domingo, marzo 31, 2013

Pablo Seguí / Dos poemas




Un autor olvidado

No hay emoción ahora. El cigarrillo
humea en la penumbra. (¿Quién habrá
hecho esta sinfonía? La fanfarria
que cierra el movimiento, la tragedia
que abre el siguiente, no me lo revelan.)

Pasa un auto a lo lejos. Amanece
muy lentamente y la ciudad
se pone a trabajar. Dolor
de espalda. Desperté a las dos,
pero de ayer. La gata está comiendo
del balanceado. Puede que me duerma
sin más. Me tomo un vaso de agua
helada, transparente, refrescante,
un Lizarazu que degusto a solas.

(Por hoy no hay maquinita de escarbar
secos escombros: nadie se lamenta,
y menos yo, que nombro lo que tengo.)


El amuleto

Al modo en que Giannuzzi paladeaba
cierta palabra porque no sabía
qué quería decir, y no apelaba
adrede al diccionario, yo decía
cada tanto tu nombre, y me enteraba
con conmoción y espanto que no había
nada de vos ahí, que no moraba
tu ser en esas letras. Me aturdía
esa falta de vos, en vano andaba
con las palabras, de tu nombre hacía
un amuleto muerto, y más penaba
cuanto menos de vuelta te tenía.

Hoy me quedo callado, y no contemplo
sino las fotos: otro inútil templo.


Pablo Seguí (Córdoba, Argentina, 1973), Naturaleza muerta, Ediciones del Copista, Córdoba, 2011


Foto: Pablo Seguí en Facebook

sábado, marzo 30, 2013

Ignacio Uranga / fue calar hasta lo imposible






fue calar hasta lo imposible, en vos, en mí
fantasía nuestra del imaginario que se gesta
en tensiones pretendidas del deseo, tal cual
las formas, las típicas cuestiones en que ábrese
ante el deseo la intemperie de lo ahora cerca:
soplarnos, acaso, tan próximos, lo que al fin
hizo ruinas antes del encuentro: coincidimos
lo dijimos una y otra vez, lo aclaramos hasta
persuadirnos: ninguno muere ya de amor:
lo dicho, lo pensado: hubo sin embargo
tras la ventana este milagro: bajo el árbol
flores al sol: un tallo blancoazul a contraluz
mínima pasa una mínima vida cuya masa
al mundo pequeña no carece de estructura
sistema digestivo o corazón: cruza el blanco
a contraluz vegetativo, lenta, tan lentamente:
hay el árbol: el fruto hará en la tierra humus
cúbrenlo himenópteros diversos, ya enzimas
por mykes secretadas pues habrán de absorber
moléculas resultantes del proceso digestivo:
a contemplar, inmenso y principal, el árbol:
hay el árbol, total a la intemperie, tal cual
la siempre estada en el mundo de los árboles:
a una cercanía, inverso en lo proporcional
tan falsas las noticias en que no importaron
alertando en Argentina múltiples catástrofes:
sabíamos algo: el fuerza económica hostil
lo que no está en nuestro sueño de la historia:
esta certidumbre dejó que respiremos cerca
tan gravemente de cerca esa vez, que no pude:
a imagen, a semejanza, Señor, quise también
la salvación del cambio posible, la permanencia:
una artificial generación de inóculo: micelio
sobre sustrato construido: ejemplo, en semillas
de trigo: pues tanto miedo, acaso, da amar:
el mismo miedo, Padre, podrías entenderme
vos que a orillas de la mar reuniste multitudes
tanta gente junta, y hubiste de subir a una barca
alta en la mar, bien lejos de la orilla, de la gente:
a semejanza e imagen, tal cual hiciste de la vida
urdo, sembrador, este microclima en que nada
pueda ya caer a lo largo de, sin aves, un camino
sin soles ni cardos que hagan inútil mi siembra:
ser como el grano de trigo, que cae en la tierra y
desaparece: quien tenga oídos para oír, qué oiga

Ignacio Uranga (Bahía Blanca, 1982), inédito




Ilustración: Composición suprematística en verde y negro, 1925, Nicolai Suetin

viernes, marzo 29, 2013

Stella Maris Ponce / Dos poemas




Fisiología

del camión de la basura que pasó de noche
cuando sacaba la bolsa a la vereda
sólo recuerdo los ruidos

el motor con hambre de velocidad
las palas mecánicas con hambre
de residuos: digestión lenta

los restos de dos días no alcanzaron
a tocar el suelo y fueron procesados
en el aire hasta casi desaparecer

adentro la casa parece más limpia
-un cuerpo que ha eliminado toxinas-
como si un viento hubiese barrido de golpe
todo rastro de la domesticación
que cada objeto aún no desechado recuerda
con su presencia imperturbable



Objetivismo

todos nos subimos a
la carretilla de Williams
y nos caímos
mareados por el vértigo
del rojo
anémicos frente a los pollos
blancos

tanto depende de
uno


Stella Maris Ponce (Concordia, Entre Ríos), La música del caleidoscopio, inédito

Ilustración: Removedor, 1959, Francisco Matto

miércoles, marzo 27, 2013

Moya Cannon / Dos poemas




Luz de Farrera

¿Por qué debería la luz del atardecer
que estalla a través de las puntas
de los lánguidos y amarillos álamos del valle
y los rojos cerezos salvajes de la ladera,
en la que perdura una tira de luz en el crepúsculo,
en el verde de la arista bajando
hasta la ermita de Santa Eulalia,
que abre un leve abanico azul,
sobre la cordillera en una inquietante variedad
de cimas hacia el oeste,
por qué habría de inundarme también
con una alegría inexplicable?


Saxos azules

En Buenos Aires las veredas están rotas,
pero los árboles son altos y azules,
azules como la jarra de Cézanne,
que le habla a alguna sosegada esquina del alma-
un azul un poco innecesario, delicado-
y en las calles rotas se extiende
una alfombra de flores azules,
y con las vainas curvadas,
las bolsas curtidas y resistentes
que son las carcasas de las semillas del jacarandá-
una seguridad, hasta ahora,
de que habrá más y más de esto
más árboles altos y azules en Octubre
cantando, gratuitamente,
por sobre el pavimento polvoriento
en miles de azules
desde los ramilletes de saxos.


Moya Cannon (Dunfanaghy, Donegal, 1956), PN Review 196, Volume 37, Number 2, November-December 2010
Versiones de Marina Kohon

Farrera Light

Why should the evening sun 
which blasts light through the tops 
of the slender yellow poplars in the valley 
and of the red wild cherry trees on the hillside; 
which lingers, a fillet of light in the dusk, 
on the green ridge slanting down 
to the hermitage of Santa Eulalia; 
which shafts, a slightly opened blue fan, 
onto range upon fretted range 
of peaks to the west, 
why should it flood me too 
with unaccountable joy?



Blue Saxophones

In Buenos Aires the sidewalks are broken, 
but the trees are tall and blue, 
blue like Cézanne’s blue pitcher, 
which speaks to some still corner of the soul – 
a quite unnecessary, delicate blue – 
and the unmended pavements are strewn 
with a carpet of blue blossoms, 
and with the bent pennies, 
the tough leathery purses, 
which are the seed cases of the Jacaranda – 
a surety, until now, 
that there would certainly 
be more and more of this, 
more tall blue trees in October, 
singing, gratuitously, 
above the dusty pavements 
out of thousands of blue, 
clustered saxophones.



Ilustración: Paisaje en Colliure, 1905, Henri Matisse

martes, marzo 26, 2013

Daniele Barbieri / Dos poemas




Leen el diario

leen el diario, aquí, se cuentan las historias de la mañana, aquí
se quejan del frío, se sientan delante de mí,
me miran una fracción de segundo, aquí, tienen
las uñas laqueadas, los dedos anillados, el doble mentón, los botones
que definen los confines de la intimidad, los de este yo
que es propio, y guay, guay con olvidárselo
abierto, con el abrigo desabotonado, la piel que halaga
el descaro del aire, de las miradas estupefactas, complacidas,
de la manos que procuran, buscan, encantan
en un ritmo que no es el de la mañana, no es el del susurro
discreto de las hojas del diario
abiertas por dedos enjutos de lectores, en busca del día,
del alba fría, el trabajo


Señora de la Autopista

Señora de la Autopista, cómo ocultar la angustía sutil
de los ciento cuarenta al adelantar el camión que te tira
al guardarrail de tu izquierda, a tu futuro, por un momento
estrecho como esa vía y luego de golpe libre, reabierto
como la carretera lisa de tres carriles, promesa de emoción
irreprimible del viento sobre las paredes externas, en el siempre
sutil y torvo y vago sentirse consciente de la no imposibilidad
del reventón imprevisto, el rechinar de las gomas, la explosión
de buen augurio del airbag, la cabeza sacudida y todo lo que vuela
en el habitáculo, como en una película en la que el fin ralentado
es una mágica suspensión de pequeños objetos, un elegante
encurvamiento del cuerpo, una flor lenta de cristales que se propagan
justo en torno a la frente que la atraviesa


Daniele Barbieri (Finale Emilia, Modena, 1957), inéditos
Versiones de Jorge Aulicino


Leggono il giornale

leggono il giornale, qui, si raccontano le storie del mattino, qui
si lamentano del freddo, si siedono davanti a me, mi
guardano una frazione di secondo, qui, e hanno
le unghie laccate, le dita inanellate, il doppio mento, i bottoni
che definiscono i confini dell’intimo, quelli di questo io
che è proprio nostro e guai, guai a dimenticarselo
aperto, col cappotto sbottonato, la pelle che lusinga 
l’impudenza dell’aria, degli sguardi stupiti, compiaciuti,
delle mani che la incontrano, cercano, coinvolgono
in un ritmo che non è del mattino, non è da fruscio
discreto di fogli di giornale 
divaricati da dita asciutte di lettori, alla ricerca del giorno,
all’alba fredda, al lavoro


Signora delle Autostrade

Signora delle Autostrade, come occultare l’angoscia sottile
dei centoquaranta, nel sorpasso del camion che ti stringe
al guardrail alla tua sinistra, e al tuo futuro per qualche attimo
stretto come quella via, e poi di colpo riaperto, libero 
come la carreggiata liscia a tre corsie, promessa d’irreprimibile
emozione di vento sulle tue pareti esterne, nel sempre sottile
e torvo e vago sentirsi consapevoli della non impossibilità
dello schianto improvviso, dello stridore delle gomme, dell’esplosione
beneaugurale dell’airbag, della testa che sbatte, del tutto che vola nell’abitacolo
come nei film dove la fine al rallentatore
è una magica sospensione nel vuoto di piccoli oggetti, un elegante
inarcarsi del corpo, un fiore lento di cristalli che dilagano
proprio attorno alla fronte che lo attraversa



Foto: Daniele Barbieri en Fantasy Magazine

lunes, marzo 25, 2013

Charles Simic / A todos los criadores de cerdos, mis antepasados





A todos los criadores de cerdos, mis antepasados

Comer cerdo es para mí un asunto solemne.
Me estoy comiendo a mis antepasados.
Me estoy comiendo la tierra que trabajaban.

Borrachos cabeza de nabo, ladrones de caballos,
libertinos, brutos, trabajadores sucios,
en mi sangre los revivo.

Si le añado ajo a mi cerdo
es por aquel que llegó a clérigo,
aquel que dejó la tierra, se ató a la ciudad
y cambió de nombre para que nunca más se supiera de él.

Charles Simic (Belgrado, 1938, radicado en los Estados Unidos)
Versión de Jonio González


Ilustración: Fiesta con el organista Datiko Zemel, 1906, Niko Pirosmanishvili



sábado, marzo 23, 2013

Cesare Pavese / Civilización antigua




Civilización antigua

Seguro, el día no tiembla al mirarlo y las casas
son firmes, plantadas en el empedrado. El martillo
de ese hombre sentado golpea una piedra
sobre la tierra blanda. El muchacho que escapa
a la mañana no sabe si ese hombre trabaja,
y se para a mirarlo. Nadie trabaja en la calle.

El hombre se sienta en la sombra que cae desde lo alto
de una casa, más fresca que una sombra de nube,
y no las mira pero toca sus piedras, absorto.
El ruido de las piedras resuena lejos
sobre el empedrado velado por el sol. Muchachos
no hay por las calles. El muchacho está solo;
se da cuenta de que todos son hombres o mujeres
que no ven lo que él ve y caminan apurados.

Pero ese hombre trabaja. El muchacho lo mira
dudando al pensar que un hombre trabaje
sobre la calle, sentado como los mendigos.
Y también los otros que pasan parecen absortos
en terminar algo, y ninguno mira
hacia atrás o adelante, a lo largo de toda la calle.
Si la calle es de todos, hay que disfrutarla
sin hacer otra cosa, mirando alrededor,
a la sombra, al sol, en el fresco ligero.
Cada calle se abre de par en par como una puerta,
pero ninguno la traspasa. Ese hombre sentado
ni siquiera se da cuenta, como si fuese un mendigo,
de la gente que viene y que va, en la mañana.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino

Civiltà antica

Certo il giorno non trema, a guardarlo. E le case
sono ferme, piantate ai selciati. Il martello
di quell'uomo seduto scalpiccia su un cittolo
dentro il molle terriccio. Il ragazzo che scappa
al mattino, non sa che quell'uomo lavora,
e si ferma a guardarlo. Nessuno lavora per strada.

L'uomo siede nell'ombra, che cade dall'alto
di una casa, più fresca che un'ombra di nube,
e non guarda ma tocca i suoi cittoli assorto.
Il rumore dei cittoli echeggia lontano
sul selciato velato dal sole. Ragazzi
non ce n'è per le strade. Il ragazzo è bene solo
e s'acorge che tutti sono uomini o donne
che non vedono quel che lui vede e trascorrono.

Ma quell'uomo lavora. Il ragazzo lo guarda,
esitando al pensiero che un uomo lavori
sulla strada, seduto come fanno i pezzenti.
E anche gli altri che passano, paiano assorti
a finire qualcosa e nessuno si guarda
alle spalle o dinanzi, lungo tutta la strada.
Se la strada è di tutti, bisogna goderla
senza fare nient'altro, guardandosi intorno,
ora all'ombra ora al sole, nel fresco leggero.
Ogni via spalanca che pare una porta,
ma nessuno l'infila. Quell'uomo seduto
non s'accorge nemmeno, como fose un pezzente,
della gente che viene e che va, nel matino.


Ilustración: Campesino, 1928-32, Kazimir Malevich

viernes, marzo 22, 2013

Johann Wolfgang Goethe / Alquimia






de Poesía y verdad

Entonces había que empezar a tratar de forma misteriosa y singular extraños ingredientes del macrocosmos y del microcosmos y, sobre todo, se trataba de obtener sales de modos inauditos. Pero lo que me tuvo más ocupado durante bastante tiempo fue el llamado liquor silicum, que se genera al fundir cantos puros de cuarzo con la parte correspondiente de álcali, de lo que surge un cristal transparente que se funde en contacto con el aire y genera un bello líquido claro. Quien alguna vez haya realizado personalmente este proceso y lo haya visto con sus propios ojos no le reprochará su fe a quienes creen en la sierra virgen y en la posibilidad de seguir actuando en ella y a través de ella. Había adquirido una gran pericia en la preparación de este licor silíceo. Los bonitos cantos blancos que se encuentran en el Main me proporcionaban un material perfecto, aunque tampoco dejé que me faltaran los demás ingredientes ni el empeño suficiente. Con todo, finalmente acabé cansándome al verme obligado a constatar que lo silíceo no estaba de ningún modo tan íntimamente unido a la sal como lo había creído en términos filosóficos, pues se precipitaba muy fácilmente, y el bellísimo líquido mineral que en una ocasión, para mi gran sorpresa, había aparecido bajo la forma de una gelatina animal, siempre terminaba por desprender un polvillo que no me quedaba más remedio que tener por un finísimo polvo silíceo  y la naturaleza de éste de ningún modo me permitía percibir nada productivo ni albergar la esperanza de ver la transición de esta sierra virgen al estado maternal.

Johann Wolfgang Goethe (Frankfurt, 1749-Weimar, 1832), "Poesía y verdad", versión de Rosa Sala, Antología, Sudamericana, Buenos Aires, 1999



Ilustración: La locura de Almayer, 1951, René Magritte


miércoles, marzo 20, 2013

Valerio Magrelli / De "Nature e venature", 3




Rosebud

No pretendo decir la palabra
que disparada desde el corazón atraviese
las doce hachas perforadas
hasta perforar el corazón del pretendiente.
Trazo mi propio blanco
alrededor del objeto alcanzado,
no pego en el blanco pero señalo
aquello en que pego, tahúr,
elijo mi centro después del tiro
y como con un arma defectuosa
de la que conozco ya
la desviación, ahora
miro por la mira.

Valerio Magrelli (Roma, 1957), "Nature e venature", Poesie (1980-1992) e altre poesie, Einaudi, Turín, 1996
Versión de Jorge Aulicino

Rosebud

Non pretendo di dire la parola 
che scoccata dal cuore traversi 
le dodici scuri forate
fino a forare il cuore del pretendente. 
Io traccio il mio bersaglio 
intorno all'oggetto colpito,
io non colgo nel segno ma segno 
ciò che colgo, baro, 
scelgo il mio centro dopo il tiro
e come con un'arma difettosa 
di cui conosco ormai 
lo scarto, adesso 
miro alla mira.


Ilustración: Across the orange moons, 1967, Alexander Calder

martes, marzo 19, 2013

Gregory Corso / Tres poemas breves




Un anciano dijo que una vez vio a Emily Dickinson

Rostro desdichado; rostro rígido, intenso, blanco
Como el de una maravillosa mujer muerta. Me miró.
Tenía las largas manos en torno al cuello
Y su cabello negro como la seda pendía igual que murciélagos dormidos;
No era a mí a quien miraba.

Al alejarme vi que seguía mirando hacia allí
... Pero allí no había nada;
Es decir, nada que yo pudiese ver.


 En las paredes de un triste cuarto alquilado...

Cuelgo viejas fotos de chicas de mi infancia...
Con el corazón roto me siento, el codo sobre la mesa,
La barbilla en la mano, estudiando
   la mirada altiva de Helen,
   la boca débil de Jane,
   el cabello dorado de Susan.


Anoche conduje un coche

Anoche conduje un coche
    sin saber conducir
    sin tener un coche
Conduje y atropellé
   gente a la que quería
   ... atravesé un pueblo a 180.

Me detuve en Hedgeville
   y dormí en el asiento trasero
   ... emocionado con mi nueva vida.


Gregory Corso (Nueva York, 1930 – Minnesota, 2001), Gasoline & The Vestal Lady on Bratte, City Lights, San Francisco, 2001.
Versiones de Jonio González (dedicadas a Miguel Gaya)



An old man said he once saw Emily Dickinson

Unhappy face-tight rich white face
Like a beautiful dead woman’s face-She looked at me.
Her long hands were wrapped around her throat
And her silk-black hair hung like sleeping bats;
It wasn’t me she was looking at.

When I walked away I could still see her looking there
….But nothing was there;
That is, nothing that I could see.


On the walls of a dull furnished room

I hang old photos of my childhood girls-
with breaking heart I sit, elbow on table,
chin on hand, studying
    the proud eyes of Helen,
    the weak mouth of Jane,
    the golden hair of Susan.


Last night I drove a car

Last night I drove a car
    not knowing how to drive
    not owning a car
I drove and knocked down
    people I loved
    ..went 120 through one town.
I stopped at Hedgeville
     and slept in the back seat
    ...excited about my new life.


Ilustración: Bañistas, 1908, Kazimir Malevich

lunes, marzo 18, 2013

Johann Wolfgang Goethe / Dos poemas






Reflexión

Todo lo dan los dioses, los infinitos,
a sus favoritos, todo:
todas las alegrías, las infinitas,
todos los dolores, los infinitos, todo.


Pensamiento nocturno

Yo os compadezco, estrellas desdichadas,
tan bellas como sois y tan brillantes,
que alumbráis al marino en apuros,
no pagadas por dioses ni por hombres,
pues no amáis ni el amor nunca gozasteis.

Sin cesar guían las eternas horas
vuestro camino por el vasto cielo,
¡y cuánto viaje ya tenéis cumplido,
mientras yo, en los brazos de mi amada,
de vosotras y de la medianoche,
totalmente olvidado!


Johann Wolfgang Goethe (Frankfurt, 1749-Weimar, 1832), "Poemas", Antología,  traducción de Norberto Silvetti Paz, Sudamericana, Buenos Aires, 1999


Beherzigung

Alles geben die Götter, die unendlichen,
Ihren Lieblingen ganz,
Alle Freuden, die unendlichen,
Alle Schmerzen, die unendlichen, ganz.


Nachtgedanken

Euch bedaur ich, unglückselge Sterne,
Die ihr schön seid und so herrlich scheinet,
Dem bedrängten Schiffer gerne leuchtet,
Unbelohnt von Göttern und von Menschen:
Denn ihr liebt nicht, kanntet nie die Liebe!
Unaufhaltsam führen ewge Stunden
Eure Reihen durch den weiten Himmel.
Welche Reise habt ihr schon vollendet,
Seit ich, weilend in dem Arm der Liebsten,
Euer und der Mitternacht vergessen.



Ilustración: Goethe, 1981, Andy Warhol

domingo, marzo 17, 2013

Mark Strand / Me va a encantar el siglo veintiuno





Me va a encantar el siglo veintiuno

La cena se enfriaba. Los invitados, con la expectativa de que los encuentros
fuesen de la manera acostumbrada -rápidos, impersonales, azarosos-, estaban
tirados por los cuartos. Las papas estaban duras y las chauchas,
blandas. La carne... No había carne. El sol de invierno había
                         teñido de amarillo los olmos y las casas;
los ciervos iban calle abajo como refugiados; y en la entrada, los gatos
se estaban calentando en el capot de un auto. Un hombre, entonces,
vino y me dijo: "Aunque el pasado me encantaba, su oscuridad,
su peso que nada nos enseña, su pérdida, su todo
que no nos pide nada, me va a encantar aun más el siglo veintiuno,
porque en él veo a alguien en pantuflas y bata, pobre y de ojos marrones
que marcha por la nieve sin dejar detrás suyo ni siquiera una huella".
                        "Ah", dije yo poniéndome el sombrero. "Ah".


Mark Strand (Summerside, Isla Prince Edward, Canadá, 1934), Me va a encantar el siglo XXI, traducción de Ezequiel Zaidenwerg, Gog y Magog, Buenos Aires, 2011


I Will Love the Twenty-First Century

Dinner was getting cold. The guest, hoping for quick,
Impersonal random encounters of the usual sort, were sprawled
In the bedrooms. The potatoes were hard, the beans soft, the meat -
there not was the meat. The winter sun has turned the elms and houses yellow.
Deer were moving down the road like refugees; and in the driveway, cats
Were warming themselves on the hood car. Then a man turned.
And said to me: "Although I love the past, the dark of it,
The weight of it teaching us nothing, the loss of it, the all
Of it asking for nothing, I will love the twenty-first century more.
for in it I see someone in bathrobe and slippers, brown-eyed and poor,
walking throught snow without leaving so much as footprint behind".
"Oh", I said, putting my hat on, "Oh".

Ilustración: Complejo presentimiento, 1928-32, Kazimir Malevich

sábado, marzo 16, 2013

Jorge Esquinca / El cráneo de Elías






de Isla de las manos reunidas [1997]

El cráneo de Elias

Durante los últimos días la piel de tu cráneo se ha vuelto materia vulnerable. La luz, el aire, el roce de una almohada, las manos que ahora sostienen tu cabeza pueden, a pesar de su inocencia, herirla.

Antier, ayer, hoy miro la sangre seca. Bajo la piel de tu cráneo el tiempo no pasa, es un presente de antes, la nostalgia de lo que vendrá. Las palomas, tras el vidrio que las separa de los vendajes y las sondas, son el único verbo que pronuncias. Bajo el crucero de tus huesos el tiempo es un sustantivo, detenido relámpago. Tú no fuiste relámpago, Elías, sino arrebato: destilada iluminación, aprendizaje. Tomo tu cabeza entre mis manos y no sé los nombres de sus huesos. No sé qué tanto se dice con el tacto. Pero sospecho que en este tiempo, en el que ya no estás, habrá también para mí un carro de policía, de feria, de viento que vendrá, como a ti, a levantarme. Y que no habremos de escuchar la voz de Dios, sino el fuego, Elías, el fuego.

Jorge Esquinca (Ciudad de México, 1957), 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual de México, selección de Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, Lom, Santiago de Chile, 2012

Foto: Jorge Esquinca en Ediciones Era

viernes, marzo 15, 2013

Cesare Pavese / Ciudad en el campo




Ciudad en el campo

Papá bebe a  la mesa rodeado de parrales verdes
y el muchacho se aburre sentado. El caballo se aburre,
cubierto de moscas: el muchacho querría cazarlas,
pero Papá lo tiene bajo el ojo. Las parras dan al vacío,
sobre el valle. El muchacho no mira más hacia abajo:
le dan ganas de dar un gran salto. Alza los ojos:
no hay más lindas nubes; los cúmulos resplandecientes
se cerraron para esconder el fresco del cielo.

Se lamenta, Papá, de que hay que sufrir más calor
en el viaje, para vender la uva, que segando el grano.
Quién ha visto alguna vez en setiembre este sol candente
y que haya que parar al regreso, en la fonda,
porque de otro modo revienta el caballo. Pero la uva está vendida;
los otros pensarán en eso, de aquí a la vendimia:
aunque granice, el precio está hecho. El muchacho se aburre;
su trago, Papá ya se lo ha hecho beber.
No hay más que mirar ese blanco maligno,
bajo el negro bochorno, y confiar en el agua.

Las calles frescas a media mañana estaban llenas de portales
y de gente. Gritaban en la plaza. Iba y venía el helado
blanco y rosado: parecía las nubes sólidas en el cielo.
Si hacía ese calor en la ciudad, se quedaban a almorzar
en la fonda. La polvareda y el calor no ensucian las paredes
en la ciudad: a lo largo de las avenidas las casas son blancas.
El muchacho alza los ojos a las nubes horribles.
En la ciudad están al fresco sin hacer nada, pero compran uva,
la trabajan en grandes bodegas y se hacen ricos.
Si se quedaban más tiempo, veían en medio de los árboles,
a la noche, cada avenida con una fila de luces.

Entre las parras, se levanta un gran viento. El caballo se sacude.
Y Papá mira el aire. Allá abajo en el valle
está la casa en el prado y la viña madura.
En un segundo, hace frío y las hojas se caen
y el polvo vuela. Papá bebe siempre.
El muchacho alza los ojos a las nubes horribles.
Sobre el valle hay todavía una mancha de sol.
Si se quedan aquí, comerán en la fonda.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
Versión de J. Aulicino


Città in campagna

Papà beve al tavolo avvolto da pergole verdi
e il ragazzo s'annoia seduto. Il cavallo s'annoia
posseduto da mosche: il ragazzo vorrebbe acchiaparne,
ma Papà l'ha sott'occhio. Le pergole dànno nel vuoto
sulla valle. Il ragazzo non guarda più al fondo,
perché ha voglia di fare un gran salto. Alza gli occhi:
non c'è più di belle nuvole: gli ammassi splendenti
si son chiusi a nascondere il fresco del cielo.

Si lamenta, Papà, che ci sia da patire più caldo
nella gita per vendere l'uva, che a mietere il grano.
Chi ha mai visto in settembre quel sole rovente
e doversi fermare al ritorno, dall'oste,
altrimenti gli crepa il cavallo. Ma l'uva è venduta;
qualcun altro ci pensa, di qui alla vendemmia:
se anche grandina, il prezzo è già fatto. Il ragazzo s'annoia,
il suo soro Papà gliel'ha già fatto bere.
Non c'è più che guardare quel bianco maligno,
sotto il nero dell'afa, e sperare nell'acqua.

Le vie fresche di mezza mattina eran piene di portici
e di gente. Gridavano in piazza. Girava il gelato
bianco e rosa: pareva le nuvole sode nel cielo.
Se faceva sto caldo in città, si fermavano a pranzo
nell'albergo. La polvere e il caldo non sporcano i murri
in città: lungo i viali le case son bianche.
Il ragazzo alza glio occhi alle nuvole orribili.
In città stanno al fresco a far niente, ma comprano l'uva,
la lavorano in grandi cantine e diventano ricchi.
Se restavano ancora, vedevano in mezzo alle piante,
nella sera, ogni viale una fila di luci.

Tra le pergole nasce un gran vento. Il cavallo si scuote
e Papà guarda in aria. Laggiù nella valle
c'è la casa nel prato e la vigna matura.
Tutt'a un tratto fa freddo e le foglie si stacanno
e la polvere vola. Papà beve sempre.
Il ragazzo alza glio occhi alle nuvole orribili.
Sulla valle c'è ancora una chiazza di sole.
Se si fermano qui, mangeranno dall'oste.


Ilustración: Scorcio di paese, 1916, Domenico Valinotti

jueves, marzo 14, 2013

Amelia Biagioni / El otro Hemingway




El otro Hemingway

Yo soy el otro cazador.

Conexos y escindidos
hemos cazado
          según la alianza
siempre juntos:
él relatos y fieras
yo sueños sombras ecos.
Él rodeado de su fiesta dramática
de su glorioso ruido a recios juegos
y a batallas heroicas.
Yo rodeado de orilla suya.
Él siempre poseído
          recreándolos
mi selva
mi león
mi movimiento de coraje
mi hora de matar.
A veces me ha llevado a cazar
          por reflejo de sus cuentos
y siempre a detonar sus frases
          atravesando sus temas
en el duro combate
de su perfil contra el vacío.

Él ahora ha rendido su escritura.

Según el pacto
hoy salgo solo
desencadenado.
Es mi último safari
                     el único
soy el dueño
del enroscado coto y de su ley
                           ni miedo
                           ni piedad
el despojado
                           sin jauría
el que avisa
                           es la hora.
Mi gran trofeo doloroso
muy cerca está
                           esperándote
muy dentro
                           yo mando
                           cumple
                           adiós.

Apunto y le disparo entre mis dientes.

Amelia Biagioni (Gálvez, 1916-Buenos Aires, 2000), "Las cacerías", 1976, Poesía completa, edición de Valeria Melchiorre, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2009


Ilustración: Gladiatori, 1927-29, Giorgio de Chirico

martes, marzo 12, 2013

Miquel de Palol / Dos poemas




La casa ya es un árbol

En la casa de los abuelos había más recorridos
de los estrictamente necesarios.
Todas las habitaciones tenían más de una entrada,
y las contiguas
comunicaban la una con la otra.
Tabiques y entrepaños eran islas
de perfil caprichoso, y diferentes las perspectivas,
bosques y rocas los estantes y los muebles.
De un extremo al otro, la casa era toda una,
sin ningún cul-de-sac.

Después hicimos obras, y hemos cerrado puertas.
La que iba de la cocina al cuarto de la tía está tapada,
en la que unía el dormitorio de los abuelos
con el pequeño de al lado hay un armario,
debe de ser que ya no nos hace gracia
que uno pueda entrar por aquí cuando el otro sale por allá,
ni nos resulta divertido buscarse y no encontrarse,
las puertas ya no son para jugar.

Sólo hemos dejado las imprescindibles.
Cada habitación tiene una, y con eso nos basta.


Bodegón VI

Acabada la cena, la mesa es la ciudad en ruinas,
por las oscuras torres ya medio vacías
en los obstáculos de otros vacíos buscamos orden.

Migas, cáscaras, sal. Los platos apilados
son vida y muerte, quietud y movimiento,
blancuras heridas,
enturbiado brillo, ganada
frialdad de descriptivas transparencias
que la sucesión de hechos ha maculado,
silencio, olores,
amarillentos y grises, sienas,
grandes explanadas, cúmulos, mondas, pieles,
los huesos y el acero, los charcos mezclados
y las calles cubiertas de sangre.

Miquel de Palol (Barcelona, 1953), Aire amb cel de fons, Proa, Barcelona, 2012
Versiones de Jonio González


La casa ja és un arbre

A la casa del avis hi havia més recorreguts
dels estrictament necessaris.
Cada cambra tenia més d'una entrada,
i les que estaven de costat
comunicaven l'una amb l'altra.
Envans y panyis de paret eren illes
de perfil capritxós, i diverses les perspectives,
boscos i roques les lleixes i els mobles.
De pertot a pertot la casa era tota una,
sense cap culdesac.

Després hi hem fet obres, i hem tancat portes.
La que anava de la cuina al quarto de la tia està tapada,
a la que unia l'alcova dels avis
amb la petita del costat hi ha un armari,
deu ser que ja no ens fa cap gràcia
que un pugui entrar per 'quí quan l'altre surt per 'llà,
ni trobem divertit buscar-se i no trabar-se,
les portes ja no són més per jugar.

Només hi hem deixat les que calen.
Cada cambra en té una, i així ja ens està bé.


Bodegó VI

La taula havent sopar és la ciutat en runes,
per les obscures torres ja mig buides
en l'entrebanc d'altres bouidors hi busquem ordre.

Engrunes, cloves, sal. Els plats apilonats
són vida i mort, quietut i moviment,
blancors ferides,
entrebolida brillantor, guanyada
fredor de descriptives transparències
que el pas del fets ha maculat,
silenci, olors, 
groguencs i grisos, sienes,
grans esplanades, cúmuls, peles, pells,
els ossos i el acers, els bassals barrejats
i els carrers plens de sang.


Foto: Miquel de Palol por Carme Esteve en ACEC

lunes, marzo 11, 2013

James Laughlin / Una noche de invierno




Una noche de invierno

El exterior, donde la nieve
es suave y silenciosamente
cae (no hay viento
esta noche), ha traído su quietud
a la casa tan ruidosa
durante el día con las voces de la televisión,
los timbrazos del teléfono
y los gritos felices de los niños
brincando de una habitación a otra.
Ahora, a excepción de mí, el sueño
ha tomado posesión de la casa.
Traigo el silencio de la oscuridad
de fuera. Arropo con él
a quienes cuido. Pronto, también yo
estaré durmiendo.

James Laughlin (Pittsburgh, 1914-Norfolk, 1997), The Secret Room, New Directions, Nueva York, 1997
Versión de Jonio González

A winter's night

The outside, where the snow
Is softly and soundlessly
Falling (there is no wind
Tonight) has brought its quiet
Into the house that was noisy
All day with TV voices,
The telephone ringing,
And the happy shouts of children
Romping from room to room.
Now, except for me, sleep
Has taken over the house.
I bring the silence of the dark
Outside into it. I wrap that
Around my cares. Soon I too
Will be sleeping.


Foto: James Laughlin en New Directions

sábado, marzo 09, 2013

Gregory Corso / Pero yo no necesito bondad




Pero yo no necesito bondad

1

¡He conocido las extrañas enfermeras de la Bondad,
les he visto besar a los enfermos, cuidar a los ancianos,
dar caramelos a los locos!
¡Las he observado, de noche, sombrías y tristes,
empujar sillas de ruedas junto al mar!
¡He conocido los gordos pontífices de la Bondad,
la viejecita de cabellos grises,
el pastor del barrio,
el poeta famoso,
la madre,
los he conocido a todos!
Los he observado de noche, sombríos y tristes,
pegando anuncios de misericordia
sobre los rígidos postes de la desesperación.

2

¡He conocido a la Misma Todopoderosa Bondad!
¡Me he sentado a sus pies blancos y puros,
ganando Su confianza!
No hablamos de nada cruel,
pero una noche fui atormentado por esas extrañas enfermeras,
esos gordos pontífices.
¡La viejecita pasó sobre mi cabeza en un auto con agudos clavos!
El pastor me abrió el estómago, puso sus manos dentro de mí,
y  gritó: ¿Dónde está tu alma? ¡Dónde está tu alma!
¡El poeta famoso me levantó
y me arrojó por la ventana!
¡La madre me abandonó!
¡Corrí hacia la Bondad, irrumpí en Su cuarto,
y la profané!;
¡con un innombrable cuchillo le hice mil heridas,
y las cubrí de suciedad!
¡La cargué sobre mi espalda, como un vampiro,
a través de la noche empedrada!
¡Los perros aullaban! ¡Los gatos huían! ¡Todas las ventanas se cerraban!
¡La subí diez pisos!
La arrojé por tierra en mi pequeña habitación
y arrodillándome a Su lado, lloré, lloré. Lloré.

3

¿Pero qué es la Bondad? Yo he matado a la Bondad,
¿pero qué es?
Uno es bueno porque vive una vida buena.
San Francisco fue bueno.
El dueño de casa es bueno.
Un bastón es bueno.
¿Puedo decir que la gente, sentada en los parques, es mejor?


Gregory Nunzio Corso (Nueva York, 1930-Minessota, 2001), William Shand y Alberto Girri, Poesía norteamericana contemporánea, Distribuidora Mexicana de Libros, Ciudad de México, 1976



But I Do Not Need Kindness

1
I have known the strange nurses of Kindness,
I have seen them kiss the sick, attend the old,
give candy to the mad!
I have watched them, all night, dark and sad,
rolling wheelchairs by the sea!
I have known the fat pontiffs of Kindness,
the little old grey-haired lady,
the neighborhood priest,
the famous poet,
the mother,
I have known them all!
I have watched them, at night, dark and sad,
pasting posters of mercy
on the stark posts of despair.

2
I have known Almighty Kindness Herself!
I have sat beside Her pure white feet,
gaining Her confidence!
We spoke of nothing unkind,
but one night I was tormented by those strange nurses,
those fat pontiffs,
The little old lady rode a spiked car over my head!
The priest cut open my stomach, put his hands in me,
and cried:--Where's your soul? Where's your soul!--
The famous poet picked me up
and threw me out of the window!
The mother abandoned me!
I ran to Kindness, broke into Her chamber,
and profaned!
with an unnamable knife I gave Her a thousand wounds,
and inflicted them with filth!
I carried Her away, on my back, like a ghoul!
down the cobble-stoned night!
Dogs howled! Cats fled! All windows closed!
I carried Her ten flights of stairs!
Dropped Her on the floor of my small room,
and kneeling beside Her, I wept. I wept.

3
But what is Kindness? I have killed Kindness,
but what is it?
You are kind because you live a kind life.
St. Francis was kind.
The landlord is kind.
A cane is kind.
Can I say people, sitting in parks, are kinder?


Foto: Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Gregory Corso s/d en tumblr

viernes, marzo 08, 2013

José Antonio Ramos Sucre / De "Las formas del fuego"




La caza

La duquesa guarda, montada a caballo, una actitud pudorosa y gentil. Increpa al azor aferrado en el puño y lo despide en seguimiento de un ave distinta.

El azor dibuja un vuelo indeciso y acierta con el rumbo.

La belleza de la señora me distrae de seguir el curso de la caza. Resalta de lleno en el campo uniforme.

Yo recojo del suelo y oculto recatadamente un chapín de cordobán escapado de su pie.

La duquesa nota la pérdida en una tregua de la activa diversión.

Me abstengo de contestar sus preguntas inquietas, donde se traspinta el enfado. Un paje saca a plaza la vergüenza de mi hurto.

La duquesa ríe donosamente al adivinar la señal de una pasión en el más intonso de sus villanos.


José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 1890-Ginebra, 1930) "Las formas del fuego", 1929; Obra poética, Colección Archivos, n° 52, Barcelona, 2001



Ilustración: Diana después de la caza, 1745, François Boucher

jueves, marzo 07, 2013

Alberto Girri / De "Elegías italianas", 3




Liberación de la obsesa

Precisión
y fascinación
destacan un brazo
alzado
contra aquello negro y movedizo
que expulsa la niña por la boca.

Retorno
de la vieja fe semítica
en los poderes del hombre,
en la fuerza de la palabra
como imagen sonora de la cosa
conduciendo al liberador
de verdosa mitra y ojos almendrados
a invocar, imprecar
y asediar a la embrujada
que en su maligno humor
se suelta los senos,
se retuerce, patea
y no obstante
queda dueña del resplandor,
dueña de la carne,
ritmo y carne fustigándonos.

Finalmente
una inubicable, odiosa risa,
y el agudo silbido de los pájaros
que inmóviles, atentos y sin plumas
observan la operación,
indican que el orden ha renacido.

Alberto Girri (Buenos Aires, 1919-1991), Elegías italianas, Editorial Sur, Buenos Aires, 1962


Ilustración: Liberazione dell'ossessa, c.1120, bronce en el portal de la Basilica de San Zeno, Verona

martes, marzo 05, 2013

José Manuel Caballero Bonald / Guárdate del Leteo




Guárdate del Leteo

Defenderé el recuerdo que me queda
de aquella calle inhóspita
detrás de la estación de Copenhague.
Defenderé contra mí mismo
ese recuerdo, cuando
gastado ya el valor de una experiencia
que la literatura prestigiara,
en frágiles nociones se estaciona
la prefiguración de un mundo torvo
que es del placer la copia menos nítida.

No volver ya sino reconstruir
de lejos, por inercia, el anhelante
derredor de la noche: los difusos
cuerpos estacionados
en la acera, la luz de las vitrinas
vibrando entre la bruma y el grasiento
vaho adherido a los zaguanes
donde la identidad del sexo se abolía.

Pero aquella emoción en parte desglosada
de una historia banal, actúa
como la remuneración de un vicio solitario
en la distancia: ese recuerdo que defenderé,
que me defenderá
contra la sordidez de la virtud.

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), en Poetas andaluces


Foto: José Manuel Caballero Bonald en Poetas Andaluces

lunes, marzo 04, 2013

W. H. Auden / En memoria de Sigmund Freud




En memoria de Sigmund Freud
(muerto en sept. de 1939)

Cuando haya demasiados que lamentar,
cuando el dolor se haya hecho público y se haya expuesto
a la crítica de toda una época
la fragilidad de nuestra conciencia y de nuestra angustia,

¿de quiénes hablaremos? Pues todos los días mueren
entre nosotros los que nos hacían bien,
los que sabían que nunca era bastante, pero
tenían la esperanza de mejorar algo las cosas con sólo vivir.

Así era este médico: aún a los ochenta quería
pensar en nuestra vida, a cuya turbulencia
tantos jóvenes y plausibles futuros
con la amenaza o la adulación exigen obediencia,

pero no pudo ser: cerró los ojos
ante esta última imagen, común a todos,
de problemas como parientes reunidos,
intrigados y celosos por nuestra agonía.

Pues a su alrededor, hasta el mismo fin, perduraban
aquéllos que él había estudiado, la fauna de la noche
y las sombras que todavía aguardaban para entrar
en el brillante círculo de su reconocimiento

acudieron a alguna otra parte con su desencanto cuando él,
un judío importante muerto en el exilio,
fue arrancado del interés de su vida
para volver a la tierra en Londres.

Sólo el Odio fue feliz, pues esperaba aumentar
ahora sus pacientes y su sórdida clientela,
que cree poder curarse matando
y cubriendo de cenizas el jardín.

Ellos siguen vivos, pero en un mundo que él cambió
sólo con mirar hacia atrás sin falsos pesares;
todo lo que hacía era recordar
con memoria de viejo y honestidad de niño.

No fue para nada ingenioso: simplemente le dijo
al infeliz Presente que recitara el Pasado
como una lección de poesía, hasta que tarde
o temprano titubeara en un verso en donde

hacía mucho comenzaron las acusaciones,
y de repente sabría quién lo había juzgado,
conocería la riqueza o necedad de su vida,
y perdonaría y sería más humilde,

capaz de enfrentar el Futuro como amigo,
sin un vestuario de excusas, sin
una máscara fija de rectitud ni un
molesto gesto, familiar en exceso.

No es de extrañarse que las antiguas culturas de la vanidad
previeran en su técnica de agitación
la caída de príncipes, el derrumbe de
sus lucrativos patrones de frustración:

si él tenía éxito, pues, la Vida Generalizada
se tornaría imposible, el monolito
del Estado se quebraría, y se impediría
la cooperación de los vengadores.

Por supuesto que invocaron a Dios, pero él siguió su camino
hacia abajo entre los condenados, como Dante, hacia abajo
hasta la hedionda fosa donde los lastimados
llevan la fea vida de los rechazados,

y nos mostró que el mal no es, como pensábamos,
los hechos que hay que castigar, sino nuestra falta de fe,
nuestro modo deshonesto de negar
y la concupiscencia del opresor.

Si algunos rastros de la aristocrática pose,
el rigor paternal, del que desconfiaba, aún
persistían en su expresión y en sus rasgos,
se trataba de una coloración protectora

para quien viviera tanto tiempo entre enemigos:
si muchas veces se equivocó, e inclusive fue un tanto absurdo,
para nosotros ya no es más una persona,
sino todo un clima de opinión

bajo el cual conducimos nuestras vidas diferentes:
como el tiempo, sólo puede ser un obstáculo o una ayuda;
los orgullosos pueden seguir siendo orgullosos, pero lo encontrarán
un poco más difícil; el tirano intenta

llevarse bien con él, pero no lo quiere demasiado:
tranquilo, él circunda todos nuestros hábitos de crecimiento
y se extiende, hasta que los cansados, inclusive
en el ducado más remoto y miserable,

han sentido el cambio en los huesos, y se han alegrado,
hasta que el niño, infeliz en su pequeño Estado,
un fogón donde la libertad se excluye,
una colmena cuya miel es el miedo y la preocupación,

se siente más tranquilo ahora, de alguna manera confiado en escapar,
mientras que, esparcidos por el pasto de nuestra indiferencia,
tantos objetos, largo tiempo olvidados,
revelados por su brillo, que no se desanima nunca,

nos son devueltos y otra vez son preciosos;
juegos que creíamos que había que abandonar al crecer,
ruiditos de los cuales no nos atrevíamos a reírnos,
o las caras que hacíamos cuando nadie miraba.

Pero él quiere mucho más para nosotros. Ser libre
muchas veces es sentirse solo. Él quería unir
las desiguales mitades fracturadas
por nuestro bien intencionado sentido de justicia,

restituir al más grande la voluntad y el ingenio
que posee el más chico, pero que sólo puede usar
para áridas disputas; quería devolverle al
hijo la riqueza del sentimiento materno;

pero sobre todo quería que recordáramos
sentir entusiasmo por la noche,
no sólo por el sentido de asombro
que tiene que ofrecernos, sino también

porque necesita de nuestro cariño. Con grandes ojos tristes,
sus entrañables criaturas miran hacia arriba y
en silencio nos ruegan que les pidamos que nos sigan:
son exiliadas que anhelan el futuro

que está en nuestro poder; ellas también se alegrarían
si se les permitiera servir al esclarecimiento, igual que él,
inclusive soportar nuestro grito de "Judas",
como lo hizo él, como deben soportarlo todos los que le sirven.

Nuestra voz racional calla. Sobre su tumba,
la casa del Impulso llora por el bienamado;
triste está Eros, constructor de ciudades,
y desolada la anárquica Afrodita.

                                        Noviembre de 1939


W. H. Auden (York, 1907- Viena, 1973), Los Estados Unidos, y después. Poesía selecta 1939-1973, selección y traducción de Rolando Costa Picazo, Ediciones Activo Puente, Buenos Aires, 2009


In Memory of Sigmund Freud
(d. sept. 1939)
 
When there are so many we shall have to mourn,
when grief has been made so public, and exposed
     to the critique of a whole epoch
   the frailty of our conscience and anguish,

of whom shall we speak? For every day they die
among us, those who were doing us some good,
     who knew it was never enough but
   hoped to improve a little by living.

Such was this doctor: still at eighty he wished
to think of our life from whose unruliness
     so many plausible young futures
   with threats or flattery ask obedience,

but his wish was denied him: he closed his eyes
upon that last picture, common to us all,
     of problems like relatives gathered
   puzzled and jealous about our dying. 

For about him till the very end were still
those he had studied, the fauna of the night,
     and shades that still waited to enter
   the bright circle of his recognition

turned elsewhere with their disappointment as he
was taken away from his life interest
     to go back to the earth in London,
   an important Jew who died in exile.

Only Hate was happy, hoping to augment
his practice now, and his dingy clientele
     who think they can be cured by killing
   and covering the garden with ashes.

They are still alive, but in a world he changed
simply by looking back with no false regrets;
     all he did was to remember
   like the old and be honest like children.

He wasn't clever at all: he merely told
the unhappy Present to recite the Past
     like a poetry lesson till sooner
   or later it faltered at the line where

long ago the accusations had begun,
and suddenly knew by whom it had been judged,
     how rich life had been and how silly,
   and was life-forgiven and more humble,

able to approach the Future as a friend
without a wardrobe of excuses, without
     a set mask of rectitude or an 
   embarrassing over-familiar gesture.

No wonder the ancient cultures of conceit
in his technique of unsettlement foresaw
     the fall of princes, the collapse of
   their lucrative patterns of frustration:

if he succeeded, why, the Generalised Life
would become impossible, the monolith
     of State be broken and prevented
   the co-operation of avengers.

Of course they called on God, but he went his way
down among the lost people like Dante, down
     to the stinking fosse where the injured
   lead the ugly life of the rejected,

and showed us what evil is, not, as we thought,
deeds that must be punished, but our lack of faith,
     our dishonest mood of denial,
   the concupiscence of the oppressor.

If some traces of the autocratic pose,
the paternal strictness he distrusted, still
     clung to his utterance and features,
   it was a protective coloration

for one who'd lived among enemies so long:
if often he was wrong and, at times, absurd,
     to us he is no more a person
   now but a whole climate of opinion

under whom we conduct our different lives:
Like weather he can only hinder or help,
     the proud can still be proud but find it
   a little harder, the tyrant tries to

make do with him but doesn't care for him much:
he quietly surrounds all our habits of growth
     and extends, till the tired in even
   the remotest miserable duchy

have felt the change in their bones and are cheered
till the child, unlucky in his little State,
     some hearth where freedom is excluded,
   a hive whose honey is fear and worry,

feels calmer now and somehow assured of escape,
while, as they lie in the grass of our neglect, 
     so many long-forgotten objects
   revealed by his undiscouraged shining

are returned to us and made precious again;
games we had thought we must drop as we grew up,
     little noises we dared not laugh at,
   faces we made when no one was looking.

But he wishes us more than this. To be free
is often to be lonely. He would unite
     the unequal moieties fractured
   by our own well-meaning sense of justice,

would restore to the larger the wit and will 
the smaller possesses but can only use
     for arid disputes, would give back to
   the son the mother's richness of feeling:

but he would have us remember most of all 
to be enthusiastic over the night,
     not only for the sense of wonder
   it alone has to offer, but also

because it needs our love. With large sad eyes
its delectable creatures look up and beg
     us dumbly to ask them to follow:
   they are exiles who long for the future

that lives in our power, they too would rejoice
if allowed to serve enlightenment like him,
     even to bear our cry of 'Judas', 
   as he did and all must bear who serve it.

One rational voice is dumb. Over his grave
the household of Impulse mourns one dearly loved:
     sad is Eros, builder of cities,
   and weeping anarchic Aphrodite.
                                             
                                                  November 1939




Ilustración: Composition in Black, 1946, Alexander Calder

domingo, marzo 03, 2013

Eugenio Montale / En la playa




En la playa

Ahora la claridad se hace más difusa.
Siguen cerradas las últimas sombrillas.
Luego aparece alguien que arrastra
su bote de goma.
Llega la vendedora de hierbas que hunde
su mole en la arena, un amasijo
de venas varicosas. Es un monolito
despeñado de los picos de Lunigiana.
Cuando me habla me quedo sin aliento,
sus palabras son la Verdad.
Pero dentro de poco llegará el tumulto
de las carnes, de los gestos y las barbas.
Todos los lémures humanos tendrán en el cuello
cruces y cadenas. Cuánta religión.
¡y hay quien creía que era posible repetir
la proeza de Crusoe!


Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981), "Diarios del '71 y del '72", Poesía completa, traducción de Fabio Morábito, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006



Sulla spiaggia

Ora il chiarore si fa più diffuso.
Ancora chiusi gli ultimi ombrelloni.
Poi appare qualcuno che trascina
il suo gommone.
La venditrice d'erbe viene e affonda
sulla rena la sua mole, un groviglio
di vene varicose. È un monolito
dirocatto dai picchi di Lunigiana.
Quando mi parla resto senza fiato,
le sue parole sono la Verità.
Ma tra poco sarà qui il cafarnao
delle carni, dei gesti e delle barbe.
Tutti i lemuri umani avrano al collo
croci e catene. Quanta religione.
E c'è chi s'era illuso di ripetere
l'exploit di Crusoe!





Ilustración: L'ultimo capanno, 1963, Carlo Carrà