013

Jaime Gil de Biedma / Tres poemas

En el nombre de hoy

En el nombre de hoy, veintiséis
de abril y mil novecientos
cincuenta y nueve, domingo
de nubes con sol, a las tres
-según sentencia del tiempo-
de la tarde en que doy principio
a este ejercicio en pronombre primero
del singular, indicativo,

y asimismo en el nombre del pájaro
y de la espuma del almendro,
del mundo, en fin, que habitamos,
voy a deciros lo que entiendo.
Pero antes de ir adelante
desde esta página quiero
enviar un saludo a mis padres,
que no me estarán leyendo.

Para ti, que no te nombro,
amor mío-y ahora hablo en serio-,
para ti, sol de los días
y noches, maravilloso
gran premio de mi vida,
de toda la vida, qué puedo
decir, ni qué quieres que escriba
a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos,
compañeros de viaje,
y sobre todos ellos
a vosotros, Carlos, Ángel,
Alfonso y Pepe, Gabriel
y Gabriel, Pepe (Caballero)
y a mi sobrino Miguel,
Joseagustín y Blas de Otero,

a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social,
dedico también un recuerdo,
y a la afición en general.


Happy Ending

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.

Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.


De vita beata

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990), Las personas del verbo, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2006
.

sábado, octubre 05, 2013

Cesare Pavese / Exterior

No vuelve el muchacho que se fue a la mañana.
Dejó la pala todavía fría en el gancho
-era el alba- y nadie quiso seguirlo:
se habrá tirado sobre alguna colina. Un muchacho,
de la edad en que se comienza a escupir juramentos
no sabe hacer discursos. Nadie
quiso seguirlo. Era un alba quemada
de febrero, cada tronco color de sangre
coagulada. Nadie sentía en el aire
la tibieza futura.

La mañana pasó
y la fábrica libera mujeres y obreros.
En el buen sol alguno -regresa al trabajo
dentro de media hora- se tiende a comer, hambriento.
Pero hay una humedad dulce que muerde la sangre
y le da a la tierra escalofríos verdes. Se fuma
y se anota que el cielo está sereno, y a lo lejos
las colinas son violetas. Sería bueno
quedarse un tiempo largo sobre el suelo, bajo el sol.
Pero, finalmente, se come, ¿quién sabe si comió
ese muchacho testarudo? Dice un obrero flaco:
está bien, uno se rompe el lomo trabajando,
pero comer se come. Incluso, se fuma.
El hombre es como un animal, querría no hacer nada.

Son los animales los que sienten el tiempo, y el muchacho
lo sintió desde el alba. Y hay perros
que terminan podridos en un pozo: la tierra
agarra todo. ¿Quién sabe si el muchacho no termina
dentro de un pozo, hambriento? Escapó en el alba
sin hacer discursos, con cuatro juramentos,
alta la nariz en el aire.

Piensan todos en eso
esperando el trabajo, como un rebaño desganado.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), "Lavorare stanca", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino


Esterno 

Quel ragazzo scomparso al mattino, non torna.
Ha lasciato la pala, ancor fredda, all'uncino
-era l'alba- nessuno ha voluto seguirlo:
si è buttato su certe colline. Un ragazzo
dell'età che comincia a stacare bestemmie,
non sa fare discorsi. Nessuno
ha voluto seguirlo. Era ul'alba bruciata
di febbraio, ogni tronco colore del sangue
aggrumato. Nessuno sentiva nell'aria
il tepore futuro.

Il mattino è trascorso
e la fabbrica libera donne e operai.
Nel bel sole, qualcuno -il lavoro riprende
tra mezz'ora- si stende a magiare affamato.
Ma c'è un umido dolce che morde nel sangue
e alla terra dà brividi verdi. Si fuma
e si vede che il cielo è sereno, e lontano
le colline son viola. Varrebbe la pena
di restarsene lunghi per terra nel sole.
Ma a buon conto si mangia. Chi sa se ha mangiato
quel ragazzo testardo? Dice un secco operaio,
che, va bene, la schiena si rompe al lavoro,
ma mangiare si mangia. Si fuma persino.
L'uomo è come una bestia, che vorrebbe far niente.

Son le bestie che sentono il tempo, e il ragazzo
l'ha sentito dall'alba. E ci sono cani
che finiscono marci in un fosso: la terra
prende tutto. Chi sa se il ragazzo finisce
dentro un fosso, affamato? È scappato nell'alba
senza fare discorsi, con quattro bestemmie,
alto il naso nell'aria.

Ci pensano tutti
aspettando il lavoro, come un gregge svogliato.

viernes, octubre 04, 2013

Angel Faretta / Cosmogonía breve

Primero vi el mundo, solo y puro,
luego su sombra, y en un muro
vi también la puerta
que permanece abierta.
Ambas cosas olvidé después,
la puerta se cerró y entonces
el mundo no fue más que sueño
falto de telón, color y empeño;
llevó a hartarme fastidiosamente
llegando a creer inevitablemente
que era el absurdo culpable.
Más aún: esposo y madre
de todo aquello que brotaba
frutando de una raíz muy mala.
Fui entonces al otro lado,
detrás del muro y el encalado,
a ver si la puerta
continuaba abierta
o estaba definitivamente cerrada
cambiando mi destino en esa nada
que parece la vida cuando el mundo todo
rotundo se esfuma, ahogándose en lodo.
La puerta no se había cerrado, pero sólo
una estrecha franja permanecía abierta;
su exigua luz de estrella muerta
semejante a la vieja puerta.

Angel Faretta (Buenos Aires, 1953), Propio laberinto, inédito

jueves, octubre 03, 2013

René Char / La eternidad en Lourmarin


Albert Camus

Ya no hay línea recta ni ruta iluminada con un ser que nos dejó. ¿Dónde se aturde nuestro afecto? Ojera tras ojera, si él se acerca, es para hundirse de inmediato. Su rostro a veces se imprime sobre el nuestro, produciendo sólo un destello helado. El día que alargaba la felicidad entre él y nosotros no está en ninguna parte. Todas las partes – casi excesivas – de una presencia se han dislocado de golpe. Rutina de nuestra vigilancia… Sin embargo ese ser suprimido se mantiene dentro de algo rígido, desierto, esencial en nosotros, donde nuestros milenarios, juntos, apenas tienen el espesor de un párpado cerrado.
Con el que amamos hemos cesado de hablar, y no es el silencio. ¿Qué es entonces? Sabemos, o creemos saber. Pero solamente cuando el pasado que significa se abre para darle paso. Aquí está a nuestra altura, y luego lejos, adelante.
En la hora nuevamente contenida donde cuestionamos todo el peso de enigma, súbitamente comienza el dolor, el de compañero a compañero, que el hombre del arco, esta vez, no traspasa.

René Char (L'Isle-sur-Sorgue, Vaucluse, 1907- París , 1988),  La parole en archipel, 1962
Traducción de Magdalena Cámpora

L’éternité à Lourmarin
Albert Camus
Il n’y a plus de ligne droite ni de route éclairée avec un être qui nous a quittés. Où s’étourdit notre affection ? Cerne après cerne, s’il approche c’est pour aussitôt s’enfouir. Son visage parfois vient s’appliquer contre le nôtre, ne produisant qu’un éclair glacé. Le jour qui allongeait le bonheur entre lui et nous n’est nulle part. Toutes les parties – presque excessives - d’une présence se sont d’un coup disloquées. Routine de notre vigilance… Pourtant cet être supprimé se tient dans quelque chose de rigide, de désert, d’essentiel en nous, où nos millénaires ensemble font juste l’épaisseur d’une paupière tirée.
Avec celui que nous aimons, nous avons cessé de parler, et ce n’est pas le silence. Qu’en est-il alors ? Nous savons, ou croyons savoir. Mais seulement quand le passé qui signifie s’ouvre pour lui livrer passage. Le voici à notre hauteur, puis loin, devant.
A l’heure de nouveau contenue où nous questionnons tout le poids d’énigme, soudain commence la douleur, celle de compagnon à compagnon, que l’archer, cette fois, ne transperce pas. 


Foto: René Char, 1971
©Jacques Robert / Editions Gallimard

miércoles, octubre 02, 2013

Joaquín Giannuzzi / De "Violín obligado", 3

Tres fotografías en el pasado

I

Había un movimiento azul a nuestras espaldas.
Mutaciones del agua regidas por un sol mamífero.
¡Tan racional y político sobre nuestras cabezas!
La abundante consolidación del cielo,
hace muchos años de esto,
cuando el mañana contenía su propio significado.
Es un mediodía de diciembre
paralizado en la arena con una fe
que no puedo imaginar. La época
es una permanencia en el horizonte, encerrando
un mundo definido por rostros enteros
como estos. En ninguna parte se advierten latidos
del próximo golpe de estado.

II

Ningún sufrimiento estable en la imagen.
El instante no es decisivo. Somos
una familia de comediantes instantáneos
que la muerte mira por un rápido agujero
y aplaza su tarea accidental. Hay una calle
donde la luz se aleja. Parece domingo entre los árboles.
He aquí la apariencia momentánea de la experiencia
en una tarde personal y única
a punto de perderse en la sombra universal.

III

Qué fácil parece estar vivo. Aquí
un grupo de amigos en un mundo
de leyes confusas. Pero el presente
es inviolable en el jardín. Las cosas felices
moteadas de sol en la apacible sombra.
Nuestros ojos miran lo que no sabemos: signos
de degradación,
un residuo de historia nacional
a nuestros pies oscuros, bajo la mesa
donde hemos bebido. Muy pronto
nada de esto tendrá explicación. Una especie
de desolación se insinúa
en torno a la cabeza de alguien que está allí
reclamado por el agua negra
que invade la escena desde el fondo:
una cabeza de desaparecido.


Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924-Salta, 2004), Violín obligado, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984

martes, octubre 01, 2013

Ryszard Krynicki / Tres poemas



Quien siempre sabe

Quien siempre sabe
a qué dios reza
nunca será escuchado.



Es verdad

Sobreviví, es verdad.
Ahora me espera también
una importante labor: alcanzar
el tranvía,
llegar a casa.

Escala

Hay distintas medidas,
distintas escalas de la desdicha: por encima
y por debajo de cero.

Ryszard Krynicki (San Valentin, Austria, 1943), versiones de Abel Murcia en al trasluz