viernes, diciembre 29, 2017

Sandro Barrella / De "Viaje sentimental"















Terraza

Una vista después el volcán
dejó de interesarnos. A la mesa
de una terraza en un hotel
en Nápoles, el ejercicio
de contar sueños se vuelve
un movimiento como el mar.
Pedí otra botella, el viento
levantaba las puntas del mantel
y no pude evitar preguntar otra vez
por la nieve. –Nieve, qué más,
es todo cuanto dijo.
Le recordé aquel film
en el que un matrimonio inglés
de clase media venía a Nápoles
a resolver su crisis en un clima propicio.
—No me acuerdo, me dijo,
y hundió el mentón en el pecho
dejando ver sus cejas como dos
estelas de humo salidas de un avión
que escribe en el azul del cielo
el anuncio de un nuevo aperitivo.


Dubrovnik (Hacia Zagreb)

Siempre lo mismo después de un viaje.
La manía de recordar. Esa cinta sin fin
ni principio. La eterna miseria que es el acto de recordar,
recuerda el viajero el verso de Virgilio el cubano,
y piensa en El padre Sergio,
que leyó insomne
una noche dálmata en domingo.
¿Un modelo de conducta o un destino,
El padre Sergio?
La estada en el Monasterio de los Dominicos,
donde un cura amigo purga su alma entre piedras
medievales y vino para misa
(se promete volver a Tolstoi
ni bien termine el librito
de Bernanos).
Dubrovnik, el puerto y el sonido… no del mar…
—el mar… calmo y plano como una plancha
de acero sobre otra plancha y otra más… el gris, el mar
almacenado en un galpón metalúrgico de Mitre y Alvear
en Villa Parque Caseros, Partido de Tres de Febrero—
… el sonido de abejas cuando saca boleto para la capital,
un zumbido en la boca de la empleada del ferrocarril
que lo mira y le extiende el pasaje y el vuelto
al decir, corrigiéndolo, sin dejar de sonreír, Zagreb.

Sandro Barrella (Buenos Aires, 1967)

Viaje sentimental,
Gog y Magog,
Buenos Aires, 2017

Ref.:

Foto: Sandro Barrella FB

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